Creatividad para una auténtica conversión pastoral – Oscar Alonso

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Óscar Alonso    oscar.alonso@colegiosfec.com

 

En no pocas ocasiones se nos acusa de no ser dóciles a la voz del Espíritu, de caer en la constante, acelerada y multiplicativa acción pastoral que no conoce límites, de no conjugar el verbo discernir a la hora de valorar los fondos y las formas de nuestras propuestas evangelizadoras. Se nos acusa o sencillamente nos sabemos vivir inmersos en esa realidad. A menudo, nos damos cuenta de que el Espíritu es determinante, pero que la vida va más deprisa, la pastoral juvenil necesita de respuestas y propuestas tan aceleradas como el tiempo que nos toca vivir y que, en el fondo, el Espíritu apoya cuanto hacemos (qué remedio le queda). Uno echa un vistazo a algunas de nuestras realidades eclesiales y lo primero que piensa es si el Espíritu estará ocupado en otros lugares y en otras realidades. Porque si el Espíritu es el que nos dirá lo que tenemos que hacer, una de tres: o no le escuchamos, o le escuchamos y no le terminamos de entender, o le escuchamos, le entendemos perfectamente, pero seguimos a lo nuestro. Y es que la auténtica conversión pastoral que necesitan nuestras estructuras y las propuestas evangelizadoras que en ellas se generan, necesitan escuchar al Espíritu y fiarse de él. Porque seamos claros: no es posible que algunas realidades eclesiales sean fruto de un Espíritu que acompaña la vida de la Iglesia, hoy. No lo es. Porque desde la lógica más básica no pocas de nuestras estructuras, propuestas y parafernalias no pueden ser a estas alturas, por puro sentido común, fruto de la acción del Espíritu. En muchas ocasiones, cuando los intereses están de por medio, de nada sirven las razones. Y con el Espíritu que sopla… ocurre algo parecido. Parece que hay que escuchar su brisa, pero cuando no nos interesa mucho o la cosa nos sitúa en coordenadas nunca antes exploradas, acabamos traduciendo (traicionando) lo que nos susurra por lo que nos asegura tener todo bajo control. La creatividad pastoral es, en esas ocasiones, un mantra que no dice nada (como tantos mantras actuales). Pero un mantra que también lo dice todo, si uno es ávido en leer los signos de los tiempos.

Y en la pastoral juvenil, cuando hablamos de creatividad para una auténtica conversión pastoral no nos estamos refiriendo a ocurrencias más o menos acertadas. No habrá creatividad pastoral si no escuchamos al Espíritu. Pero tampoco la habrá si no somos capaces de soñar Iglesia desde las coordenadas de nuestro tiempo y desde las evidentes urgencias pastorales del mismo. Los signos de los tiempos no son solo una bonita y retórica expresión: son precisamente una de las razones fundamentales que promueve y exige conversión pastoral. A veces cuando uno propone cambios que ni tan siquiera son revolucionarios, simplemente obedecen a las necesidades y a las circunstancias del tiempo en el que nos toca vivir, creer y anunciar a Jesús a los más jóvenes, se cita y nos amparamos en la tradición como un corsé del que no se puede uno desprender, del que no es posible salirse y no precisamente como algo que reclama creatividad sin mamarrachadas pero tampoco sin miedos ni dependencias más humanas que divinas, más interesadas que razonables, más históricas que evangelizadoras.

Y llegados a este punto me surge una duda: no sé si es la creatividad la que puede posibilitar una conversión pastoral significativa o, por el contrario, es la conversión pastoral la que puede desencadenar la creatividad que necesitamos para afrontar la pastoral juvenil en estos tiempos. Sea como fuere, lo que es evidente es que la urgencia de ambas no es una novedad.

Corría el año 1983, del siglo pasado, cuando Juan Pablo II afirmaba que la nueva evangelización exigía que el anuncio del mensaje fuera nuevo en su ardor, en sus métodos y en su expresión. Y es que las realidades eclesiales actuales no se corresponden en absoluto con aquella orientación. En muchos casos, a pesar de los esfuerzos realizados, nos hemos quedado en la mera teoría, en mucha reflexión pero muy poca aplicación práctica, provocando ardores de otro tipo y realizando curiosas mezcolanzas entre métodos y lenguajes de diferentes épocas y contextos, que no han contentado a casi nadie y, lo peor, no han logrado responder a tiempo y de modo eficaz a esa invitación que el papa Francisco nos realizó en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium en la que «nos invita a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades… y nos exhorta a todos a aplicar con generosidad y valentía las orientaciones de dicho documento, sin prohibiciones ni miedos» (EG 33).

¿Quiere decir esto que no somos capaces de una creatividad que haga posible la conversión pastoral que el papa Francisco nos ha pedido realizar? Sinceramente creo que no. Pero en este mundo en el que hasta la cosa más absurda se convierte en noticia viral en apenas unos segundos, todo indica que los cristianos hemos perdido fuerza, hemos desaparecido de las instituciones, hemos pasado a la reserva, hemos asumido eso de que las creencias deben vivirse y practicarse en el foro interno, hemos igualado la Palabra a las otras palabras y hemos claudicado de estar presentes en el mundo de la política, de la cultura, de los avances técnicos, al menos de una manera explícita, porque quizás sintamos el miedo de quedar señalados como lo que somos y eso nos haga sentir que todo lo nuestro nos rebaja de nivel y no es suficiente para competir en esta deshumanizada y deshumanizadora carrera de egos en la que se ha convertido la vida social (la real y la virtual), en la que o hablan de ti o no existes, en la que o te siguen o desapareces, en la que parece que solo se puede ser influencia para otros si vendes algo, si opinas algo, si perdiste el sentido del ridículo y eso lo llevas a gala y te permite liderar al mayor número posible de seguidores, sea cual sea el contenido de lo que pienses, publiques o tuitees.

La creatividad que necesitamos en la pastoral juvenil no es solo cuestión de métodos (que también). No es solo cuestión de lenguajes (que también). No es solo cuestión de estructuras (que también). No es solo cuestión de estar a la vanguardia (que también). No es solo cuestión de liderazgo (que también). No es solo cuestión de hacer cosas (que también). Es fundamentalmente hacernos conscientes de la misión que se nos ha encomendado y circunscribirla con realismo y todo lo que sea necesario para poder llevarla adelante en medio de este mundo nuestro en el que los jóvenes viven y buscan.

Lo que es evidente es que sin vida interior, sin escucha, sin contemplación, sin compromiso por la justicia, sin inmersión en la cultura juvenil, sin estar presentes en la red, sin atrevernos a transformar lo que ya no tiene sentido mantener, sin itinerarios acompañados, sin acompañantes incondicionales y sin cuidar las relaciones… no es posible una creatividad que haga posible la conversión pastoral que necesitamos para seguir siendo sal y luz, levadura y bálsamo, testigo y razón de vida y esperanza en medio del mundo juvenil.

Como afirma Pablo d’Ors, en nuestra Iglesia y en nuestras comunidades «falta creatividad y, sobre todo, vida interior, espiritualidad. Estoy convencido de que, si los cristianos tuviéramos una vida espiritual, no digo ya intensa, sino simplemente decente, esta Iglesia y este mundo serían distintos. Porque el poder de transformación de una persona habitada es extraordinario. El problema número uno es la falta de vida espiritual, de silencio. Y, ¿qué nos sobra? ¡Sobra casi todo! (risas). Rituales, estructuras… Todo eso está fenomenal siempre y cuando esté insuflado por el Espíritu. Si no ayuda a contactar con la fuente, no sirve. Esa es la misión: contactar con la fuente».

 

La urgencia de una creatividad que posibilite una conversión pastoral debe ser en nuestras comunidades una prioridad. Sin jóvenes no es posible soñar Iglesia en camino y en salida. El papa Francisco nos invita a hacer el esfuerzo de «salir y ver». Salgamos y veamos.

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