Corpus Christi, invitados a compartir la cena – Juan Carlos de la Riva

Se ha dicho que no se conoce verdaderamente a una persona mientras no se haya comido con ella. Cuando invitamos a alguien a comer, queremos celebrar algo, iniciar o reforzar una amistad, sellar un acuerdo, confraternizar, compartir. En una palabra, ahondar y hacer más cálida una relación humana.

Jesús sabe apreciar el sentido humanizante del comer juntos. Come  con los pecadores como signo de acogida cordial. Presenta el Reino de Dios como un gran banquete en el que somos invitados a beber de un vino nuevo.

En el relato de hoy, se reúne Jesús con los suyos en una cena de fuerte significado popular. Se celebra nada menos que la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto. Como todos los años por estas fechas, en recuerdo de aquel hecho memorable, las familias sacrifican y comparten el cordero pascual.

Pero, ante la inminencia de su muerte violenta, Jesús quiere dar un significado nuevo a esa celebración. Será su testamento y, a partir de ahora, la celebración de esta comida no será solo un recuerdo sino también una presencia. Porque la acción de comer juntos constituye un momento privilegiado de comunicación interhumana, en esta cena  les comunica lo que quiere de ellos.

Esto es mi cuerpo y esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por vosotros. Les está diciendo a ellos y a nosotros: No lo olvidéis, recordad que entrego mi persona, mi vida – mi cuerpo y mi sangre -. No viváis como si no hubieseis recibido nada.

El cuerpo y la sangre de Jesús, ofrecidos por nosotros, son un don que nos hace más solidarios entre nosotros. Los primeros cristianos decían respecto a la Eucaristía: “Si compartimos el pan celeste, ¿cómo no compartiremos el pan terreno?… En la comunión, cuando el sacerdote dice: ‘El Cuerpo de Cristo’, vosotros decís: ‘Amen’. Este Amen  significa decir sí al don de Jesús y decir sí a los hermanos y hermanas que Jesús reúne en una familia, todos de la misma sangre, la sangre de Jesús” (“Didajé”, siglo I. Es el documento más antiguo  que tenemos sobre la vida de los cristianos).

El primer día de los ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”. Él envió a dos discípulos diciéndoles: “Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua: seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: ‘El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?’ Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena”.

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”. Cogiendo una copa pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Después de cantar el salmo salieron para el monte de los Olivos. (Mc 14,12-16).

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