Corderos en medio de lobos: Lewis wixkes hines, fotógrafo – Juan Saunier

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Lewis Wickes Hine
(*1874 , †1940)

Todas las descripciones y retratos lo pintan como un hombre ni corpulento ni especialmente brillante. Un varón con aspecto de maestro de escuela ingenuo, que hubiera necesitado, según muchos, de mayor dosis de realismo en su propia vida personal.
El fotógrafo que inmortalizó la construcción del Empire State Building, símbolo del auge y poderío de una nación, gozó de un enorme éxito en su época pero murió en la pobreza, desestimado como alguien anticuado por los mismos reformistas que un día le alabaron, cuando hubiera seguido siendo necesario que la sociedad y las autoridades dieran buen uso de ese estilo de fotografías de las que había sido pionero años antes.
Hine había ayudado a cambiar la historia de la fotografía. De ella se sirvió como herramienta de estudio sociológico e instrumento en su labor docente; su uso le ayudó a documentar la realidad verazmente y sin ambages, sí, pero sobre todo a enseñarla de forma adecuada, es decir, concienciando y moviendo al cambio. Consciente de que era posible y necesario usar la imagen como medio para la difusión de ideas y como instrumento de reivindicación, movido por unas profundas convicciones morales, convirtió este incipiente medio de expresión en una poderosa herramienta para retratar el mal y reclamar un cambio hacia el bien.
Sus objetivos y los del resto del National Child Labor Commitee —la abolición del trabajo infantil— se fueron logrando poco a poco, con enorme fatiga y sin llegar al ideal. Se necesitaron décadas e intervinieron factores históricos inesperados. Para cuando se logró, Lewis Hine ya había demostrado fehacientemente que la belleza de una instantánea podía obrar poderosamente en beneficio del bien, marcando con ello a otros fotógrafos el camino a seguir y abriendo una vía que no ha vuelto a cerrarse.
Intentaremos entender en estas páginas el estilo de trabajo que este pionero de la fotografía social se impuso para ser fiel a su vocación personal de retratar la injusticia escondida en algo tan humano y noble como el trabajo. Dejaremos que hablen las mismas imágenes, las notas que el fotógrafo solía tomar para acompañarlas u otros comentarios suyos (en cursiva), así como otros textos de la época (en cursiva, cuya fuente sí citaremos).
Cabe entender la tarea de Lewis W. Hine como ejemplo de cuidadoso seguimiento de la advertencia que Jesús hizo a los suyos: «Mirad que os envío como corderos en medio de lobos; sed astutos como serpientes y cándidos como palomas» (Mt 10,16). Creemos que el texto desvelará el por qué.
Para una más abundante información sobre la tarea de Hine sobre trabajo infantil, es muy recomendable asomarse a http://www.morningsonmaplestreet.com/lewishine.html, donde se está intentando reconstruir la vida de niños retratados por él. También merecen destacarse http://www.archives.gov/education/lessons/hine-photos/ (Documentos y fotografías en los National Archives, USA) y http://www.loc.gov/pictures/collection/nclc/ (Fotografías el National Child Labour Commitee Collection en The Library of Congress, USA).

«Manuel, joven recolector de camarones, 5 años de edad, con una montaña de conchas de ostra fruto del trabajo infantil detrás de él. Trabajó el último año. No entiende ni una palabra de inglés. Dunbar, López, Dukate Company. Localización: Biloxi, Mississippi.»
En 1911, la floreciente economía americana empleaba a más de 2 millones de menores de 16 años como mano de obra regular. La mayoría trabajaba doce o más horas al día, seis días a la semana, con salarios misérrimos. Su esperanza de vida rondaba los 40 años.
Entre 1908 y 1924, Lewis Hine fotografiará hilanderas, picadores de carbón, recolectores de moluscos y marisco, tejedoras, vendedores ambulantes y trabajadores de la calle, limpiabotas, recolectores de algodón, envasadoras de legumbres, trabajadores del vidrio, elaboradoras de flores artificiales, ayudantes de taller, etc, etc… Se convertirá en el primer foto-reportero social de la historia.
No era la primera vez que se asomaba al mundo de la pobreza. Ya en 1904 había emprendido la tarea de retratar la llegada de inmigrantes a la isla neoyorquina de Ellis. En ella tomó cuerpo una idea que le acompañaría durante toda su carrera: registrar la realidad individual y evitar generalizaciones apriorísticas. Como señalaría en 1940 para justificar la continuidad de ese proyecto interrumpido…
«Se habla mucho de los peligros inherentes a nuestros grupos foráneos, a nuestros ciudadanos no asimilados e incluso parcialmente americanizados, con críticas basadas en un conocimiento insuficiente. Un correctivo para esto sería dar mayores facilidades para ver, y por tanto entender, cuál es la realidad, tanto en sus posibles peligros como en los beneficios reales.»
Entender la realidad para transformarla será en adelante su divisa. El proyecto de Ellis Island concluyó pronto, en 1906. Pero sus más de 200 fotografías permitieron a los dirigentes del National Child Labor Commitee (NCLC) darse cuenta de las posibilidades que podía ofrecer el trabajo de reportero como forma de trasmitir una imagen fidedigna de las condiciones de vida de los niños trabajadores de Norteamérica. Llamaron a Hine, que abandonó la comodidad de la docencia para convertirse en el fotógrafo oficial de la campaña para la abolición del trabajo infantil. Aunque él seguiría considerando su tarea un método de enseñanza:
«Sentí que estaba cambiando meramente mis esfuerzos educativos de la clase al mundo.»
Se quedaba corto. El contacto con la cruda realidad infantil iba a llevarle a una implicación personal que cambiaría para siempre su vida: el estudioso sociólogo que empleaba la fotografía como recurso iba a convertirse en fotógrafo socialmente comprometido. Pronto se notará tanto en sus precisas anotaciones como en la simplicidad formal de sus instantáneas, que esquivan el pictorialismo y toda forma de innovación o experimentación. Se llegaría a decir de él que nunca obtuvo una fotografía perfecta en enfoque, luz o encuadre. No lo buscó.
«Es un tosco edificio, como un cobertizo, con un largo muelle en el cual los botes con ostras descargan su mercancía. Cerca del muelle está la omnipresente montaña de conchas, un monumento al paciente trabajo de tantos pequeños dedos. Hace frío, hay humedad, está oscuro. El silbato sonó hace un rato, y los jóvenes trabajadores se embutieron en sus magras vestimentas, echaron mano a un bocado que comer y se apresuraron a la sala de descascarillado… Niños y niñas, de seis, siete y ocho años, ocuparon sus lugares entre los adultos y trabajaron todo el día.»
Completamente implicado en el cometido que le asignó el NCLC, Lewis Hine fue sacudido por la pobreza y las privaciones de las que fue testigo. La fotografía le dio la oportunidad de involucrarse desde su creencia en la justicia social y la reforma, y de expresar la compasión que sentía por los desfavorecidos.
Por eso, y pese a no desprenderse de los derechos de autor de sus fotografías, nunca se hizo rico. Y cuando el reconocimiento le alcanzó al final de su vida, él mismo ya se había visto obligado a acudir a la Asistencia Pública por falta de encargos para poder subsistir. Sin embargo, la nueva generación que le reemplazó le debería los rasgos esenciales de la llamada fotografía documental. Son éstos, en palabras de un artículo ya clásico en la historia de la fotografía, que le menciona como maestro antes de decir…
«Lo documental está en el enfoque, no en el asunto. […] Como la mayoría de los mejores trabajos han tenido que ver con las condiciones de vida de los desfavorecidos, se ha hecho creer que muchas fotografías de los excluidos fueran “documentales”. Pero el deterioro de un hombre, como el de los edificios, puede ser simplemente algo pintoresco; la textura de las maderas deterioradas y los vidrios rotos de las ventanas siempre han deleitado a los fotógrafos. […] Todas esas cosas pintorescas son a menudo fotografías de gran belleza. Pero a menos que hayan sido tomadas con un serio propósito sociológico, no serán “documentales”.
El fotógrafo documental no es un simple técnico. No busca el arte por el arte. Sus resultados, a menudo brillantes técnicamente y altamente artísticos, buscan ante todo una representación fidedigna. Es, primero y fundamentalmente, un testigo visual. Pone en las imágenes lo que conoce del tema y lo que piensa del sujeto que está delante de su cámara. Antes de cumplir con su cometido, estudia cuidadosamente la situación que va a registrar visualmente. Lee historia y temas conexos. Examina lo que obtiene en su valor positivo y negativo, y determina qué debe volver a ser visualizado y lo que todavía no lo ha sido.
Pero no fotografía desapasionadamente: no ilustra simplemente su libreta de anotaciones. Pone en su cámara algo de la emoción que siente hacia el problema, porque se da cuenta que es la manera más efectiva de enseñar al público al que se dirige. Después de todo, ¿no es “docere” (enseñar) la raíz de la palabra documento? Por eso, sus imágenes tienen una cualidad diferente, más vital, que si fueran las de un mero técnico, o las de un cameraman que trabajara a las órdenes de un sociólogo.» (B. Newhall, “Documentary Approach to Photography”, Parnassus, X/3, 1938)
MIRA: VER ES CREER
Norteamérica gozaba de legislaciones laborales estatales en las que se protegían de forma desigual los derechos de los menores y que a penas se cumplían. En sus inicios, la NCLC tuvo como objetivo denunciar la violación de la legislación existente, de «los derechos, la dignidad, el bienestar y la educación de los niños y jóvenes en su relación con el trabajo y la actividad laboral». Para ello, empleó los métodos más modernos a su disposición: la publicación de opúsculos ilustrados con fotografías, carteles y folletos, así como conferencias públicas acompañadas de proyecciones de imágenes.
Ni Hine ni la NCLC se sintieron concernidos por quienes realizaban trabajos extraordinarios después del horario escolar o echaban una mano en las granjas familiares. No buscaban a jóvenes que trabajaban para entrenarse como aprendices, adquiriendo con la práctica habilidades que les servirían para el resto de sus días. Su lucha se centró en la explotación infantil como mano de obra barata.
«Hay un trabajo que beneficia a los chicos y hay un trabajo que solo trae beneficios a los que los emplean. El objetivo de emplear a niños no es prepararlos, sino conseguir grandes beneficios con su trabajo.»
Los niños eran empleados por ser más baratos y porque no se quejaban. En las actividades donde un gran número de ellos eran utilizados, los sueldos se venían abajo para todos: los adultos tampoco podían ganar lo suficiente para sostener a los suyos. Las familias pobres acababan por necesitar el concurso del trabajo de sus hijos para sobrevivir. El círculo se cerraba, atrapando generación tras generación de trabajadores pobres en la depauperación, la ausencia de condiciones sanitarias, la falta de arraigo, el analfabetismo y la incultura, la carencia de perspectivas existenciales e, incluso, de valores.
Esta falta de horizonte vital personal golpeó particularmente a Hine. A los que argüían a favor del trabajo infantil indicando que no era contraproducente porque no se esperaba de los niños que trabajasen duro a su edad, respondió una vez que él había comprobado como…
«Esas tareas [que realizan los menores] requieren trabajo, duro trabajo, que idiotiza por su monotonía y deja exhausto físicamente… El único gozo del trabajador es que le paguen. Se podría decir incluso de esos chicos que están condenados a trabajar.»
Por tanto, el trabajo de los menores no solo les privaba de derechos elementales, sino que les impedía también una existencia con sentido. E incluso de la mismísima compañía de otras personas, como dejó escrito a propósito de una fotografía que sacó a 50 m de profundidad en una mina:
«Qué trabajo tan solitario, realizado por uno mismo durante nueve o diez horas al día en la absoluta oscuridad que solo salva una pequeña lámpara de aceite… Debido a la intensa oscuridad de la mina, no me di cuenta de los dibujos de tiza en la puerta hasta que revelé la placa fotográfica. Esos dibujos cuentan la historia de la soledad de los muchachos bajo tierra.»
No es extraño que los jóvenes mismos grabaran en la puerta ese «that means you (que te hace mezquino/miserable)». Una frase tan cierta como sobrecogedora.
De su trabajo con los niños, incluidos esos del «amanecer en los campos de algodón que cegaba nuestros ojos con la monotonía, el exceso de trabajo y la desesperanza en nuestras vidas», extrajo Hine ideas muy parecidas a las de estas palabras impresas en un panfleto de la NCLC de 1910, que se remite al mismísimo texto de la Declaración de Independencia.
«DECLARACIÓN DE DEPENDENCIA DE LOS HIJOS DE AMÉRICA
DE LAS MINAS Y FÁBRICAS Y TALLERES REUNIDOS
Considerando que Nosotros, Hijos de América, hemos declarado haber nacido libres e iguales.
Considerando que nosotros estamos todavía sometidos en esta tierra de seres libres, forzados a trabajar duramente todo el día o toda la noche, sin control sobre las condiciones laborales, sea sanitarias o de seguridad, de horario o salario, y sin ningún derecho a recompensa por nuestro servicio…
Resolvemos. 1º – Que a la infancia se le debe por serlo ciertos derechos inherentes e inalienables, entre los cuales se cuentan la liberación de la carga de un trabajo oneroso para ganar el pan cotidiano, el derecho a jugar y a soñar, el derecho al sueño normal durante el período nocturno, el derecho a la educación para que podamos tener igualdad de oportunidades para el desarrollo de todo lo que nosotros llevamos en la mente y en el corazón.
Resolvemos. 2º – Que nos declaramos a nosotros mismos desasistidos y dependientes, que somos y en derecho deberíamos ser dependientes, y que por la presente entregamos la apelación de nuestro desasistimiento para que podamos ser protegidos para el disfrute de nuestros derechos de la infancia.
Resolvemos. 3º – Que demandamos la restauración de nuestros derechos mediante la abolición del trabajo infantil en América.»
Como no podía ser de otra manera, mirar y creer le condujeron al activismo reformista.
ASTUCIA CON UN EQUIPO ANTICUADO Y BUENA DOSIS DE IMAGINACIÓN
Sus más de 5000 fotografías sacadas de norte a sur del país sacudieron durante dos décadas las conciencias de sus contemporáneos de costa a costa. Pero, ¿cómo las hizo?, ¿qué pretendió al hacerlas así?
«Permanentemente tuve que estar doblemente seguro que los datos de las fotos fueran 100% puros —sin retoques o engaños de cualquier tipo—.»
A medida que viajaba, Hine descubrió que investigar el trabajo infantil requería adentrarse en un campo minado. Propietarios y responsables miraban al pequeño tipo que portaba una caja grande como un buscaproblemas. A menudo rechazaban que entrara en sus plantas. Los encargados y los vigilantes privados le amenazaban. En muchos lugares, los niños trabajadores eran ocultados, escondidos de la mirada pública.
Tuvo que mentir, engañar y disimular sus verdaderas intenciones. Para lograr el acceso a las factorías, minas, talleres clandestinos e hilaturas, ocultaba a menudo su propósito real. Los que le conocieron alabaron de él sus recursos como actor y mimo: realizó actuaciones improvisadas para impresionar a los guardas de las puertas o a los vigilantes del recinto con el fin de que le dejasen deambular por las instalaciones. Se hizo pasar por inspector de seguridad contra incendios, vendedor de seguros o fotógrafo industrial que necesitaba obtener imágenes de los edificios y maquinaria para cumplir con su cometido.

Bastantes de sus fotografías tienen algo de artificiales. Por ejemplo, en una hilatura ubicó su cámara y la enfocó para sacar un telar, pidió a un muchacho que se colocase junto a él para que se apreciase la escala y disparó. Cuando imprimió la foto hizo notar que, de hecho, el trabajador que atendía ese telar era el niño que aparecía en ella. Sin embargo, no cabe entender que Lewis Hine mintiera, aunque para un observador desapasionado o que se ciñese a una imagen ideal del documental sus fotografías pudieran resultar “trucadas”, como le acusaron en su época los enemigos del cambio. Pero para quien se vio a sí mismo creando verdades simbólicas mayores, retratando como podía lo que era inconcebible para la mayoría de sus compatriotas, tales imágenes no eran mentira, sino medios que debían ser eficaces para la difusión de ideas y el sacudimiento de las conciencias.
Para acabar de comprender los métodos de Hine hay que saber cómo se dio difusión a las fotos. No en exposiciones ni vendiéndolas a coleccionistas, por lo que se despreocupó de salvaguardar valores estéticos o cánones preciosistas. Sus fotografías llenaron páginas de revistas comprometidas, apoyaron eslóganes en folletos y panfletos, y sirvieron de soporte para conferencias y presentaciones públicas. No tenían que ser puras siempre que salvaguardasen las verdades esenciales que trataban de mostrar. Hine lo logró con la agrupación temática y escribiendo descripciones para cada una de ellas: él acuñó el término foto-historia. También diseñando personalmente su presentación en los opúsculos y conferencias, buscando siempre la efectividad comunicativa. Todos estos elementos se convertirán con el tiempo en básicos del fotorreportaje. Como lo será asimismo el control de la difusión, que él celosamente se guardó para que no fuesen empleadas en planteamientos ideológicos predeterminados no afines a su pensamiento, lo que acabaría por jugar en su contra para seguir recibiendo encargos.
En la medida de lo posible, Lewis Hine intentó ceñirse a la metodología de la investigación sociológica. Fotografiaba en el puesto de trabajo, captando a los chicos en sus quehaceres si ello era posible. Cuando no, esperaba a la entrada y salida de los turnos. Acudía a tomar instantáneas de madrugada o a la hora del breve descanso para comer, donde le era posible hablar con la gente. Llevaba habitualmente la misma indumentaria, sabiendo a qué altura del suelo estaba cada uno de los botones de su chaqueta para tomar nota de las alturas de los niños. Escondida en uno de su bolsillos llevaba una libreta en la que anotaba de memoria cuanto le decían. Sus mejores fotografías son un magnífico ejemplo de escucha. Un carácter bien trabajado le ayudó: con una actitud no agresiva y cercana, los niños eran capaces de hablar y comentarle cómo vivían. Y no solo los niños, como en este testimonio de un veterano minero.
«Era extremadamente escalofriante, créeme. Realmente, no sé cómo puede encontrar en el mundo la serenidad para ir allí en primera fila. No osabas decir nada. No te atrevías a abandonar, porque lo que tenías que hacer era tu trabajo… por 8 centavos la hora.»
… En primera fila para recoger y romper los trozos de carbón, distinguiéndolos de los de pizarra, mientras tenías mucho cuidado en no resbalar, caer y asfixiarte en los conductos que recogían carbón, como les sucedió a dos chicos mientras Hine tomaba sus fotos en las minas.
LA CÁNDIDA PALOMA
«No puedo entender cómo los directores, superintendentes y otras partes interesadas que tengan ojos normales en sus cabezas puedan ver esos minúsculos e inmaduros niños yendo y viniendo cuatro veces al día, y que no crean que se está violando la ley.»
Nunca fue alguien “realista”. Lo que hizo de su papel, si cabe, más importante. Porque el asombro ante lo que contempló pudo más que cualquier impulso concreto de reforma o una línea de acción definida, dotando a sus imágenes de la particular fuerza de la mirada cándida.
«No ha habido prueba más convincente de la necesidad de tener leyes sobre el trabajo infantil que esas imágenes que muestran el sufrimiento, la degradación, la influencia inmoral, la completa falta de lo que llene enteramente las vidas de esos pobres ganapanes. Ellas hablan más elocuentemente que cualquier trabajo [escrito] —y pintan un estado de los hechos que es terrible en sí mismo—, terrible de encontrar, terrible de admitir que tal cosa existe en comunidades civilizadas.»
Hine fue un reformista que creyó en el valor de la superación personal a través de la actividad personal. Por eso, el único libro que elaboró y publicó se tituló Men at Work (1932), dedicado a la nobleza de trabajo. Por desgracia, los acontecimientos no obrarían a favor de sus ideas de un cambio racional. A partir del final de la I Guerra Mundial, concluyó la época en la que en Norteamérica se impuso la idea de progreso constante. Una sociedad que se iba polarizando económica y socialmente, la influencia de la revolución bolchevique y la institucionalización de la fotografía al servicio de las ideas políticas fueron orillando las posibilidades de una aportación no ideologizada de la fotografía al cambio.
La devastadora crisis del 29 dio al traste con cualquier esperanza de igualdad social, aunque ayudó a revertir la situación del trabajo infantil: los adultos desempleados acapararon los puestos misérrimamente remunerados que antes ocupaban los niños, propiciando paulatinamente que fuesen cayendo las barreras que evitaban la abolición del trabajo infantil. En 1938, definitivamente, la Fair Labor Standards Act reguló el salario mínimo y el horario máximo de trabajo de todos los trabajadores americanos, limitando el trabajo infantil en muchos sectores. A esa regulación básica seguirían paulatinamente otras hasta el día de hoy, cuando todavía quedan cosas por hacer a juicio del NCLC.
Men at Work fue dedicado al maestro y mentor de Hine, Frank Manny, líder de la “cultura ética” educativa, el hombre que le llevó a Nueva York y le ofreció un puesto como sociólogo, quien le puso la primera cámara en sus manos. De él aprendió Hine a interesarse por la verdad en su conjunto:
«Quise mostrar lo que había que corregir: quise mostrar lo que había que apreciar».
Por eso retrató el mundo del trabajo y sus grandes realizaciones con la misma dedicación y precisión que había empleado para enseñar su desviación más lacerante, dando desde otra perspectiva de nuevo a entender que el problema nunca fueron la tareas a realizar, sino las consecuencias humanas de hacerlas antes de lo debido y en condiciones deshumanizantes.
«Las ciudades no se construyen a sí mismas, las máquinas no pueden hacer máquinas, a menos que detrás de todas ellas están los cerebros y los esfuerzos de los hombres.»
Todas las fotografías de Lewis Wickes Hine ponen al ser humano en el centro de la actividad y del trabajo. Son una llamada constante a valorar la inalienable dignidad de cada persona, a descubrir su fortaleza interna y a amarla en su singularidad, nunca menoscabable por su edad o condición social. En sus fotografías, los seres humanos nos miramos a nosotros mismos en nuestros semejantes.
Una vez un amigo le preguntó por qué los niños que retrataba parecían tan hermosos. Contestó:
«Yo solo fotografío maravillosos niños.»
Ellos lo sabían. Al verle con su sonrisa y escuchar sus pocas palabras, sabían que contaban con él como aliado. Y sabiendo que vería la belleza que esconde cada niño, respondían confiándose a su cámara.

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