CONVERTIR LA VIDA EN CELEBRACIÓN: DANZAR CON EL MISMO DIOS – Chema Pérez-Soba

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Chema Pérez-Soba

chema.perez@cardenalcisneros.es

La novia de un amigo mío nos confesaba un día que ella, que había estudiado en un colegio católico, era una «cristiana no ritualista». Es decir, que era cristiana, pero pasaba olímpicamente de la misa y de cualquier otro sacramento. Mucho me temo que no es la única, que esta posición no es ni siquiera muy original. Desde mi experiencia de profesor de Teología, si hay algo difícil de explicar a nuestra gente son los sacramentos (bueno, la moral también). ¿Por qué? Porque no sentimos la menor necesidad de vivirlos para ser cristianos, no sentimos que nos aporten algo, nos parecen una carga más que un apoyo. Todo lo que tenga que ver con ritos nos parece vacío, contrario a la vida real. Y nos los quitamos de en medio tan contentos. Pero por ese camino puede que nos estemos perdiendo algo fundamental ¿Por qué digo esto? Dejad que me explique.

Lo primero que debemos tener claro es que todos somos seres simbólicos. A los seres humanos no nos basta con describir la realidad. No somos meros observadores, sino que necesitamos vivirla a fondo, vincularnos a ella, dotarla de sentido. Somos un misterio que no se contenta con ser respuesta a estímulos, sino que somos pregunta. Por eso, las cosas más importantes, las que nos tocan, las que nos conmueven, las que nos consuelen no se pueden describir, sino narrar, evocar. Todos tenemos lugares, canciones, objetos, personas, días… especiales, que son para nosotros únicos, que nos pacifican, que nos unen a quienes en verdad somos, que nos «centran», que nos vinculan al sentido de nuestra existencia. Son estas realidades, que a otros les pueden pasar desapercibidas, las que nos hacen levantarnos cada mañana, las que nos hacen el mundo vivible. Nos introducen en una dimensión que no es eficaz, que no se puede medir, sino que es la parte oculta, entrañable, de la realidad. Cada vez tengo menos claro que el ser humano seamos homo sapiens, pero de lo que no me cabe duda de que somos un homo simbolicus. Todos expresamos lo que más nos importa a través de símbolos. Y los cristianos, también.

De aquí nacen los ritos. Porque el rito, el verdadero rito, es un símbolo cuyo significante, en lugar de un libro o un árbol, es una acción. Es decir, en el rito un sentido, algo fundante, algo misterioso, se hace presente en una serie de acciones, de palabras, de símbolos. El rito juega con la palabra y la acción, dos dimensiones que son básicas para comunicarnos, para mostrar (de hecho, para ser) quienes somos. En el rito el ser humano se compromete con una forma de entender el mundo, porque no es una cuestión de asentir o no, de mirar… en el rito hay que participar, implicar nuestra dimensión física. Por eso, los grandes momentos de nuestra vida los ritualizamos: la muerte de un ser querido la debemos ritualizar para poder hacernos cargo de ella. El nacimiento de un niño lo ritualizamos porque no es una cosa más, porque es algo único. El amor lo ritualizamos, el éxito de acabar unos estudios lo ritualizamos. Porque a través del ritual accedemos a la fuente de la vida. En palabras de Xabier Pikaza: «por el rito saben hombres y mujeres la verdad de su vida y su muerte». Por eso, Mary Douglas, una antropóloga especializada en el rito señalaba que «(el rito) puede permitir el conocimiento de lo que de otro modo no se conocería en forma alguna. No exterioriza meramente la experiencia, haciéndola surgir a la luz del día, sino que modifica la experiencia al expresarla (…) hay algunas cosas que no podemos experimentar sin el rito». Puede ser nuestro cumpleaños, pero si nadie me felicita, nadie me regala nada, nadie me tira de las orejas, no hay tarta, no hay nada… no es tanto mi cumpleaños.

Porque el rito es un símbolo especial. No me implica a mí solo, sino que me hace formar parte de una comunidad (communitas dicen los antropólogos). En cuanto yo no me invento cómo se celebra (el entierro, el cumpleaños…), sino que lo he recibido, me une a todas las personas que ya lo vivieron en el pasado y a todas las que los están viviendo ahora, conmigo, en ese mismo lugar o en otros muchos. Cuando un equipo de fútbol gana, todos sus seguidores se unen en una comunidad de alegría yendo a determinada fuente o vistiéndose con su camiseta y saliendo a la calle a tocar la bocina. Cuando una determinada cantante hace una gira, sus seguidores se unen en torno a sus lemas, canciones, forma de vestir. Y el concierto se convierte en un rito en el que se funden en una única comunidad, cantando y bailando juntos.

¿Qué son los sacramentos? Pues nada raro. Son nuestras celebraciones, los rituales de nuestra communitas, que no solo nos unen entre nosotros, sino con Aquel que nos sostiene, con Dios mismo. ¿Por qué entonces nos cuestan tanto? Porque hemos creado un cristianismo a nuestra imagen y semejanza. Para entender el sacramento necesitamos comprender cómo es nuestro Dios, Uno y trino, comunidad de amor. Encontrarnos con Dios, con el único Dios, con el Dios de Jesús, es encontrarse con un Amor que no solo me plenifica, sino que, inmediatamente me hace amar al otro. Y ese amor fraterno se convierte en un amor que envuelve a toda la humanidad, sin distinción de edad, género, etnia o condición social, un amor que se derrama por la creación entera, introduciéndonos en la danza misma de la Vida, que es la danza misma del corazón de Dios. Eso es el rito, eso es un sacramento… danzar la danza de Dios, implicar mi vida misma en su música.

Y esto hay que decirlo, porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lc 6,45). Y no hay otra forma de decirlo que el símbolo, sea en forma de oración, de canción, de objeto… Y no solo yo, sino juntos. Eso es un sacramento: un símbolo, un rito que nos une, juntos a Dios amor. Sin otros, sin comunidad, el sacramento se me deshace de entre las manos.

Un ejemplo: «es que no voy a la Eucaristía porque rezar puedo rezar en casa». Pues, claro, faltaría más. Pero lo que no puedes es hacer presente (realmente) el sueño de Dios. Porque la Eucaristía no es solo rezar. Es, como decía Manuel Gesteira, «la prefiguración y la anticipación más profunda y plena de lo que será el Reino», es decir, es «hacer» el Reino. Reunidos en torno a la misma mesa, hermanos y hermanas, hacemos presente (símbolo) el cielo: todos los pueblos de la tierra reunidos en torno a la misma mesa y Dios enjugando todas las lágrimas (Is.25, 6-8).

La experiencia cristiana no es solo creer cosas, no es solo hacer cosas… es también celebrar. Como escribía Martín Velasco, «la fiesta debe ser la otra cara de la lucha por hacer al mundo más humano». Y celebro como mi communitas, con mi comunidad. Si no vivo la experiencia de pertenecer a ella, no hay nada que celebrar. Cuando gana otro equipo no salgo a la calle. La crisis de los sacramentos es la crisis de la comunidad cristiana. Todo se juega en que sean en verdad entornos familiares, de pertenencia personal, donde si alguien falta se le echa de menos. En esas comunidades se puede hacer verdad la traditio, la tradición, cuyo rostro son los símbolos y ritos cristianos. La comunidad se apropia de los símbolos y ritos de sus mayores, que les unen a dos mil años de historia, que les unen a la Iglesia universal (eso significa «católico») y los reelaboran para expresar lo que viven. Así hemos hecho siempre: recibimos y nos apropiamos de ello.

Así, el sacramento puede acompañar la vida del cristiano. Acompaña su camino de descubrimiento de la promesa cristiana y su compromiso con el Reino de Dios, en los sacramentos de iniciación (Bautismo, Eucaristía y Confirmación). Acompaña el descubrimiento de una vocación específica para construir comunidad (Orden sacerdotal y Matrimonio). Acompaña el duro camino de la vida, afrontando la realidad del mal: del mal físico (Unción de enfermos) y del mal que hago (Reconciliación).

Llenamos nuestra vida de multitud de otros ritos que nos unifican a multitud de grupos (deportivos, de ocio, de música). Llenamos nuestros procesos educativos de graduaciones desde infantil hasta la universidad… ¿Cómo no celebrar la comunidad en la que encontramos el sentido de nuestra vida? ¿Cómo no hacer por encontrarnos con Dios comunidad, que nos invita a unirnos a su danza universal de amor?

Revisemos la vida celebrativa de nuestras comunidades e integremos en ella a nuestros jóvenes, para que tomen en sus manos la tradición y la recreen junto a los demás. Y así, viviendo la celebración cristiana, quizá podamos pasar de vivir los sacramentos a que nuestra propia vida sea un sacramento.

 

Para profundizar en este tema, puedes leer los capítulos 1 («Homo ritualis: la necesidad humana de lo ritual») y 2 («Danzar la religión: lo ritual en las religiones» de la obra VVAA, La celebración litúrgica de la comunidad cristiana, VVAA, Tirant lo Blanch, 2024.