Cine Birdman – Chema González Ochoa

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Imagino que si “Boyhood” -película ya reseñada en la anterior RPJ (nº 501)-, o la entrañable “Hotel Budapest” no lo impiden, como hicieron en los Globos de Oro, “Birdman” seguirá su recogida de premios anuales en los Óscar de 2015, y servirá para relanzar las carreras de director y protagonistas

Una de las varias coincidencias y similitudes entre lo real y la ficción que nos cuenta. Hollywood es muy dado a mirarse el ombligo, analizarse con ganas para desollarse públicamente en aras de redención. Una manera más de alimentar la maquinaria. Se flagela, se autoinculpa, critica sus propios productos, reflexiona con el envoltorio de lo intelectual, le añade unos cuantos riesgos técnicos y convence a los críticos afines de que ha creado una obra de arte profunda y seria. Se publicita y se le dan premios. En realidad es más madera para seguir manteniendo activa la maquinaria del dinero y engordar los egos de sus creadores. (Aunque es cierto que, de vez en cuando, le salen obras maestras como Sunset Boulevard, pero para eso tienes que ser Willy Wilder).
Hay que reconocer que Alejandro González Iñárritu es un tipo listo, director con talento y estilo, a la vez que con tendencia a perderse en excesos dramáticos y gravedades filosóficas que terminan lastrando sus obras. Ha filmado tres excelentes películas –Amores perros, 21 gramos y Babel– imperfectas pero sugerentes y siempre necesarias de revisión. Su manierismo, exceso de hondura y desgarro se le fueron de las manos en Biutiful y creó un bodrio infumable. Quizá porque la mesura o el duende venía de la colaboración de su habitual guionista, Guillermo Arriaga, con quien rompió antes de la prescindible Biutiful. Público y crítica le dieron la espalda a este mexicano que, hasta entonces, había sido mimado y llevado a Hollywood con todos los honores, pero que mostraba inequívocos síntomas de desorientación.
Y aunque la industria no le dio la espalda, Iñárritu sabía que debía reenfocar su carrera, congraciarse con público y crítica y buscar su propia redención como artista. Qué mejor que dar un giro de 180 grados, cambiar su estilo caleidoscópico, su narración fragmentada y en puzzle, con un plano secuencia trucado que no necesita montaje mental y que lleva al espectador de la mano desde la primera imagen hasta el epílogo abierto, y sus temas del lado oscuro y personajes martirizados, por una reflexión metacinematográfica. Y además se empeña con dos artistas del star system necesitados también de impulso y renovación, haciendo poco más o menos de sí mismos. Michael Keaton, un Batman olvidado y envejecido que necesita mostrar que es un excelente actor –sin duda lo es–, y un Edward Norton, que es como lo vemos en la obra, un monstruo frente a la cámara pero insoportable para los directores. Todo ello con el envoltorio pseudointelectual del montaje teatral de una obra de uno de los más admirados escritores americanos de las últimas décadas, Raymond Carver, al tiempo que se esparcen corrosivas autocríticas y reflexiones sobre el cine y la vida.
Así, en Birdman, la cámara nos atrapa siguiendo por un viejo teatro de Broadway a un actor que todo el mundo recuerda por su interpretación de superhéroe de cómic y que él quiere reivindicarse, décadas después, como un actor y director teatral venerado por el público y la más selecta crítica de Nueva York. Al principio nos embauca la habilidad para sostener el larguísimo plano secuencia y la credibilidad de Keaton y del formidable elenco que le acompaña, pero a la media hora, o poco más, a la película se le abren costurones.
Al final el ego manda y el Iñárritu más cargante deja su firma. Desea abarcar demasiado. Exactamente como el protagonista, que pretende salir a flote de un pasado que lo atrapa y de una realidad que es pura ficción, él mismo sigue creyéndose ser el héroe que volaba aunque intenta ser un actor de teatro; sus relaciones afectivas siguen marcadas por el abandono de la mujer que amaba; es imposible recuperar el tiempo perdido con su hija; no tiene ni capacidad ni disciplina para poner orden entre su ego y el de sus compañeros; vive martirizándose entre sus sueños y sus miserias.
El relato funciona como capas entre una realidad que quiere ser y una ficción que domina lo real. La pantalla es el juego de espejos: lo que se quiso ser y lo que se es; lo que se pretende y lo que se logra. Apunta pero no define. Y así, al intentar abarcar lo inabarcable, la película se despeña por momentos, se hace tramposa, pierde emoción y confunde lo ontológico con el desbarre y la pérdida de sentido. El guión se emborrona, la claridad y cercanía inicial se esfuman. Como le sucede al protagonista.
Dicho lo anterior, la película merece su visionado. Técnicamente es una filigrana muy atractiva, con un meticuloso trabajo de planificación y virtuoso rodaje. Magnífica la ambientación, la luz y la fotografía en ese viejo teatro, con sus largos pasillos y destartalados camerinos en los que se desarrolla, así como el acierto de buscar unos exteriores alejados del moderno y comercial Nueva York con sus edificios de ladrillo, sus viejas azoteas y los decadentes neones de Broadway.
Y para nuestro propósito pastoral hay un buen puñado de temas que, aunque simplemente se apunten o queden en subtramas, pueden facilitarnos el debate y la reflexión: los egos de los intérpretes y la verdad de sus interpretaciones; la vida real y su confusión con los personajes interpretados; la banalización de la industria cinematográfica y, por extensión, la cultural; la mezcla indescifrable entre el cine juvenil, el de entretenimiento y el de pretensiones más intelectuales y artísticas y sus paradojas; cómo nos percibimos a nosotros mismos frente a cómo nos perciben nuestros semejantes; la paternidad ausente, los fracasos emocionales y sus intentos de redención; el oficio de creador frente al de crítico y las justificaciones y mentiras de unos y otros; la tiranía y ubicuidad de las redes sociales; en fin, el sentido que damos a lo que hacemos y a lo que queremos ser…
Además de la ya señalada destreza técnica, la película la sostienen un soberbio plantel de actores. Por encima del resto destaca Michael Keaton (Riggan), siempre en equilibrio entre la ajustada contención y el necesario histrionismo de su personaje alucinado. Keaton merece todos los premios que le den. Y no menos altura alcanza la réplica genial de su alter ego, Edward Norton (Mike), que se adueña de la cámara cuando y como quiere. Entre los secundarios destacan la siempre eficaz Naomi Wats (Lesley), el socarrón y único cuerdo Zach Galifianakis (Jack), y Emma Stone (Sam), cuyos inmensos ojos traducen tanto dolor y amargura como esperanza y necesidad de redención.

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Ficha técnica
Título original: Birdman, or
the unexpected virtue of ignorance.
Año: 2014
País: Estados Unidos
Duración: 119 minutos.
Director: Alejandro González Iñárritu
Guión: Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris y Armando Bo
Música: Antonio Sánchez (solos de batería), y piezas clásicas de Mahler, Tchaikovsky, Ravel, Rachmaninov y John Adams.
Producción: Alejandro González Iñárritu, John Lesher y Arnon Milchan.
Intérpretes: Michael Keaton (Riggan), Zach Galifianakis (Jake), Edward Norton (Mike), Amy Ryan (Sylvia), Emma Stone (Sam), Naomi Watts (Lesley), Andrea Riseborough (Laura).

 

Sinopsis
La película narra el intento de recuperar la carrera y el prestigio del actor Riggan Thompson (Michael Keaton), a quien la gente sólo recuerda como el intérprete del superhéroe Birdman. Para ello dirige e interpreta en Broadway una obra de teatro adaptada de los textos del prestigioso literato Raymond Carver. A la vez intenta recuperar la relación con su hija Sam (Emma Stone), que acaba de salir de rehabilitación por su adicción a las drogas, y a la que apenas prestó atención en su infancia y juventud, y lucha con su propio ego y el de sus compañeros de reparto, especialmente con las ansias de notoriedad de Mike (Edward Norton).

 

Algunas pistas de trabajo

– ¿Te ha gustado o no la película?, ¿ha conseguido emocionarte y hacerte reflexionar?
– ¿Qué crees que es lo más interesante y el mensaje principal del relato?
– ¿Qué es lo que más te ha gustado de la historia?, ¿qué es lo que más te ha hecho reflexionar?, ¿y lo más original?
– ¿Cuáles de los diversos temas planteados en la película te son más cercanos?
– ¿Qué crees que es lo que realmente quiere conseguir Riggan Thompson (Michael Keaton) con la obra de teatro que está montando?
– ¿Cómo ves la relación con su hija?, ¿cómo la enfocarías tú?
– ¿Cómo es el vínculo de tus padres con su trabajo?, ¿afecta mucho a vuestras relaciones familiares?
– ¿Crees que un verdadero artista, un auténtico creador ha de ser egoísta y olvidarse de los que le rodean?
– ¿Que te sugiere el final?, ¿cómo lo interpretas?
– ¿Te has planteado alguna vez si hay diferencias entre cómo te ves tú a ti mismo y cómo te ven los demás?

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