Cine 500 revistas después – Chema González Ochoa

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Quinientos números editando una revista de pastoral juvenil son muchos números, y no es éste el lugar donde hacer una reflexión al respecto, pero no puedo dejar de felicitar y aplaudir la valentía de iniciar en 1958 la publicación presente y la perseverancia para llegar hasta aquí. ¡Enhorabuena a quienes han dirigido, apoyado y mantenido RPJ! Por mi parte, me siento muy orgulloso de mi humilde aportación iniciada, como quien dice, antes de ayer.
Volviendo al cine, que es lo que ocupa estas páginas, desde aquella lejana fecha de 1958 –yo todavía no había nacido– se han realizado cientos de excelentes películas que han permitido conocernos mejor, profundizar en nosotros mismos, cuestionarnos y reflexionar. Películas, en definitiva, que sin olvidar la máxima de cualquier arte –acercarnos a la verdad y a la belleza–, nos han hecho mejores, más sabios, y en ocasiones felices.
Para esta ocasión tan singular, a propuesta del director, os voy a sugerir películas estrenadas desde el inicio de la revista hasta la actualidad. La única condición es no citar ninguna obra ya referenciada por este crítico en la revista. No es ningún listado canónico, faltan muchas y de las elegidas seguro que algunas son olvidables y prescindibles, pero de alguna manera me han dejado huella, me ayudaron a la comprensión del mundo y considero que pueden ser útiles para la pastoral y la formación espiritual de nuestros jóvenes. Seguiré un orden más o menos cronológico, con saltos propiciados por la temática.
El año del nacimiento de RPJ, se estrenaron dos películas que siempre están en mi equipaje sentimental: El albergue de la sexta felicidad, de Mark Robson y Buenos días, tristeza, de Otto Preminger, basada en la novela de Françoise Sagan. Tan distintas en temas, formas y caminos para llegar al corazón, pero en ambas está presente el anhelo del ser humano por encontrar la felicidad.
Y al año siguiente, en 1959, François Truffaut nos regaló Los cuatrocientos golpes, una de esas películas que cuando se ha visto ya no puedes apartarte de ella, en especial de ese travelling final del chico protagonista, Antoine, fascinado por el mar, corriendo por la playa, y su mirada final a la cámara que resume todo su dolor y toda su esperanza.
Como es imposible ir desgranando obras año por año, saltamos a 1962, cuando el legendario John Ford realiza una de su múltiples obras maestras El hombre que mató a Liberty Balance. Uno de esos films grandes desde la primera a la última secuencia, –ese ferrocarril llegando y partiendo, transformando el salvaje oeste…–, cargado de lecturas, símbolos, anécdotas, citas y sentimientos. Es tal su fuerza que logra emocionar más en la revisión que en su primer visionado. Por ejemplo, las escenas iniciales conmueven más cuando uno ya conoce la historia y el desenlace. El reverso de la película de Ford es otro western imprescindible rodado treinta años después, Sin perdón, obra cumbre de Clint Eastwood. Lo que había de esperanza y fe en el hombre, de heroicidad y utopía en la obra de Ford, es pura violencia y nihilismo con Eastwood. Los únicos seres buenos están bajo tierra. Ya no hay una sociedad más justa, un amor o un ideal por el que luchar, sólo violencia y ambigüedad moral. Menos mal que en 2008 nos regaló Gran Torino.
Y hace cincuenta años se filmó, a mi entender, la mejor película sobre Jesucristo: El evangelio según san Mateo, del marxista y ateo Pier Paolo Pasolini. La más veraz y profética visión de Cristo que ha dado el cine. Deudora de ella en lo formal y en la búsqueda de la esencia evangélica es Su Re, del italiano Giovanni Columbu. Estrenada el año pasado con poca repercusión, Su Re reconstruye con veracidad y austeridad formal la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Y destacaría también Jesús de Montreal (1989), del director canadiense Denys Arcand, quien de un modo indirecto y metafórico firmó una lectura esencialista, crítica con lo eclesial y actual respecto al mensaje y figura de Cristo. Películas, las tres, muy recomendables para trabajar en la pastoral.
Ya que hemos citado a Denys Arcand, interesante es el visionado, y su posterior debate, de la célebre Las invasiones bárbaras (Óscar mejor película en habla no inglesa 2003), en la que con humor y sátira retrata los últimos días de un profesor universitario que ve cómo se viene abajo todo su mundo y su pensamiento frente a una realidad tozuda y cruel.
Volviendo a los años 60, dos películas más. Mi noche con Maud (1969), de Eric Rohmer, director católico al que no profeso mucha devoción, pero al que siempre agradezco esta hermosa película de enorme calado filosófico y moral. Y ya que estamos un poco “estupendos”, otra película no apta para todo el mundo: Andrei Rublev, filmada en 1966 por el ruso Andrei Tarkovski. Obra densa y compleja, de estética y ritmo muy alejados de lo que estamos acostumbrados hoy. Como todo el cine de Tarkovski, Andrei Rublev asusta a aquel que desea desentrañar su polisemia. Para disfrutarla es mejor dejarse impregnar desde lo sensorial, que cada uno haga su lectura y sean los académicos los encargados de desentrañar “el hecho fílmico”.
También desde las estepas rusas surgió una película maravillosa, del siempre excelente Akira Kurosawa, Dersu Uzala (El cazador, 1975). Abusando de la expresión, quizá la mejor película sobre la amistad y la relación del hombre con la naturaleza. Conmovedora y necesaria. Dos años antes nuestro genial Víctor Erice rodó El espíritu de la Colmena (1973), fascinante introspección en el mundo de la infancia y sus misterios inescrutables. Es de esas películas que poseen imágenes y secuencias de las que jamás podrás desprenderte. Puro cine y cine puro.
De los ochenta hay varias películas que a bote pronto me vienen a la memoria. Por ejemplo, El festín de Babette (1988) de Gabriel Axel. Magnífica fábula que nos enseña, entre otras cosas, que el deber, la moral, la religión y el espíritu no están reñidos con el deleite y los placeres. Y que el agradecimiento es siempre motivo de alegría y reconciliación. Otra sería Adiós, Muchachos (1987), de Louis Malle, emotiva película sobre la lealtad y la amistad entre un joven católico y otro judío en la Francia ocupada por los nazis. Sutil, tierna, y con ese gusto amargo que la hace imperecedera.
Rescataría también Delitos y faltas (1988) una de las mejores obras del cineasta americano Woody Allen. Su visión pesimista del hombre y de la sociedad, su silencioso reproche a la providencia o a la ausencia de Dios, y su amargura moral se llevan bien por la perfecta combinación de drama y comedia y por el sarcasmo inteligente de su crítica. Película a la que remite en 2005 con Macht Point, en la que vuelve a incidir en cómo la providencia trabaja siempre para los más poderosos y cómo la culpa es un sentimiento prescindible y olvidable en la actualidad.
Y para no extendernos más en los ochenta, dejar consignados tres títulos del alemán Win Wenders: París Texas (1984) y Cielo sobre Berlín (1987), y ya en la década siguiente, Tan lejos, tan cerca (1993). Cine complejo, muy enraizado en las dificultades del hombre actual para desarrollar su espiritualidad y su amor. Quien haya visto la primera no podrá ya nunca olvidarse de la confesión a través del cristal de un peepshow entre una pareja fracasada. Es tal la fuerza dramática de toda la película, que se subliman en esos quince minutos, que el espectador termina mimetizado con los sentimientos de ambos personajes.
Una de mis películas favoritas para videofórum y debates por el excelente juego que da es Un lugar en el mundo (1992), del argentino Adolfo Aristaráin. En las batallas lo importante es la dignidad, aunque nos cueste la derrota. Sencilla y diáfana, nos habla del compromiso, la solidaridad, la lucha por la justicia y la necesidad de saber dónde y cómo se sitúa cada uno en los momentos importantes de la vida. Un año después de la película argentina se estrenaba otra agradecida película para cualquier tipo de formación: La Lista de Schindler, de Steven Spielberg. En las antípodas estilísticas y presupuestarias de Un lugar en el mundo, pero con la vinculación argumental de mostrar la posibilidad de hacer el bien en medio del hábitat moral más degradado y la necesidad de librar, por la dignidad del hombre, las batallas perdidas. La película de Spielberg me lleva a sugerir otras tres películas con el telón de fondo del exterminio nazi: la entrañable y esperanzada La vida es bella, de Roberto Benigni (1997); El noveno día (2004), dirigida por Volker Schlöndorff, e inspirada en la historia real del sacerdote católico Jean Bernard; e Hijos de un mismo Dios (2001), del director polaco Yurek Bogayevic.
Y en medio de otro genocidio se levanta la película Hotel Rwanda (2005), dirigida por Terry George, donde un Schindler hutu salvará a miles de tutsis en mitad de la barbarie desatada en el país africano en 1995.
Retrocediendo al comienzo del siglo XXI, destaco la obra del enorme cineasta chino Zhang Yimou, de quien ya he escrito con anterioridad en RPJ (n. 484). En 1999 filma Ni uno menos y al año siguiente El camino a casa. Obras de sensibilidad y belleza exquisitas, llenas de humanidad y sentido de trascendencia.
No me resisto a incluir Bailar en la oscuridad (2000), del sueco Lars von Trier. No todo el mundo podrá llegar al final, muchos llorarán desde el primer cuarto de hora o no soportarán el vapuleo emocional, pero la lección de amor y sacrificio de una madre y su figura crística merecen la pena.
Y antes de llegar al año 2005, en el que me incorporo a la revista, permítanme una debilidad: La terminal (2004), del Spielberg más comercial y sensiblero. Reconozco sus fallos, sus concesiones innecesarias, pero es tan fácil encontrar en ella material para trabajar con los jóvenes que no me resisto a citarla.
Desde 2005 he ido publicando las películas que cada mes me gustaban más o les encontraba más juego para la pastoral, sin olvidar nunca la calidad artística. La selección ha significado dejar fuera muchas buenas películas. Por ejemplo, una de las que mejor ha retratado la gestación de la crisis financiera y moral que nos aprieta, y qué clase de tipos manejan nuestras vidas: Margin Call (2011), de J.C. Chandor… O El gran silencio (2005), de Philip Gröning, o Violines en el Cielo (Despedidas) (2008), de  Yajira Takita o Cartas a Dios (2011), de Eric-Emmanuel Schmitt…
En fin, y para no abusar, unas líneas para dos películas de directores finlandeses que deberían haber aparecido por las páginas de RPJ. Cartas al padre Jacob (2009) de Klaus Härö, en la que una mujer condenada a cadena perpetua obtiene el indulto a cambio de ayudar a un párroco rural ciego, contestando las cartas que recibe. La redención es posible. Estupenda para reflexionar con jóvenes cuestiones muy actuales. Y la maravillosa y enternecedora El Havre, de Aki Kaurismáki, en donde a través de unos personajes entrañables, en el hábitat de la crisis y la inmigración, el director nos habla de solidaridad, de fe, de amor conyugal y de la bondad de Dios y del hombre.
Y como mis gustos personales no serán suficientes ni válidos para todos, os doy dos referencias de mayor calado. Por un lado, la página de la semana de cine espiritual que dirige el sacerdote y experto en cine Peio Sánchez, http://www.semanacineespiritual.org/. Al entrar en ella encontraréis una sección llamada Itinerarios formativos donde podéis encontrar mucha y buena información sobre películas para trabajar con jóvenes.
Por su parte, la revista Image http://imagejournal.org/, que desde hace 25 años viene concretando con ideas y reflexiones eso que en España llamamos diálogo entre Fe y Cultura, tiene un foro muy interesante llamado Arts and Faith, en donde un grupo de expertos se atrevió a elaborar las cien mejores películas con temática espiritual o de búsqueda de trascendencia del hombre. Aunque no la comparto al cien por cien, no pongo peros a ninguna de las seleccionadas, excelentes todas; pero si me hubiesen preguntado a mí hubiese salido otra cosa… Ahí os la dejo.

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