CARAVAGGIO DORMIDO Descarga aquí el artículo en PDF
José M.ª Martínez Manero
Fue un privilegio poderla ver, recién estrenada, en un pase con su director. La película The sleeper. El Caravaggio perdido (2025), de Álvaro Longoria, supuso toda una sorpresa. Lo que menos esperas encontrar en una película documental sobre el mundo del mercado del arte antiguo, tema tan desconocido para el común, es suspense y apasionante aventura; y más, teniendo que saltar con agilidad en el recorrido las vallas, inevitables, de los bustos parlantes. El cuadro ha viajado a Roma con motivo del Jubileo 2025.
El Caravaggio perdido es un Ecce Homo, óleo sobre tela, obra de madurez del pintor. Perteneció a Felipe IV, y los últimos siglos a la familia que, al hacer mudanza, lo puso en venta por mil quinientos euros. Pero el ojo experto vio muy probable que en el cuadro durmiera un Caravaggio. Por eso el mundo del arte denomina sleeper al cuadro mal atribuido que puede esconder una obra maestra. El sueño de todo marchante de arte es descubrir uno. Sorprende la multitud de fuerzas de todo tipo que desata tal probabilidad en el pequeño pero universal planeta del mercado de arte antiguo. Confianza que gana voluntades, honradez, profesionalidad, trabajo en equipo… frente a fuerzas antagónicas que persiguen otros intereses. ¿Cómo puede el mismo objeto, expuesto en un escaparate al precio de mil quinientos euros, pasar en un instante a ser valorado en trescientos millones de euros? El documental lo explica muy bien. Álvaro Longoria pudo acceder al privilegiado círculo que logró el «renacer» el cuadro, asistiendo a todo el proceso desde dentro.
Ecce Homo
Al director del documental lo que más le sorprende del cuadro, tras horas a solas con él, es su fuerza. «Tiene una fuerza brutal». Y ¿en qué radica esa descomunal fuerza? Conocemos la maestría de Caravaggio en su peculiar forma de tratar la luz y la sobra, como si su pincel fuera batuta que dirige la guerra-juego que el himno canta: «luz que te entregas, luz que te niegas». En ese juego trágico, buen reflejo de la accidentada vida de Miguel Ángel Caravaggio (y de los que contemplan su cuadro), el verso del poeta de Orihuela sentencia: «Pero hay un rayo de sol en la lucha / que siempre deja la sombra vencida».
Ahí está ese rayo de sol en forma de blanca carne humana, maltratada, que, en su inclinación de casi cadáver, irónicamente, da luz y dinamismo de vida al cuadro. Una caña, con la ayuda de un leve reguero de gotas de sangre derramada, que caen de su cabeza coronada de espinas, refuerzan con su paralelismo ese movimiento, marcando contraste con las otras dos figuras verticales. Una de ellas aparece, o se esconde, en la penumbra, tras el que parece reo, a juzgar por la cuerda que ata sus manos. Solo se ve su cabeza joven, con la boca abierta que parece gritar, sin que se sepa bien qué o por qué; la chispa blanca en sus ojos les da profundidad; sus manos están poniendo, o quitando, un manto color púrpura al reo. La tercera y última figura que completa la escala dinámica de personajes es toda oscuridad, prolongada por su larga y poblada barba negra; ocupa casi la mitad izquierda y la base del cuadro. Solo quedan iluminadas la mitad de su cara, que vuelve hacia el espectador, y sus manos, que nos invitan a mirar al reo. Sus brazos parecen una prolongación del dinamismo de la caña, pero las manos rompen esa dinámica.
Todo es juego de pareceres cuando no se sabe qué es el Ecce Homo. Cinco décadas en la escuela dan para comprobar que en las tres últimas del siglo pasado solo algunos lo ignoraban; y en las dos de nuestro siglo, solo alguno lo sabía. En clase de Religión —que tanto profesor de historia, arte, filosofía, sociales, música, literatura… agradecía— bastaba la sugerente secuencia de la película Jesús de Nazaret (1977), de F. Zeffirelli, para que los pareceres se fueran diluyendo. Todo empezaba a iluminarse y cuadraba en el camino hacia la escena cumbre del Ecce Homo. El juego de planos y el diálogo va transformando la seguridad imperial de Pilato en un nerviosismo que acaba en dejación de funciones, desarmado ante la fuerza de la verdad que irradia el que parece más gusano que hombre. «No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas, no hay en él belleza que agrade», profetiza Isaías. Pero qué belleza la soledad tan gloriosamente regia y cautivadora la de este hombre solo ante el mundo. Entonces y, ante los alumnos, ahora. Se entiende también por qué algunos prefieren el grito «¡Barrabás!» en la escuela. Es verdad, el cuadro despliega una «fuerza brutal».
Tríptico de agosto con CODA
«El más bello de los hombres» ha entrado en la entraña de la historia como onda de humanidad expansiva. A todos alcanza, a algunos pulveriza. Domingo de Guzmán, «he ahí el hombre» capaz de empeñar sus preciados libros por predicar —con su legión de seguidores— la dignidad del derecho de gentes a favor de quienes no son considerados gente. Edith Stein (Teresa Benedicta de la Cruz), «he aquí la mujer» considerada «rata», ahora madre de Europa; doctora e hija de la doctora de Ávila, transformada por un Ecce Homo. Lorenzo, «he aquí el diácono», que se deja asar vivo por mostrar con su «Lorenzópolis» al Imperio que los tesoros de la nueva ciudad son los pobres y enfermos, «ciomos» cuyo valor no tiene precio. «Solo el necio confunde valor y precio» (F. Quevedo). El precio del Caravaggio no se sabe. ¿Y su valor? Puede que siga perdido, o dormido. El Reino Dios se parece a un tesoro escondido en un cuadro. Los audaces lo encuentran. «Contempladlo y quedaréis radiantes», dejaos contemplar por él y quedaréis transformados.
CODA. «He aquí el hombre», José, el de la escuela bella, por buena (eso es «pía», véase Gn 1). Ennoblece su apellido, Calasanz, como pobre de la Madre de Dios que descubre de su mano el tesoro escondido; el «beneficio» que ha ido a buscar en Roma estaba donde menos esperaba. En los pequeños «ciomos» de sus calles. Estaba escrito.







