CAÑA DE BAMBÚ – Josep Perich

CAÑA DE BAMBÚ 

Josep Perich

La caña de bambú china sigue un proceso de crecimiento sorprendente: siembras la semilla, viertes abono, la riegas… y ¿qué pasa?, ¡nada! En el primer año no da muestras de germinación, tampoco en el segundo, ni en el tercero, ni en el cuarto. En el quinto, cuando tienes más que motivos para pensar que no la sembraste bien, que el sitio no era adecuado o que las semillas no eran fértiles, inesperadamente aparecen, como por arte de magia, el tallo, las ramas, las raíces… ¡Tan solo en seis semanas la planta de bambú crece frondosa y llena de vitalidad más de 30 metros!

Gracias a su flexibilidad y a la profundidad y extensión de sus raíces, es capaz de resistir las mayores adversidades como pueden ser las tormentas o los vientos huracanados.

¿A lo largo de cinco años no pasó nada? Como podemos intuir, su crecimiento era subterráneo, invisible. Una maciza y fibrosa estructura de raíces, extendida vertical y horizontalmente bajo tierra, estaban desarrollándose lentamente.

 Reflexión:

Este verano, con mi familia (somos cinco personas) teníamos previsto compartir “un día y medio” de vacaciones. Mapas de carreteras, centros de interés común para visitar… Estaba todo previsto y programado el tiempo. A última hora un sobrino nos sale por peteneras:

– Podríamos pasar primero por la residencia de Manresa donde tenemos a Luís, un amigo con esclerosis múltiple, le daríamos una alegría.

Era de entrada un jarro de agua fría, pero por razones éticas, nadie se atrevió a llevarle la contraria. ¡La juventud manda! Luis nos esperaba tras los cristales de la portería con su silla de ruedas. Nos presentó a sus amigos y amigas, la casa… hicimos un círculo. Nadie miraba el reloj, ya que su sonrisa de pícaro y su mirada en busca de complicidad nos cautivaba, más allá de su expresión verbal acompasada. De allí salimos “tocados”, transfigurados. Todo lo que hicimos y vimos de lo que nos quedaba de las mini-vacaciones nos pareció maravilloso. De regreso, me decía: “Hacía años que no había hecho unas vacaciones tan cortas pero tan fraternas, disfrutando del calor familiar”. Creo que hemos cargado las pilas para el nuevo curso.

Estamos tan impregnados del espíritu “competitivo” que nos corroe por dentro la consigna olímpica que se está imponiendo en este mundo global: “Más rápido, más alto, más fuerte”, sin haber aprendido la lección de la caña de bambú. Y es que sin el contrapunto “Más lentamente, más a fondo, más lúcido”, no es de extrañar que se derrumben tantas torres de Babel, con sus respectivas frustraciones. La vida está llena de trabajos a realizar “urgentes” que pueden esperar.

Muchas personas tratan de alcanzar triunfos apresurados, sin entender que el éxito debe ser el resultado de un crecimiento interno y que éste requiere tiempo. “No te den miedo los cambios lentos; lo que te ha de dar miedo en todo caso es la inmovilidad”(proverbio chino). La ansiedad y la impaciencia a menudo surgen cuando buscamos desaforadamente en el exterior lo que tenemos dentro aún por estrenar.

¿Más rápido o más despacio? Todos necesitamos, como el aire que respiramos, expresiones de ternura. ¿Cuándo se va de cabeza y estresado, es posible?

¿Más alto o más a fondo? Hay personas que parecen “árboles de Navidad” deslumbran con sus guirnaldas pero, sin raíces, son incapaces de aguantar el primer vendaval o contrariedad.

¿Más fuerte o más consciente de las capacidades y también de las debilidades? A veces se exhibe mucha musculatura física pero muy poca musculatura solidaria y no digamos espiritual.

El texto que sigue no es apto para impacientes: “Jesús les dijo esta parábola: La manera que tiene Dios de reinar parece a un grano de mostaza: el campesino lo toma y lo siembra en su campo. Basta es la más pequeña de todas las semillas; pero, una vez crece, se hace más grande que las otras plantas del huerto, y se hace un árbol, tanto que los pájaros pueden venir a hacer nido en sus ramas “(Mateo 13, 31-32).