¡BUENOS DÍAS! – Joseph Perich

¡BUENOS DÍAS!

Joseph Perich

Cuenta una historia que un hombre trabajaba en una planta de congelados de pescado. Un día, terminando su horario de trabajo, entró en una de las cámaras frigoríficas para inspeccionar algo; la puerta se cerró con el seguro y se quedó atrapado dentro. Golpeó fuertemente la puerta y empezó a gritar, pero nadie podía oírle. La mayoría de los trabajadores se habían ido acasa. Era casi imposible que alguien oyera sus gritos a causa del grosor que tenía esa puerta.

Llevaba cinco horas en la cámara frigorífica, al borde de la muerte. De repente se abrió la puerta. El guardia de seguridad entró y le rescató.

Le preguntaron al guardia cómo se le había ocurrido abrir esa puerta, acción que no formaba parte de su trabajo rutinario. Él explicó:

Llevo trabajando en esta empresa 35 años. Cientos de trabajadores entran a la planta cada día, pero él es el único que me saluda por la mañana y se despide de mí por la tarde. El resto de los trabajadores me tratan como si fuera invisible. Hoy por la mañana, a la entrada, me dijo “Hola”, pero, al anochecer, todavía no había oído su “hasta mañana”. Yo espero cada día ese “¡Hola!”, “¡Buenos días!”, y ese “¡Adiós!” o “¡Hasta mañana!” de ese hombre. Sabiendo que todavía no se había despedido de mí, pensé que debía estar en algún lugar del edificio, por lo que lo busqué y lo encontré.

¡Sé muy bien que «casi todo depende de casi nada»! No se me borra de la retina el rostro luminoso de Carolina, madre viuda, narrando-como si fuera en directo- el inicio de su trabajo diario, a las 7 de la mañana, fregando el suelo del bar de la esquina. Con la persiana casi bajada del todo, cada día a esa hora, puntualmente, pasa alguien que le dice «Buenos días», con un acento latinoamericano. Ella le responde cortésmente: «Gracias, buenos días». Carolina, aunque sin esperarlo, vive un momento muy emotivo que le ayuda a empezar el día con buen pie.

Hace pocos días (esta vez la persiana estaba levantada) pudo descubrir el rostro de esa persona misteriosa, y comprobó que tras el «Buenos días» se ocultaba, como si fuera una propina, una sonrisa radiante de un padre que tempranero iba al trabajo, y que a la vezsembraba y recogía florecillas de humanidad a su paso. Esta manera de ir por la vida no creo que la haya mamado en casa, donde solemos ir bastante estresados ​​y con caras largas. Seguro que la ha importado, no de China, sino del otro lado del Atlántico y la ha aprendido en un contexto que muchos de nosotros calificaríamos de marginal.

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