BELLEZA SIEMPRE ANTIGUA… ¿Y SIEMPRE NUEVA? – Julián Muñoz Pérez – CRISMHOM

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Julián Muñoz Pérez – CRISMHOM

julian.mp@crismhom.org

Lex orandi, lex credendi. No puedo estar más de acuerdo con este adagio (aunque suele olvidarse el lex vivendi), ya que las grandes crisis que he observado en mis comunidades de referencia han tenido que ver esencialmente con los modos de celebrar. De niño, venía a mi pueblo a pasar las vacaciones un sacerdote salesiano, permitiendo así al párroco que disfrutara de las suyas. A los pequeños nos encantaban sus celebraciones —espontáneas, directas, afectuosas…— mientras que no pocos mayores salían con las orejas coloradas porque les había pedido hacer o decir algo durante la misa. Yo no entendía muy bien por qué no les entusiasmaba salir de la rutina de los rezos en modo automático y de las prédicas soporíferas. «Niño, el precepto es oír misa, ¡no participar en un circo!».

Esa tensión entre los diferentes modos de celebrar ha llegado, en algunas ocasiones, a que personas o grupos se escindan de la comunidad. «El padre se ha saltado el Gloria». «Ha puesto reclinatorios para comulgar». «Ha quitado los reclinatorios». «Este quiere que comulguemos en la boca». «Este quiere en la mano». «Me gustaban más las homilías de…». «No ha incensado el altar, y es fiesta solemne». «¡Ojo! Ese canto es de la misa campesina». «Lleva estola en vez de casulla». ¿Os suena? Pues por motivos como esos hay personas que recorren kilómetros cada domingo para no celebrar con su comunidad.

Pero, quizás lo más propio de nuestro tiempo es que esas diatribas —que venían jugándose en terreno local— han saltado encarnizadamente al campo de lo virtual. Hace poco una «evangelizadora digital» elogiaba en X la dignidad y belleza intrínsecas del latín para la liturgia; y aunque yo suelo evitar entrar al capote, mi condición de lingüista me llevó a responderle que las categorías de dignidad, belleza o utilidad, entre otras, no son inherentes a las lenguas como códigos, sino que responden a juicios de valor sociales, políticos, estéticos o ideológicos (¡palabra del catedrático Juan Carlos Moreno Cabrera!). Fue en vano, porque parece que para una legión de esos «evangelizadores digitales» todo lo que no sea celebrar en latín, con mantilla, al son del gregoriano, mirando a oOriente, con el presidente de espaldas a la asamblea, y, si es posible, tristones y con el rostro compungido, exhala un pestilente tufillo de azufre modernista.

«Yo sé que tú hablas, pero no te entiendo na’, Lauren»

Permitidme recurrir a esta famosa frase de un sketch de Martes y Trece para ilustrar otro de los aspectos que, a mi parecer, tienen relación con la esencia de la belleza en las celebraciones: los lenguajes empleados. Mi ya mencionada formación académica me ha supuesto invertir no pocas horas a estudiar el signo (especialmente lingüístico, aunque no solo) y a desarrollar una especial sensibilidad para la semiótica, la pragmática, la retórica y la estética. Con esas alforjas, no son pocas las ocasiones en que se me ha ido el santo al cielo (o directamente a la compra) durante una celebración rumiando algo de lo que se ha dicho o hecho, bien para extraerle todo el jugo, bien preguntándome qué es lo que acaba de pasar frente a mí.

Quiero volver de nuevo a mi pueblo, donde cada septiembre se celebra una novena en honor de la Natividad de María. La estructura en sí ha ido cambiando de formato: en los años 80 y 90, el párroco introdujo sin mucho éxito el rezo comunitario de vísperas durante la Eucaristía. Pero en los 2000 un joven cura sacó de algún polvoriento anaquel parroquial una antigua versión de la novena, que es la que se mantiene hasta el día de hoy, y que contiene una oración final que los fieles de edad recitan de memoria (por motivos de espacio y cierto apego a la tierra, no la voy a reproducir). Sí quiero destacar que esa oración (en el doble sentido de litúrgica y sintáctica), de retórica alambicada, le haría tener pesadillas al mismo Noam Chomsky para desarrollar el árbol sintáctico cuyo análisis generaría tal amasijo de construcciones hipotácticas relativas y adverbiales en un registro solemne (voseante) y con cierto léxico ya en desuso. Cuando, exhaustas y sin aire, las feligresas despliegan el abanico después del último amén, mi mente me tienta a girarme y a preguntar: «¿Alguien en la sala podría resumirme en sus palabras qué es lo que acabamos de rezar?».

La liturgia en lengua española (no así, por ejemplo, en francés o portugués) parece escorarse hacia esos períodos sintácticos largos, cargados de subordinaciones, epítetos redundantes y vocativos (mejor si llevan algún ¡oh!), lo que hace que al final de una oración colecta uno —como cuando firma un contrato con letra pequeña— tenga dudas sobre a qué se está comprometiendo al decir amén. Da la sensación de que, contradiciendo el consejo mateano, a Dios hubiera que marearlo con una sarta de enunciados altamente complejos para que nos hagamos entender por Él. Porque nosotros, criaturas del siglo XXI y ávidos consumidores de reels, desde luego que ya casi no lo comprendemos.

«Véante mis ojos, muérame yo luego»

Pero, más allá de las formas, a veces también llama la atención el sentido y el significado de los enunciados. Pongo un ejemplo de las preces de laudes del jueves después de ceniza: «Tú que exaltado en la cruz quisiste ser atravesado por la lanza del soldado (…)». Además de la ausencia de comas para separar el período explicativo del resto de la construcción, me llama poderosamente la atención que, en el año 2025, podamos seguir manteniendo este tipo de aseveraciones en la liturgia. En primer lugar, porque me hace preguntarme sobre mi fe, sobre la imagen del Dios en el que creo, que se me presenta con tintes sádicos e inhumanos. ¿Cómo reaccionará alguien que, con poca o nula fe, me escuche invocar así al Dios de los cristianos? En segundo lugar, porque me resulta incoherente con el relato bíblico: no parece que Jesús en Getsemaní estuviera entusiasmado con la idea de morir (¡imaginemos, entonces, con la de que lo atravesara una lanza!), y, además, si el soldado lo lanceó una vez muerto, ¿en qué momento se materializó ese presunto deseo? Y, por último, me lleva a cuestionarme por la economía salvífica misma: ¿acaso eran necesarios ese deseo y esa lanzada final para la salvación de todos los hombres? ¿Es que no había bastado con todos los ultrajes padecidos antes y durante la crucifixión?

A veces, las oraciones, los cantos, las moniciones o las homilías inciden en todo un abanico de tópicos, tropos y expresiones más propias de otros momentos culturales (especialmente en nuestro ámbito hispano el Barroco de la Contrarreforma). Esto no quiere decir que haya que juzgar esas expresiones desde el presentismo; muy al contrario: lo que se precisan son claves literarias y culturales para acceder a esos textos y disfrutar de su belleza. Pero no es siempre este el caso de las celebraciones: no toda la asamblea tiene la misma base formativa, y no es tampoco muchas veces el momento de ponerse a hacer complicadas exégesis. Quizás bastaría con rescatar otros tantos textos, poemas, oraciones, cantos o himnos que, desde su sencillez expresiva, faciliten al creyente de hoy el saberse en contacto con la tradición sin que tenga que sentirse como un extraterrestre. De lo contrario, el rito corre la suerte de convertirse en un misterio aislado de la propia vida.

«Cantad al Señor un cántico nuevo»

Creo que lo apenas esbozado más arriba, relatado desde el ámbito experiencial, nos puede dar algunas pistas de por qué nuestra liturgia hace mucho tiempo que dejó de interesar a los jóvenes (incluidos ya los de mi generación), excepción hecha de los neoconversos y tradicionalistas, claro. Este número de la revista seguro que incluye muchas otras perspectivas y sugerencias sobre el tema, y no quiero ahondar más. Pero, dado que escribo desde una comunidad de creyentes LGTBIQ+, sí me gustaría dejar constancia de un último fenómeno: la invisibilización litúrgica de nuestras personas y realidades. Sin ánimo de entrar en las arenas movedizas de Fiducia Supplicans ni cosas por el estilo, me llama la atención que, cuando se celebra el día contra la LGTBIfobia, o cuando personas LGTBIQ+ copan las portadas de periódicos porque han sufrido violencia —víctimas de Orlando, Matthew Sheppard, Samuel Luiz, etc. —, no haya una prez para pedir que cese la violencia y la discriminación hacia estas personas, que ese no es el camino cristiano. Es doloroso contemplar cómo, a veces, las preces parecen un discurso vacuo sacado de un concurso de misses (¡por la paz en el mundo!, ¡te rogamos, óyenos!), pero que seamos incapaces de dedicar una línea a censurar el odio y la violencia contra quienes somos por cómo somos (sí, porque cuando a un niño o una niña de 8 años le insultan en el cole, no es ni por a quién ama, ni por tener atracción hacia el mismo sexo, sino por ser como es). Como ya advertía algún liturgista, las preces han de servir no como un recurso mágico para que el Señor cambie las cosas, sino como una reflexión comunitaria sobre cómo estamos (o no) construyendo el Reino de Dios.

Pero la invisibilización va un paso más allá. Las personas LGTBIQ+, en nuestro entorno cultural, están ampliamente presentes y representadas, desde hace décadas, en los ámbitos de la comunicación, la creatividad, el diseño o las artes. Y el hecho religioso no les resulta, ni mucho menos, indiferente: ahí están películas musicales como La llamada, series como La mesías, poemas de Gloria Fuertes o documentales como Dolores, guapa. A propósito de este último, decía la genial María Jiménez: «¿Quién peina a las vírgenes? ¿Quién las viste? ¿Quién les ponen flores? Los mariquitas». Sin embargo, esa participación es, si no objeto directo de mofa, muchas veces callada u ocultada. Se da así un doble juego de facto (como ocurre, por otro lado, con las mujeres): que lo hagan, pero que no sea ni público ni notorio. ¡En cuántas ocasiones no se perderá la oportunidad de que personas con dotes artísticas queden excluidas de los lenguajes de la liturgia, desde los plásticos a los verbales y audiovisuales, simplemente por su identidad de género o su orientación afectivo-sexual! Y ello a pesar de la temprana invitación de Francisco cuando nos decía que «hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros» (EG 167).

Queda, pues, un buen camino que andar en este sentido, pero no para dar protagonismo a unos en detrimento de otros, sino para lograr que, verdaderamente, la liturgia sea espacio participativo y celebrativo para todos. Todos. ¡Todos!