El 12 de abril de 1961, el astronauta ruso Yuri Gagarin, en su primer viaje espacial, dio cita a Dios en el espacio, pero Dios, según él, no acudió a la cita. Ocho años y medio después, el astronauta americano Neil Armstrong viajó también al espacio y tampoco encontró a Dios; pero, al mirar a la tierra desde el cielo, reconoció que “aquella joya de cristal verde, blanco y azul llevaba grabadas las huellas de Dios”.
Decir que Jesús subió al cielo no es hablar de un lugar. “El Cristo de la ascensión no es un ‘Cristo espacial’. En realidad, no existe en el universo un lugar espacial y temporal para alojar lo divino” (Ignacio Cacho).
Por eso, “estar en el cielo” no es vivir en un sitio sino vivir en plenitud unos valores. Según Tomás Muro, “el cielo no será un cuartel, ni la vida será uniformada y cuadriculada. Los seres humanos no seremos en el cielo todos absolutamente iguales como paquetes de tabaco. En el cielo estaremos los mismos que estamos aquí, con nuestras tendencias, nuestros modos de pensar, y la realización que Dios – en su infinita bondad – nos concederá, pero esa realización no serán cosas y juguetes, sino completar los valores: respeto, tolerancia, amor, fidelidad, cultura, libertad, que son los valores que hacen que el ser humano y las comunidades humanas puedan vivir en paz y realización”.
“El cristiano ha de saber que el cielo no es un lugar concreto a donde irán los justos, sino una vivencia amorosa reservada a quienes, siguiendo a Cristo, cultiven sus valores personales y comunitarios. Para ello es necesario regirse por la pauta del amor. El cielo es el amor y el odio es el infierno [“el infierno es como una autoexclusión del ámbito de Dios, pero Jesús no condena a nadie”]”.
“Quien ama está sintonizando ya desde ahora con Dios y con los demás. Quien ama, disfruta ya del cielo. No se puede llegar a la plena realización en el amor hasta que no sean removidos los últimos rescoldos de odio después de haber pagado el tributo de la muerte. El cielo es una conversión al amor, no una situación mágica. Quien se convierte al amor, quien ama, vive ya el cielo. Quizá, finalmente, lo único que podemos decir del cielo es que es vida y amor”.
Es verdad que la Biblia, como se ve en este evangelio, y nuestras explicaciones sobre el cielo emplean el lenguaje espacial de lugar. Es la necesidad de expresar la realidad de la inefable plenitud humana en términos accesibles. El caso es que un mundo totalmente nuevo nos ha abierto Jesús con su resurrección y ascensión.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Y vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”.
Después los sacó hacia Betania, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios. (Lc 24, 46-53)
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