ASCENSIÓN, Mirar al cielo y mejorar la tierra – Iñaki Otano

Algunos han acusado y siguen acusando a la Iglesia de confundir a la gente. Según ellos, hablando del cielo y de Dios, desvía su atención de las cosas de la tierra. Eso se traduciría en una despreocupación de las realidades humanas con la excusa de que hay que dedicarse a las cosas de Dios.

            Otros, en cambio, acusan a la Iglesia de estar demasiado implicada en las cuestiones humanas, en la erradicación de la pobreza, en la resolución de los problemas sociales, y haber descuidado la devoción, el hablar de Dios, la adoración, la espiritualidad, etc.

            ¿Qué tiene que hacer la Iglesia: preocuparse de los problemas humanos o dejar eso a otros y centrarse en la vida espiritual?

            Tenemos que mirar al cielo y, al mismo tiempo, no huir de la tierra. La mirada al cielo tiene que llenar de esperanza mi compromiso con la tierra. Sin esa mirada al cielo todos nuestros afanes se convierten en un enorme sin sentido, que no va más allá del nacer, crecer y morir.

            La mirada al cielo tiene que ayudarme a encontrar un sentido a lo que soy y a lo que hago: el amor al esposo o a la esposa y a los hijos, el empeño por el trabajo bien hecho, el esfuerzo por un mundo mejor, no terminan con los éxitos o fracasos que consigo aquí sino que tienen un sentido que va más allá de la muerte. Mi esperanza en el cielo tiene que dar aliento a mi trabajo en la tierra.

            En el evangelio de hoy Jesús, antes de subir al cielo, dice: Id al mundo entero y proclamad el evangelio, y a continuación añade que a los que crean les acompañarán una serie de signos, que se pueden resumir en hacer el bien a los demás. Y es que Jesús sube al cielo y, al mismo tiempo, está entre nosotros y actúa a través del bien que hacemos las personas. Mirar al cielo debe llevar a hacer el bien a los que viven en la tierra.

            El Concilio Vaticano II dice que “la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra… Todos los frutos excelentes de la naturaleza de nuestro esfuerzo… los encontraremos después de nuevo limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados… El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección”.  

En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once, y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán en mi nombre demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos”.

            El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

            Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban. (Mc 16, 15-20)

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