Ascensión, ¿el que no crea será condenado? – Juan Carlos de la Riva

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado.

Me ha chirriado esta frase. Pero es del Evangelio de Marcos, es de Jesús.

En nuestra cultura, ya no se puede decir algo así tan tajante y taxativo. ¿Fuera de la Iglesia no hay salvación? Extra ecclesia nula salus? ¿Si no me bautizo seré condenado?

Hoy en día parece más bien que lo que pega es que cada uno crea lo que quiera, pero que deje a la gente en paz, tranquila con sus no-creencias. ¿Qué es eso de ir condenando a la gente por no creer? Pasaron ya los tiempos de imposiciones de la fe, del “leña al moro hasta que aprenda el catecismo”. Y pasaron afortunadamente.

Entonces, qué hacemos con este mandato de Jesús. ¿Tenemos que seguir evangelizando a la gente, por su bien? ¿Con qué derecho? Me hago para resolver esta contradicción varias preguntas.

  • ¿Qué hizo Jesús, en vida?
  • ¿Qué significa creer en este texto?
  • ¿A qué condena me arriesgo si no creo?
  • ¿Cómo actúa Dios en todo esto?

 

Voy a mezclar un poco estas preguntas en lo que diré a continuación.

Parece claro que Jesús no se impuso, no violentó a nadie para que creyera y lo hiciera a su modo. Recuerdo varios momentos en que incluso alabó la fe de gente que no creía mucho: la del romano, la de la extranjera sirio-fenicia, la de la prostituta… Igual entonces no se trata de saberse el credo y de bautizarse, de ser de tal o cual religión.

¿De qué fe habla Jesús? Pues habla de tener fe en él, confiar en él y en su propuesta. Confiar en que la vida es de los pequeños y que si te haces grande de oxidas, de los pobres, y que la riqueza no enriquece el corazón, que hay que perdonar 70 veces y entonces llega la alegría, que hay que compartir y entonces llega para todos, que hay que acercarse a la gente y entonces la gente se sana porque lo que más le dolía era el desamor…

Se trata no de una creencia sino de apostar por un estilo de vida. Y ahí sí, podríamos empezar a ver a un Jesús insistente. No impositivo, obviamente: recordad que si en un pueblo no hacían caso recomendaba quitarse el polvo de las sandalias.

Pero tampoco se limitó a poner un anuncio en facebook, o un cartel en la cartelera parroquial. Jesús llamaba, y provocaba respuestas afirmativas o negativas. No te podías quedar al margen, neutral o indiferente. O estás conmigo, o contra mí. O recoges o desparramas. O miras para adelante o miras para atrás. Hoy vuelve a la disyuntiva, o te salvas (tú solito te salvas) o te condenas (nadie te condena, pero verás que mal te funciona la chulería, o el egoísmo, o la mentira…

Y es que en la vida sí encontramos esa disyuntiva: o piensas en los demás o piensas sólo en ti. O te das, o te guardas y te pudres.  O me niegas 3 veces, o me afirmas 3 veces.

Nuestra sociedad no solo invita a no creer en Dios. Invita a no amar. Y eso es muy grave. Invita a no soñar con un mundo de hermanos (Soñemos juntos tituló Francisco su libro en que un periodista le entrevistó). Nos están cortando la capacidad de desear, de afectarnos por unos ideales de vida plena, de amor infinito. Nos invitan a castrar nuestros mejores sueños de juventud en aras del realismo de la madurez, o la tozudez del sistema inamovible, o la brevedad de una vida que hay que aprovechar pues se escapa… Ay, la increencia no es de la cabeza. Es el corazón, el que se vuelve duro y ciego. Ay de vosotros!.

En cambio el que cree. El que siente que el corazón se le dispara ante el hermano que sufre, o ante el planeta que se calienta, o ante la guerra que mata… ese sí, ese proclama lo que vive. Lo grita. Lo comparte. No: evangelizar no es imponer, ni bautizar “a traición”, evangelizar es quererte y porque te quiero te invito a mi fiesta. Porque el que cree ve una fiesta, donde otros no ven más que una carrera de obstáculos. El que cree ve una casa de hermanos y hermanas donde otros no ven más que un planeta lleno de peleas. El que cree es bienaventurado, vive salvado, y no puede dejar de contárselo a quienes quiere. Y como quiere a todos, pues a todos se lo contará.

¿Y Dios? Pues junto a él. Sí, el que cree no sólo se convierte en esforzado del Reino y contagiador de esperanzas. El que cree descansa su esfuerzo en el de alguien más grande que él, que le garantiza el sentido de su esfuerzo, y la verdad de sus visiones. Es Dios el que actúa con él, haciendo los milagros que la palabra del creyente anticipaba.

Ojo, no es que Dios haga y tú dejes de hacer. Es que Dios está ahí garantizando que el amor funciona, que los signos y milagros llegan después del amor, porque amar es acertar con la íntima ley con la que él anima el universo.

Quizá sí pueda decir aquella frase tan impronunciable. ¡Cómo dejar que aquellas personas a las que tanto quiero, se pierdan algo tan bueno!

En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once, y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán en mi nombre demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos”.

            El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

            Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban. (Mc 16, 15-20)

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