Arte, Recrear los procesos de duelo – Silvia Martínez Cano

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RECREAR LOS PROCESOS DE DUELO

Silvia Martínez Cano

http://www.silviamartinezcano.es / @silviamcano

«Mi abuela, de 84 años, llevó luto nueve años por la muerte de su madre, desde los 5 hasta los 14 años. El siguiente vestido que tuvo era negro con lunares blancos. Ni siquiera cuando murió mi abuelo se puso luto. Nos lo tiene prohibido cuando ella muera».

Estas últimas semanas hemos oído hablar frecuentemente de agotamiento pandémico. Entre los muchos elementos de ese agotamiento están presentes las pérdidas emocionales. La muerte de un padre o una madre, un hermano o hermana o un amigo o amiga puede causar un dolor muy profundo. Es frecuente escuchar entre las generaciones mayores estas experiencias sobre la forma de asumir personal y socialmente este dolor. A los que somos más jóvenes nos pueden parecer exageradas, pero tampoco parece una opción ignorarlas o prohibirlas. ¿Es importante el duelo para nosotros y nosotras? ¿Cómo sobrellevar la pérdida de un amigo cercano o un familiar en estos tiempos de pandemia? ¿Dónde está el punto medio entre un duelo impuesto y un duelo inexistente? ¿Cómo encaja ese duelo en nuestra experiencia religiosa?

La pérdida forma parte natural de la vida, se nace y se muere, pero nunca estamos del todo preparados para esa perdida, aunque la hayamos estado viniendo venir, por ejemplo, en un proceso de muerte natural por envejecimiento. La pérdida nos puede provocar un golpe emocional o cierta confusión de sentimientos. Algunos se enfadan con Dios por lo que ha sucedido, otros acuden a él a rezarle como único lugar donde agarrarse. Asumir que podemos vivir periodos de tristeza y depresión es el primer paso para equilibrar el duelo en nuestras vidas.

La esperanza cristiana de que tras la muerte Dios nos acoge en su seno y resucitamos en Él debe ir acompañada por algunos cuidados que podemos proporcionar a otras personas cuando están en situación de duelo. No hay una duración tipo del duelo, cada persona es diferente y necesita procesos propios. Ayudar a que, en ese proceso, sea largo o corto se haga presente el amor de Dios a través del acompañamiento a una persona en duelo, es la mejor manera de que se sienta cuidada. Y no nos referimos solo a decírselo verbalmente, hay personas que no necesitan esas palabras de consuelo, incluso a veces les pueden hacer daño. El acompañamiento puede darse a través de otras presencias que hemos simbolizado con un abrazo que aparece en la imagen. El lenguaje corporal quizá es uno de los acompañamientos más importantes. A veces ni siquiera es necesario tocarse, sino simplemente la presencia física, incluso a distancia, puede ayudar a la otra persona a confortarse. Algunas estrategias de acompañar en el duelo desde el amor de Dios pueden ser:

  • Preguntar cómo se está. Comenzar por las emociones y sentimientos puede ser un buen inicio para verbalizar lo que ha sucedido. Hablar de la muerte o enfermedad de otro puede aliviar la tensión interna y desbloquear el aislamiento inicial. Evita la negación de ese dolor y se comparte como una experiencia también acompañada por Dios.
  • No dar consejos moralizantes. En un proceso de duelo se experimentan emociones de muy diferente tipo: tristeza, rabia, frustración, enfado o agotamiento. Puede ser contra la persona muerta o enferma, contra otros o contra uno mismo. Verbalizarlo puede ayudar a recolocar esos sentimientos.
  • Ayudar a cuidar lo físico, acompañar en la comida, el descanso o el ejercicio de esa persona puede activar su cuerpo y desbloquear sentimientos que no terminan de progresar.
  • Recordar de diferentes maneras, con palabras, gestos o celebraciones, que Dios acompaña también en el dolor. Dios no soluciona nuestra vida, pero nunca abandona y nos hace más fuertes en nuestra debilidad.

Entender que sobrellevar un duelo también es una tarea cristiana en el presente es una buena forma de estar cerca de nuestros hermanos y hermanas. Todas las necesidades que tenemos cuando estamos viviendo ese dolor, las físicas, las relacionales y las espirituales se pueden acompañar con amor. Necesitamos expresar ese dolor, cada uno en la medida que lo necesite y necesitamos cuidar a los otros para que expresen ese dolor y se vaya transformando en aceptación. La ternura del acompañamiento es un elemento clave para hacer el proceso de duelo. La mayoría de nosotros puede superar la pérdida y continuar con su vida, alojando en ella los recuerdos y la memoria de las personas que ya no están con nosotros o haciendo memoria de los dolores vividos como una vivencia o aprendizaje que nos fortalece y nos acerca más a los otros. Por naturaleza tenemos una gran capacidad de resiliencia. Dios nos ha hecho resilientes. Sea cual sea el tiempo que necesitemos para el duelo, hacerlo acompañados por Dios a través de otras personas de la comunidad cristiana es siempre reconfortante. Nos fortalece como comunidad al integrar en ella estos procesos naturales de dolor.

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