APRENDER A MIRARSE CON ESPERANZA… CONTRA TODA ESPERANZA – Julián Muñoz Pérez – CRISMHOM

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Julián Muñoz Pérez – CRISMHOM

julian.mp@crismhom.org

Cada vez que abordo la tarea de redactar un artículo para esta sección de la revista procuro equilibrar la vivencia, la creencia y la reflexión, darle algunas pinceladas de humor y hacer una crítica constructiva —aunque certeramente mordaz— sobre las dificultades que aún supone para los cristianos LGTBIQ+ vivir la plena comunión e inclusión en la Iglesia católica romana. Pero en esta ocasión, en un número dedicado a mirarse uno/a mismo/a con esperanza, quiero decantarme por algo aún más íntimo y personal. Y, aunque ya sea un cristiano adulto (de esa edad desamparada en la que no se tiene cabida ni en los grupos juveniles ni en los de vida ascendente), lo hago desde la convicción de que lo que ha faltado y sigue faltando muchas veces en nuestras comunidades es que se escuche nuestra voz y testimonio. A menudo nos sentimos tratados como mera categoría abstracta con la que especula la teología, adjetivados —como le gusta señalar a María Luisa Berzosa— como homo/bi/trans/inter/asexuales en lugar de sustantivados como personas. Por eso quiero dar voz y poner cuerpo en esta ocasión para que, si a alguien le ayuda, se entienda el duro pero esperanzador proceso de llegar donde he llegado y de ser quien soy.

Hay números que marcan la vida de las personas. Desde el DNI que nos identifica hasta el décimo premiado en un sorteo de lotería, pasando por la nota de corte de la EBAU o el número de calzado. Muchas veces esa relación con los números es aleatoria, fruto de la constitución física, el orden de llegada, la estadística, las leyes de la oferta y la demanda, etc.

En mi caso, un número que me ha marcado profundamente ha sido el punto 2357 —y siguientes—del Catecismo de la Iglesia Católica.

Apenas publicado ese texto, empezaba yo con catorce años el instituto. Para aquel entonces ya conocía bien las diferentes sufijaciones que admite en español el lexema «maric-», aunque no terminaba de entender muy bien qué significaría en mi vida. Mis padres, buenas personas, pero hijos de su tiempo y de una cultura rural, me matricularon en un colegio religioso masculino convencidos de que allí —y si no, en la mili— harían de mí un hombre de los de verdad.

En las clases de religión estudiábamos el catecismo, y a esa edad me encontré con unas palabras muy gruesas que no hicieron sino acrecentar en mí el temor y la angustia que me producía el sentirme diferente en mis incipientes afectos y deseos. «Depravaciones graves», «intrínsecamente desordenados», «contrarios a la ley natural», «auténtica prueba». Vamos, que, sin haber comprado una papeleta, me había tocado en la rifa de la vida una situación con la que tendría que bregar por los restos sin el más mínimo atisbo de alivio o compasión. Solo se me prometía, en el mejor de los casos, poder acercarme «gradual y resueltamente a la perfección cristiana». Por algún motivo, mis compañeros de clase y mis amigos heterosexuales, que por aquel entonces se vanagloriaban de sus hazañas sexuales, no tenían sobre sí esa carga. Lo suyo era natural y ordenado; bastaba esperar un poco, encontrar a la mujer adecuada, casarse y todo en regla. Lo que hicieran hasta llegar allí podría ser más o menos reprobable, pero se podía bromear sobre ello a voces en los vestuarios, en las gasolineras o en los bares. Yo, en cambio, tenía una prueba que me hacía caminar en silencio por un estrecho desfiladero en el que el más mínimo tropiezo me deslizaría irremisiblemente hacia el séptimo infierno dantiano.

«¡Cuando llamo, respóndeme, Dios mi defensor!» (Sal 4,2)

Los años de adolescencia y juventud fueron para mí de auténtica angustia y depresión. Por un lado, me vi obligado a encarnar un personaje que me permitiera sobrevivir en un entorno hostil. Cambiar la dicción, los gestos, las posturas, la ropa, decir palabrotas a tiempo y a destiempo, aprender a jugar al mus, y, lo más doloroso, tontear con chicas delante de mis amigos. Era realmente agotador tener que aparentar ser quien uno no es, y me consumía de tristeza y de rabia, y a veces hasta de celos al ver cómo ellos sí conseguían satisfacer sus afectos. Para mí todo aquello fue una oportunidad de crecimiento perdida, y creo que eso es lo que muchos adolescentes y jóvenes LGTBIQ+ siguen echando de menos: poder desarrollarse afectivamente a la par que sus coetáneos.

Por otro lado, y esto era tal vez peor, la batalla espiritual. No podía creer que el Dios Padre misericordioso y amoroso de mi infancia se hubiera vuelto un juez inflexible que estaba perpetuamente pendiente de mi «pesada carga» y de si estaba haciendo todo lo posible por acercarme a la «perfección cristiana». El único condicionante que me exigía taxativamente era la castidad. Mi vida cristiana tenía que cambiar el eje de buscar el Reino de Dios a hacerme casto. Y eso, para un adolescente, es peor que un dolor de muelas.

Acudir al sacramento de la penitencia era realmente un suplicio. Recuerdo que en una confesión un sacerdote me dijo que mi alma estaba podrida y que ya podía andarme con mucho ojo, porque tenía sobre mí las garras del mismo Satanás. Yo salí de aquel confesionario a punto del infarto, con unas ganas tremendas de llorar y de buscar un modo de acabar con todo ello. Y lo encontré: una visión fundamentalista de la fe me daba las seguridades y las certezas que yo, por mí mismo, nunca iba a conseguir.

Mortificación, sacrificio, meditación, devociones, examen de conciencia… Aplacar la ira del Dios omnipotente, juez de vivos y muertos, quien según mi imaginación estaba grabando un documental sobre mi vida para proyectarlo el día del juicio final ante todo bicho viviente. Y eso te vuelve intransigente, orgulloso, te hace sentir superior, te vuelca en la forma del rito, en la liturgia formulaica. Una verdadera tumba blanqueada.

Así pasé varios años de mi vida, en una mentira poliédrica sobre quién era y en qué creía.

«Rompiste mis cadenas» (Sal 116,16)

Fue al acabar mis estudios universitarios cuando me di cuenta de que no podía seguir así. Tuve la suerte de que cayera en mis manos un librito de quien, años después, acabara siendo un verdadero consejero espiritual: Jesús Sastre. El libro se llamaba A vueltas con el sexo y en unas pocas páginas leía, por primera vez, unas palabras de ánimo y de sosiego para las personas LGTBIQ+. De ese mismo libro salté a la lectura del que fue el verdadero detonante del cambio: En tránsito del infierno a la vida. La experiencia de un homosexual cristiano, del fallecido Juan Ruiz. Cuando leí aquellas páginas, como a Pablo en Damasco, se me cayeron las escamas de los ojos. Ya había tocado fondo. Solo me quedaba volver a emerger. Y por fin entendía que ni era único ni estaba solo.

Una tarde de verano escribí un correo electrónico a la web de Eclesalia contando con pelos y señales quién era y las dudas que tenía. Apenas unas horas después recibí una respuesta. De nuevo, una llamada a la calma y el contacto de un sacerdote, Deme, que me podría acompañar. Con Deme di los primeros pasos, las primeras conversaciones. Pero como él vivía en Valencia, me pasó el teléfono de un sacerdote en Madrid con el que podría tener un contacto más directo.

Aún conservo el post it en que apunté el encuentro: «Carlos. Lunes 19h. Metro Buenos Aires».

Aquella tarde de julio, sentados en un banco del madrileño parque de las Siete Tetas —¡con mi instituto a mis espaldas! —, me desnudé completamente delante de Carlos. Como el salmista, lloré, protesté, me lamenté, imploré, pregunté. Y Carlos me dijo las palabras más cariñosas que jamás había escuchado. Fue el inicio de un viaje irreversible. Ya no podía sino mirar hacia adelante.

Salí del armario con mis padres, con mis amigos, en la parroquia, me acerqué a la comunidad de CRISMHOM, empecé a conocer a otras personas LGTBIQ+ de España y del extranjero y me di cuenta de que en ellas tenía a mis semejantes, a las personas que necesitan la Buena Noticia de saberse queridos por Dios. Ya no me aterroriza leer el 2357, porque he escuchado y leído lo que biblistas, moralistas y pastoralistas dicen sobre lo que allí está escrito, y porque Francisco y León XIV han puesto de nuevo a las personas por encima de las doctrinas.

Y, lo más importante, llevo ya doce años con José, que es mi pareja de hecho, con la que este noviembre celebraré un nuevo aniversario. Juntos hemos aprendido a cuidarnos, a esforzarnos el uno por el otro, a entender que la castidad no es abstinencia sino la renuncia al control egoísta sobre el otro (¡y esto lo dijo Francisco!), a acompañarnos en el duelo por la muerte de nuestros padres, a hacer un hogar que es casa que acoge, a orar juntos desde la diferencia de credos.

Ahora puedo decir, como la Magdalena del musical 33 (mi querida María Virumbrales), que «hoy sé que ya me quiero, hoy sé que voz ya tengo». Y solo deseo que estas páginas sean luz para quienes puedan estar atravesando un período de oscuridad que les haya hecho perder toda esperanza. Hermanas, hermanos, ¡no estáis solas/os! Dios es vuestro Padre, Cristo os amó primero y ha dado la vida por vosotras/os, y el Espíritu quiere guiaros en el camino de la santidad. Tened esperanza y no dejéis que nada ni nadie os la robe. Y si lo necesitáis, acudid a una de las comunidades LGTBIQ+ que hay en España (CRISMHOM, ACGIL, ICHTHYS, Betania, Miradas, Centro Arrupe…) para que os ayuden a crecer y a que vuestra lámpara se mantenga encendida.