Anunciar el evangelio desde la comunidad – Julián Goñi y Bea Irujo

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“En esto conocerán que sois mis discípulos: en que os amáis unos a los otros” (Juan 13, 35).
En su Última Cena, Jesús nos propone el criterio fundamental para nuestra identidad personal y comunitaria: el amor. Hacia el año 197, Tertuliano escribía Apologeticum, su obra más conocida, donde defendía el cristianismo de las críticas y ataques de los no creyentes. En ella hay una frase que ha venido a ser el sello del cristianismo auténtico: “Esta demostración de grande amor lo notan con murmuración algunos. Dicen: “Mirad cómo se aman: se admiran porque ellos se aborrecen. Mirad cómo cada uno está dispuesto a morir gustosamente por el otro: lo extrañan porque ellos más dispuestos están para matarse” (Apologeticum, XXXIX). Una y mil veces hemos de revisar cómo es nuestro amor.

Recordando
“Hermanos ambicionad los carismas cristianos. Y aún os voy a mostrar un camino mejor. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podía tener el don de la predicación y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener una fe como para mover montañas; si no tengo amor yo no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no suprime, ni se engríe; no es maleducado, ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca.” (1 Cor 12,31-13,8) Las comunidades somos ante todo seguidores de Jesús. Como tales, nos sentimos convocados y enviados por el Espíritu a cumplir una misión: trabajar por el Reino y hacer suyo el mandamiento del amor: “Os doy un mandamiento nuevo que os améis…”. (Jn 15, 12)
La vida cristiana no solo consiste en oración y en acción, sino en descubrir el amor en cada uno y hacer de él impulso de nuestro día a día. Y el criterio decisivo del amor está en salir de sí mismo, situándose en el otro. Igual que hizo Jesús, ese amor trataremos de manifestarlo en “signos” que serán nuestra “seña de identidad”… “por lo que conocerán que sois mis discípulos”.
AMOR CRISTIANO
La mayor novedad que nos trae Jesús es la nueva visión que nos da: el Reino de Dios está ya entre nosotros y se sustenta en un Dios que es Padre de todos y, por serlo, nos hace a todos hermanos, miembros de una misma familia que tenemos que hacer real en nuestro mundo. Esta es la gran tarea de los cristianos.
La estrategia, para esta tarea, que nos ofrece Jesús es la comunidad. Un grupo de personas que pretende hacer en su interior esa fraternidad y que trata de llevar hacia fuera la Buena Noticia de Jesús.
Partiendo de la necesidad de ser fiel al Padre, punto fundamental en el que basamos nuestro amor, vemos que la mejor manera de realizarlo es amando al prójimo y amarlo con obras y actitudes. (Mt 5, 1-12; Bienaventuranzas) .
El amor como entrega y como compromiso: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” ( Jn 15,13 ). La máxima expresión del amor a Dios y a los demás es la entrega total. Quienes seguimos a Jesús estamos llamados a entregar nuestra vida como El lo hizo. “Que el amor os tenga al servicio de los demás” (Gal 5,13). El amor cristiano supone de este modo un compromiso radical con el prójimo, sobre todo con quien mejor representa al mismo Jesús: las personas humildes, hambrientas, desnudas, extranjeras, presas y enfermas. (Mt 25,31-46)
El amor liberador: Cada una de las personas que componemos la comunidad partimos de una mínima aceptación y cariño hacia nosotros mismos, y como nos “gustamos lo suficiente”, queremos creer en otras personas. Supone, por tanto, el apreciarme como persona, sin caer en el narcisismo y en la vanidad.
La expresión total del amor viene representada por la construcción del reino de Dios. La construcción del reino implica la liberación de todas las opresiones a las que son sometidas personas y pueblos. La dimensión social y política del amor cristiano pasa por entrar en conflicto con todos aquellos poderes que nieguen el amor y la posibilidad de hacer realidad “un cielo nuevo y una tierra nueva”. El amor nos ha de llevar al trabajo por la justicia, la paz y la libertad. Y el amor ha de alumbrar también los caminos, y las formas de lucha y compromiso, que tenemos en dicha labor.
AMOR EN LA COMUNIDAD

a) Fraternidad
En nuestro proceso de conocer a Dios hemos ido descubriendo un Dios que es padre nuestro y de todos los hombres. Esto nos hace sentirnos hermanos, aceptando al hermano tal y como es, buscando siempre su crecimiento y maduración personal. Los miembros de la comunidad se sienten y comportan como hermanos, al estilo de Jesús.
Pero existe el peligro de considerar que la fraternidad entre los hombres supone simplemente una convivencia pacífica, en la que no hay lugar a posibles conflictos. Si buscamos la verdadera fraternidad, si realmente amamos al otro, le exigimos por su propio bien, y dejamos que nos interpele cuando nosotros mismos nos apartamos de nuestro camino. Por ello la fraternidad tiene un componente de exigencia: la CORRECCIÓN FRATERNA nace de la tensión entre esa exigencia y el cariño entre hermanos.
La corrección fraterna dentro de la comunidad, al igual que ocurre con el compartir, surge a partir de la existencia de un ambiente de confianza entre sus miembros, que permita que aparezca de forma espontánea. Pero para que sea así también requiere un trabajo y un esfuerzo continuado, una actitud de estar dispuesto a ser corregido y de “atreverse a corregir”, de comprensión hacia el otro, sin que ello signifique justificación automática de todas sus acciones. Un elemento importante es, además, la corrección mediante el propio ejemplo. Por lo tanto se trata de establecer un clima de apertura y confianza, asumiendo el hecho de que en muchas ocasiones se crearán CONFLICTOS, y convenciéndonos de que estos no son un bien ni un mal en sí mismos, sino que bien encauzados, si se afrontan y no se rehúyen, enriquecen la vida comunitaria y a cada una de las personas que forman parte de esa comunidad. No hay que tener miedo a salirse de la norma, a pensar diferente de lo que otros piensan, a exponer las propias ideas aunque se sepa que ello va a dar lugar a discusiones y conflictos; la comunidad está compuesta de personas que son diferentes entre sí y no es bueno que no se hable por miedo al conflicto, ya que lo que no resultaría normal sería que todos estuviésemos de acuerdo en todo. Es necesario por ello el establecimiento de una actitud de DIÁLOGO que permita a cada uno expresar lo que piensa sin temor a no coincidir en su postura con los demás. El diálogo es el único camino para construir una comunidad plenamente realizada sobre el amor de sus miembros. Su objetivo es el conocimiento mutuo y la revisión conjunta. En cuanto a sus características, es en primer lugar sencillo y respetuoso; además ha de basarse en la sinceridad, ser acogedor, inteligente, humilde, oportuno. Es el diálogo que reúne estos requisitos el medio más adecuado para la resolución de los conflictos, en lugar de callar y evitar posibles manifestaciones de posturas discordantes, aunque esto se haga con el fin de no provocar tensiones.
Es conveniente, de cara al conocimiento mutuo y a la profundización de la relación entre los miembros de la comunidad, que ésta se convierta en un centro de diálogo. Es necesario que este se produzca como resultado de la reflexión personal y comunitaria, aparte de los momentos en que pueda tener lugar el diálogo más informal.

b) Compartir
El amor hacia los demás nos lleva necesariamente a compartir lo que somos y lo que tenemos con ellos: es lo que Jesús le exigió al joven rico. Dentro de la comunidad se puede compartir, además del tiempo o el dinero, las decisiones y la vida. La persona que pertenece a una comunidad está dispuesta a darse, a contar, a estar atento a las necesidades del otro, a escuchar…
Pero se tiende a que el compartir sea cada vez más amplio y se crean cauces para ello. Además de compartir situaciones, pensamientos, sentimientos (compartir nuestras debilidades y dificultades es mayor estímulo para los demás que compartir los éxitos), se favorece la existencia de espacios en los que se haga posible compartir las decisiones y la vida de cada uno. Uno de ellos es el de revisión de los proyectos personales, pero conviene que ese compartir sea algo natural, continuado, fluido, que tenga lugar de la forma más natural posible.
Todo ello requiere estar abierto al otro, una disposición que al principio será necesario trabajar, eliminando los límites que podemos poner al compartir con los miembros de nuestra comunidad, especialmente en lo que a las decisiones se refiere.
b) Perdón
La confianza en el otro hasta la ingenuidad, la sinceridad con nuestros sentimientos, los cauces de reconciliación, son medios de la comunidad para facilitar el camino hacia el perdón.
El perdón supone un doble esfuerzo: por un lado el de perdonar al hermano, sin límite, y por otro el de pedir el perdón del otro.
Es una de las formas más claras de manifestación del amor y su necesidad se revela especialmente en los momentos críticos, en los que cuesta más dar ese paso que significa perdonar. El perdón verdadero requiere un diálogo marcado por las características que hemos apuntado antes, y él mismo ha de ser también sincero, acogedor, etc. Parte a su vez de la aceptación de la diversidad y por lo tanto de la posibilidad de que surjan los conflictos.
Perdonar de verdad es también rezar por el otro, desearle sinceramente el bien, y ejercitar la corrección fraterna. Por ello el perdón lleva implícito un cambio de actitud para el que es perdonado y para el que perdona. d) Vida cotidiana
El amor se concreta en la vida de las personas cristianas en sus comunidades a través de actitudes y gestos que impregnan todos sus ámbitos. Ofrecemos ahora algunas pistas al respecto:
La comunidad ofrece un lugar humano de encuentro y distensión, donde encontrar espacios de gratuidad, de alegría, de fraternidad y fiesta.
La necesidad de amar y sentirse amado, es uno de los fundamentos de todo colectivo humano y, como tal, uno de los factores a cuidar con insistencia.
Posibilitar la expresión de ese amor, la vivencia de unas relaciones interpersonales y de una afectividad positiva y enriquecedora.
Huye de comportamientos egoístas, no sinceros, de los celos, de la marginación y exclusión de la vida comunitaria de algún miembro, de la agresividad, de la incomprensión o el rechazo,…
La existencia de este amor no se confunde con la ausencia de tensiones y conflictos. El amor está presente en la resolución de esos problemas., de manera que las crisis se puedan convertir en factor de crecimiento, de progreso, y no de atasco en el desarrollo comunitario.
Una comunidad que nace y vive del amor, y se basa en la experiencia de la hermandad, no necesita de mayor autoridad que la que proviene del servicio y amor mutuo entre todos sus miembros.
La comunidad empieza a nacer cuando se ama y acepta a los otros tal y como son, con sus luces y sombras, cuando se sabe escuchar, cuando se ayuda a discernir, cuando se está bien atento a las necesidades del otro, cuando potencia la ternura y deja que los sentimientos afloren más a menudo. La comunidad hoy es un hogar y un taller. Un hogar, en su interior, donde se vive ya esa realidad del Reino, al calor de la presencia de Jesús que está en su centro, donde las relaciones que se mantienen son fraternales y los valores que se viven son los del Evangelio. Un taller, donde se experimenta y se construye en pequeña escala el modelo de Reino que se pretende para todos, donde se verifica que es ya posible hacer presentes signos del Reino.
AMOR DE LA COMUNIDAD HACIA EL EXTERIOR
La actitud de servicio supone la expresión de ese amor que se vive en la comunidad y que se hace real en el mundo. Aquí es donde se recupera el sentido de lo que hacemos en la comunidad. De nada sirven nuestros esfuerzos, si cada uno de los miembros comunitarios no somos capaces de exportar esa felicidad y ese amor a las distintas realidades de nuestras vidas, de construirlo en lo externo a la comunidad.
La comunidad da testimonio real de un nuevo estilo de vida, donde el amor es un factor clave, y todo ello, dando gracias al Padre en nuestras oraciones porque nos ha elegido mensajeros de ese amor. Por otro lado, el amor nos permite combatir la injusticia con eficacia, pero siempre sin olvidar que el amor tiene un valor en sí mismo y es transformador solo por el hecho de ser amor. Asimismo, este amor no es neutral, también tiene sus preferidos. Por eso, para la comunidad cristiana, el grupo preferido para derrochar amor, es el de los desventurados, porque ellos son también los preferidos de Dios. Esta opción por los más necesitados, supone el convivir con esta gente, sintiéndonos hermanos, sufriendo y alegrándonos con ellos. En este sentido, esto nos cuestionamos el lugar físico de inserción de la comunidad. En definitiva, el amor impulsa a la comunidad a un compromiso transformador, a un trabajar por el Reino, a una labor de construcción de Iglesia. El amor es alma de todo lo que vayamos diciendo de las comunidades. Ha sido el amor quien nos ha convocado y la misión central es hacer presente ese amor en el interior de nuestra comunidad y en nuestro mundo. Así, los rasgos de pertenencia son valorados no desde el juicio estricto, sino desde el amor y en orden al crecimiento del amor. La vocación a la que nos ha llamado el amor es a concretar ese amor desde mis posibilidades y a seguir creciendo siempre en él. La misión es amar e implantar el reino de amor en la tierra. Y la estructura y organización está basada y presidida por el amor.

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