Iñaki Otano
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado, La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”. (Jn 13, 31-33a. 34-35)
Reflexión:
Jesús dice a sus seguidores: hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. En otras ocasiones, Jesús ha prometido que estará con nosotros para siempre. Entonces ¿el Señor se ha ido o permanece con nosotros?
Cuando queremos a una persona y la distancia o la separación forzosa o la muerte nos alejan físicamente de ella, la hacemos presente en cierto modo con el recuerdo y también evocando gestos significativos de su vida. Pensamos y a veces decimos: “en esta circunstancia, a él o ella le gustaría hacer así; si él o ella estuviera ahora presente obraría de esta manera”.
A Jesús no podemos abrazarle, escuchar su voz, ver su rostro, comprobar sus reacciones. Pero él puede hacerse presente, se hace presente entre nosotros. Y el gesto más significativo, el que mejor evoca y realiza su presencia, el gesto que él mismo ha querido que sea la expresión mejor y más viva de su persona, es éste: que os améis unos a otros, como yo os he amado.
Pero hay una gran diferencia entre la evocación que hacemos de una persona ausente y la evocación de Jesús. En el caso de la persona querida es solo un recuerdo, aunque sea un recuerdo entrañable e inolvidable. En el caso de Jesús, cuando lo evocamos con el gesto del amor mutuo, lo hacemos presente misteriosa pero realmente.
Jesús está realmente presente en el hombre y la mujer que amamos, y ese Jesús, que estaba escondido, se hace ver mediante nuestro amor. Tantas personas serían felices si supieran que alguien piensa en ellas, que alguien las tiene en su corazón, pero no están seguras de ello,
El amor que nos tiene otra persona despierta en nosotros alegría. Es la alegría sentida porque alguien nos recuerda y nos ama. Dios piensa en nosotros y nos ama, y se hace presente en el amor de unos a otros.
Cuando Juan, el discípulo amado, ha querido mostrarnos cómo es Dios, lo ha dicho muy simplemente: Dios es amor. Dios está presente en el amor de los esposos, tanto en los momentos exultantes como de sacrificio, en la alegría del encuentro y en la pena sentida de la separación; en el amor de la familia que comparte gozos y sufrimientos; en el amor de los seres humanos que acuden en ayuda de los que son visitados por la miseria, la enfermedad, la injusticia, la soledad, la desgracia; en el amor de los creyentes reunidos para alabar a Dios con la oración y servir a los hombres con obras de caridad. En todos esos casos, Jesús está presente no solo en el recuerdo sino en realidad..
Este es el significado profundo de la Eucaristía, memorial de la entrega amorosa de Jesús, que él quiere que nosotros celebremos “en conmemoración suya”. San Cipriano, en el siglo III, decía a una señora rica que iba a la Eucaristía pero no tenía en cuenta a los necesitados: “Tus ojos no ven al necesitado porque están oscurecidos y cubiertos por una noche densa”.







