Adviento 4º dom, El Señor está contigo – Iñaki Otano

Las primeras palabras que el Señor dirige a María son una llamada gozosa a confiar: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Este anuncio a la primera creyente, a la primera cristiana, nos llena también a nosotros de confianza: no estamos solos: alegrémonos, el Señor nos ama, está siempre con nosotros.

            Esto no se comprende de buenas a primeras. María, al primer momento, se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquel. La confianza en Dios no le evitaba el miedo ante lo inesperado y lo desconocido.

            Pero el ángel, mensajero de Dios, insiste: No temas. María recibe una misión que parece sobrepasar sus fuerzas. Ha sentido el miedo que nosotros sentimos ante lo desconocido. Por eso, sin perder la confianza, razona. La objeción que pone María es un acto de honestidad y de sentido común: ¿Cómo será eso, pues no conozco a varón? María no quiere engañarse a sí misma y expone lealmente la dificultad que ve.

            Por otra parte, aunque el futuro no aparezca claro y preciso en todas sus concreciones, se fía de Dios y responde que sí: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

            Este de María a Dios y a la vida ilumina el sentido de nuestras decisiones, tanto las acertadas como las desacertadas.

            En las equivocaciones, confiar a Dios nuestro presente y nuestro futuro significa que siempre hay la posibilidad de rehacerse: para Dios nada hay imposible.  Siempre puede ser el tiempo oportuno para esa reorientación.

            No se tratará de hacer ahora lo que no hicimos en su momento, porque ahora las circunstancias pueden ser distintas. Más bien tenemos que ponernos hoy, en nuestra situación actual, en la disposición de vivir en obediencia a Dios, con nuestras limitaciones y posibilidades reales. No hay que ponerse a soñar lo que deberíamos haber hecho sino procurar hacer lo que podemos ahora.

            Decir con María Hágase en mí según tu palabra es expresar nuestro deseo de orientar la vida según la voluntad de Dios.

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando a su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres”. Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.

Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible”. María contestó: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.  (Lc 1, 26-38)

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