Adviento 4C, Ponerse en camino – Iñaki Otano

Estamos ya a las puertas de la Navidad, y el evangelio nos presenta a María esperando y, al mismo tiempo, en camino. La espera de María no es una espera ociosa y centrada en sí misma sino que está también atenta a quien puede necesitar de ella. En concreto, su prima Isabel, ya mayor, con probables dificultades de embarazo, va a necesitar de su compañía, de su aliento, de su ayuda. María no tiene inconveniente en recorrer muchos kilómetros, con Jesús en su seno, para visitar a Isabel.

            Dice el evangelio que María se puso en camino y fue aprisa a casa de Isabel. No lo deja para más tarde. A menudo, aplazar las cosas no hace más que dejarnos clavada una espina y como un malestar por no resolver lo que continuamente se presenta a nuestra conciencia como una preocupación no resuelta. Por tanto, no dejar para más adelante el servicio y la ayuda que podemos prestar a la persona necesitada; no dejar para más adelante eso que nos queda pendiente en nuestra relación con los demás.

 A veces es bueno dar tiempo al tiempo, pero hay ocasiones en que un aplazamiento es cobardía disfrazada de “sueños de bien”, pero sin efectividad práctica. Los aplazamientos, los retrasos injustificados nos desgastan, nos marchitan por dentro, nos exponen a una insatisfacción permanente.

María ha dado el paso, y el efecto inmediato es la alegría que siembra. Isabel siente que, al saludo de María, el niño que lleva en su vientre ha saltado de alegría. María, con Jesús dentro, produce alegría allá donde va solo con su presencia. Tenemos que hacer lo posible para que nuestra presencia sea una bendición para los demás: no estamos llamados a condenar sino a animar, a dar esperanza, a producir alegría. Alegrarnos de ver felices a los demás.

            Isabel, en realidad, descubre el secreto de la felicidad contagiosa de María: Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Porque ha confiado plenamente en el Señor, es feliz. Su confianza en el Señor le dará fuerzas para afrontar las dificultades de la vida y para echar una mano a quien le necesite.

            No se puede vivir sin confiar en alguien. Quien desconfía de todo y de todos, incluido Dios, es tremendamente infeliz. Confiar en Dios nos trae paz. María ha encontrado su razón de vivir en la confianza en el Señor. Su posición es mucho más segura que la de los poderosos de la tierra, que solo piensan en acumular para sí. La confianza en el Señor ha llevado a María a vivir desprendida y generosa.

            Ponernos en camino, sembrar alegría y confiar en el Señor. He ahí la propuesta de María.

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. (Lc 1, 39-45)

 

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