Adviento 3º dom, La alegría del Evangelio – Juan Carlos de la Riva

El tercer domingo del Adviento tiene un nombre, domingo de “gaudete”, una invitación, o más bien exhortación y mandato, a estar alegre. Podríamos decir que en cristiano la alegría es obligatoria.

Pero… ¿cómo, en tiempos de pandemia, de crisis económica, de duelos y muertes, de cierres y fiestas suspendidas? Pues sí. Alegres ahí.

Pablo, que es quien nos impone ese mandato, nos da la clave de esa alegría: el que nos ha llamado es fiel, y cumplirá sus promesas. Y las promesas de Dios eran ni más ni menos que la Vida, la Justicia, la Paz, la Fraternidad. Son promesas que llevamos grabadas en el corazón: son nuestros deseos y anhelos más profundos y auténticos.

Así que hoy nos toca preguntarnos cómo andamos de alegría. O de luz.

En el Evangelio se nos habla de la luz. Nos dice Juan que él no es la luz, sino testigo de la luz. La alegría no brota de nosotros mismos: nos la regala Jesús.

Para Francisco, difícilmente podrán ser testigos de la luz los resentidos, quejosos y sin vida. No es propia del cristiano la permanente cara de funeral ni la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Tampoco le parece que debamos desarrollar la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo.

Navidad es una Buena Noticia y significa alegría. Desmitificarla será entonces desmitificar nuestra idea de la alegría.

Cuando en el siglo XXV alguna mujer cuente esta historia a su niño, puede ser que el pequeño le pregunte: “Mamá, ¿y por qué no vieron la estrella los habitantes de la capital?”. “Porque la iluminación de sus calles se lo impedía, hijo”.

En el ser humano caben dos formas de alegría: una alegría de la posesividad y el consumo que ensordece todo lo demás, y que necesita estar constantemente echando combustible en sus calderas, porque se apaga enseguida. Es una alegría excluyente. Hay otra alegría que empieza parcialmente por los de más abajo, porque sólo así puede llegar a todos. Precisamente porque comienza desde los de más abajo no puede ser alegría de posesión, ni de consumo, sino alegría de esperanza. Los que hemos tenido la suerte de convivir entre los más pobres de la tierra lo hemos sabido bien.

Desde esta segunda alegría, lo que se encuentra no es un premio de lotería, ni un coche, ni un equipo informático: es sencillamente un niño. Los relatos evangélicos lo repiten: “Ésta es la señal: encontraréis un niño”. “Y hallaron un niño”. El niño es absoluta debilidad, pero también absoluta promesa: por eso en fuente de tantas sonrisas. De sonrisas no excluyentes y más gratificantes que las del loco consumo.

Fijémonos en qué le pone contento y alegre al propio Jesús. Nos lo leyó él mismo cuando buscó a Isaías entre los rollos que quiso comentar a su asamblea de sábado: Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas.

La última frase de las lecturas de hoy que quiero comentar es esta de Juan: Con vosotros está y no le conocéis. Me recuerda aquella antigua canción que tanto me impresionaba. Con vosotros está, su nombre es el Señor.

Su nombre es el Señor y pasa hambre,

clama por la boca del hambriento,

y muchos que lo ven pasan de largo

a caso por llegar temprano al templo.

LA ALEGRIA DEL EVANGELIO

 

Con Jesús nace, y renace, la alegría,

no dejéis que nadie os quite la ilusión,

 no dejéis que nadie os robe la esperanza,

no dejéis que nadie mate el corazón.

 

LA ALEGRIA DEL EVANGELIO,

RIEGA EL MUNDO CON SU AMOR,

BUENA NOTICIA QUE DA VIDA;

LLENA TU VIDA DE DIOS, LLENA TU VIDA DE DIOS.

 

Primavera de una Iglesia que confía

en el que hizo todo nuevo por Amor,

que se mancha y crece cerca del que es pobre,

¡casa abierta, pueblo, hermanos, y canción!

 

LA ALEGRIA DEL EVANGELIO,

RIEGA EL MUNDO CON SU AMOR,

BUENA NOTICIA QUE DA VIDA;

LLENA TU VIDA DE DIOS, LLENA TU VIDA DE DIOS.

 

La ternura y el cariño de María

nos empuja y nos anima en la misión:

anunciar el Reino que ya está naciendo,

confesar que Jesucristo es el Señor.

 

LA ALEGRIA DEL EVANGELIO,

RIEGA EL MUNDO CON SU AMOR,

BUENA NOTICIA QUE DA VIDA;

LLENA TU VIDA DE DIOS, LLENA TU VIDA DE DIOS.

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (61,1-2a.10-11):

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos.

Palabra de Dios

 

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (5,16-24):

Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,6-8.19-28):

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»
Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»
Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»
El dijo: «No lo soy.»
«¿Eres tú el Profeta?»
Respondió: «No.»
Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Palabra del Señor

 

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