ADOLESCENCIA – Francisco

Francisco, Dios es joven, Planeta, Barcelona 2018

La adolescencia es probablemente la etapa más importante de la existencia.

La adolescencia marca el primer contacto verdadero y consciente con la identidad y representa una fase de transición en la vida no sólo en la persona concreta sino en toda su familia. Es una fase intermedia, “a caballo”. Por esta razón, los adolescentes no son ni de aquí ni de allí, están en el camino, de viaje, en movimiento. No son niños –y no quieren ser tratados como tales-, pero tampoco son adultos –y sin embargo quieren ser tratados como tales, especialmente por lo que respecta a los privilegios-. En consecuencia, probablemente se puede decir que la adolescencia es una tensión, una inevitable tensión introspectiva del joven. Pero al mismo tiempo es tan fuerte que logra afectar a toda la familia (quizás es precisamente eso lo que la hace tan importante).

Es la primera revolución del joven hombre y de la joven mujer, la primera transformación de la vida, la que te cambia tanto que a menudo trastorna también las amistades, los amores, la cotidianidad. Cuando se es adolescente, la palabra mañana difícilmente se puede usar con certeza. Probablemente, incuso cuando somos adultos tendríamos que ser más cautos a la hora de pronunciar la palabra mañana, sobre todo en este momento histórico; nunca se es tan consciente del instante y de la importancia que este reviste como cuando se es adolescente. Para el adolescente el instante es un mundo que puede trastornar también toda la vida; probablemente, en esta fase de la vida se piensa mucho más en el presente que durante todo el resto de la existencia.

Los adolescentes buscan la confrontación, preguntan, lo discuten todo, buscan respuestas. Debo destacar lo importante que es este discutirlo todo. Los adolescentes están ansiosos por aprender, por salir adelante y ser independientes, y es en este período cuando los adultos deben ser más comprensivos que nunca e intentar mostrarles el camino correcto con su propio comportamiento, sin pretender enseñarles solo con palabras.

Los chicos pasan a través de estados de ánimo distintos, a menudo repentinos, y las familias con ellos. Es una fase que presenta riesgos, sin duda, pero sobre todo es una etapa de crecimiento, para ellos y para toda la familia.

La adolescencia no es una patología y no podemos afrontarla como si lo fuera. Un hijo que vive bien su propia adolescencia –por difícil que pueda resultarles a los padres- es un hijo con futuro y esperanza. A menudo me preocupa la tendencia actual a “medicalizar” precozmente a nuestros chicos. Parece que se quiera resolver cualquier cosa medicalizando, controlándolo todo y siguiendo el eslogan “disfrutar del tiempo al máximo”; y así, la agenda de los chicos se vuelve peor que la de un gran líder. Insisto: la adolescencia no es una patología que debamos combatir; forma parte del crecimiento normal, es natural en la vida de nuestros chicos.

Donde hay vida hay movimiento, donde hay movimiento hay cambios, búsqueda, incertidumbre, hay esperanza, hay alegría, y también angustia y desolación.