ACOMPAÑAR A QUIENES ACOMPAÑAN – Oscar Alonso

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Recuerdo que hace años en esta misma publicación escribí, hablando del acompañamiento pastoral a los jóvenes, lo siguiente: «La Pastoral Juvenil vive un momento apasionante y delicado, cargado de retos en lo referente a la convocatoria, a los itinerarios, a la desembocadura… vamos, a todo lo que concierne a los jóvenes y al trabajo pastoral con ellos. Y el momento que vivimos es apasionante y delicado porque así es también la vida y todo lo que en ella merece la pena».

No me desdigo de lo dicho. Es más, lo subrayo si cabe más para seguir reivindicando que la pastoral con los jóvenes es fundamental para la Iglesia, para nuestras comunidades cristianas, para nuestras escuelas católicas y para todo ese mundo de la animación pastoral en el que adolescentes y jóvenes hacen sus pinitos como cristianos y ponen las bases a lo que será la razón más importante de su vida: la experiencia personal y comunitaria del Señor Jesús.

Y en todos los grupos de catequesis, de crecimiento en la fe, de discernimiento, de oración continua, de reflexión y proyección de la propia vida, etc. y en todas las convivencias, encuentros, campamentos, retiros, propuestas de pastoral juvenil y demás iniciativas pastorales me sigo encontrando con una realidad preciosa, viva, desbordante de alegría, de ganas y de esperanzas, pero también muy necesitada, quizás más que nunca, de procesos, de discernimiento y de acompañamiento. Pero no solo hablo de los destinatarios de todas esas propuestas. Hablo, de modo específico, de los que acompañan dichas iniciativas.

La pregunta que me hago desde hace tiempo es quién acompaña a quienes acompañan a los adolescentes y a los jóvenes. Recuerdo que, con apenas 17 años, unos meses después de haber recibido el sacramento de la Confirmación, me propusieron ser catequista de Confirmación. Y acepté. Mis catecúmenos tenían apenas uno o dos años menos que yo. Con el paso del tiempo uno descubre la presencia del Espíritu en la vida de la Iglesia, en las palabras que uno dirige y en las dinámicas que con tanto cariño y tan poco fundamento preparaba junto a otros catequistas para aquellos valientes discípulos. Pero con el tiempo uno también descubre que sin acompañantes de calidad la propia vida de fe, la experiencia personal del Señor Jesús, el discernimiento vocacional, la vida de oración, el contacto asiduo con la Palabra, el compromiso vital por la justicia y muchos otros aspectos de la experiencia creyente terminan por resentirse, por vivir de las rentas o de la inercia, hasta el punto, incluso, de desaparecer del todo.

La vida de nuestras comunidades cristianas y de nuestros grupos, pero de manera particular de los responsables de acompañar la vida de los grupos, habla de la necesidad de acompañar y ser acompañados, quizás como la herramienta (mediación y ministerio) más necesaria de cara a la Pastoral Juvenil del futuro y al futuro de la Pastoral Juvenil, no solo pensando en los destinatarios de la evangelización como en los evangelizadores. Necesitamos compañeros, acompañados y acompañantes. Necesitamos acompañar a quienes acompañan.

Cuando uno se asoma a la vida de la comunidad cristiana de la que forma parte y lo hace con una mirada distinta, es decir, lo hace intentando escrutar lo que está por debajo de todo aquello que se celebra, se propone, se programa, etc.; una de las cuestiones que salta a la vista es que se trabaja mucho, se promueven muchas acciones, pero a veces parece que no se sabe muy bien a dónde se quiere ir a parar. A mi entender, una de las cosas más evidentes es que las comunidades cristianas y las comunidades juveniles también están necesitadas de procesos de acompañamiento. Y, por tanto, de buenas y buenos acompañantes en la fe. A veces me sorprende que haya pastores sin pastor, líderes sin fondo, catequistas y monitores francotiradores, frutos de la buena voluntad y del tesón, pero alejados de la escuela del Maestro que requiere que a todos y a cada uno se nos ofrezca la oportunidad y la posibilidad de ser acompañados en los diferentes tramos del camino de la vida. Y por supuesto de nuestro crecimiento en la fe, algo que hoy es cada vez más extraño que se cuide, se fomente, se enriquezca y se acompañe en la propia casa y en la propia familia.

Cuando uno se asoma al Evangelio y se entretiene en ver cuál fue el itinerario de Jesús, cuáles y cómo fueron sus encuentros con los hombres y mujeres de su época (y se atreve a involucrarse y dejarse interpelar por aquellos encuentros), descubre que ese Jesús, no solo fue «un judío de Galilea, vecino de Nazaret, buscador de Dios, profeta del Reino, poeta de la compasión, curador de la vida, defensor de los últimos, amigo de la mujer, maestro de vida, creador de un movimiento renovador, creyente fiel, conflictivo y arriesgado, mártir del Reino de Dios y resucitado por Dios» (tomado del índice del libro de José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación histórica, Madrid, 2007), fue también, y sobre todo, el Señor de los amigos, el Señor de los encuentros. El Señor de la esperanza.

Y es que todos los encuentros de Jesús que nos narran los evangelios contienen algo especial, algo que los hace únicos y, al mismo tiempo, son cotidianos, algo que reclama nuestra atención porque, en mayor o menor medida, nos sentimos identificados con los personajes que tuvieron la suerte de encontrarse o de ser encontrados por Jesús. Jesús salió a su encuentro o, simplemente, se encontró con ellos en muchas de sus jornadas camino de Jerusalén, pero los encuentros no quedaron ahí: Jesús no dejaba indiferente a nadie. Aquellos que se encontraban con él experimentaban cómo su vida adquiría un nuevo sentido.

El texto de los discípulos de Emaús nos ayuda a entender la importancia que ha de tener para los acompañantes el ser a su vez acompañados. No hay acompañamiento eficaz, real y en el Señor si el que acompaña no es acompañado. Esta es la primera regla del buen acompañante. Y no podemos obviarla ni dejar que sea algo «voluntario», si quieres eres acompañado si no, no. Porque uno se convierte en un adulto en la fe no porque cumple años sino porque se hace consciente, responsable y protagonista de su propia historia de salvación. Una historia que solo si es acompañada adquiere todas las tonalidades y todas las dimensiones que la hacen ser la mejor de las historias vividas. Cuando Lucas dice en dicho texto «se acercó y se puso a caminar con ellos» (Lc 24,15b), está dándonos la clave, el secreto, la razón de ser de nuestro ser acompañantes: lo somos porque alguien nos acompaña. Es urgente acompañar a los que acompañan. Es urgente formales, posibilitarles experiencias fundantes y transformadoras, darles posibilidades de seguir creciendo en su formación teológica, en su compromiso por la justicia, en su vida interior. Es urgente ocuparnos de quienes acompañan para que, como en el caso de Emaús, ante la pregunta de «¿De qué habláis?» la respuesta de los acompañantes sea «explicar las Escrituras, hacer memoria de las palabras y los gestos del maestro, hacer que los demás abran los ojos y reconozcan al Señor». Necesitamos compañeros, acompañados y acompañantes. Necesitamos acompañar a quienes acompañan.

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