¿A QUÉ FESTIVALES VAS ESTE VERANO? Descarga aquí el artículo en PDF
Ministerio para la Transformación Social Comunidad Cristiana Escolapia
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LO QUE LA PURPURINA NO TAPA: TERRITORIO, CONSUMO Y CONTRADICCIONES DE ESTA PROPUESTA CULTURAL
«Si el after es eterno, alguien no está durmiendo. Y casi nunca somos nosotros»
(Pancarta vecinal en Valencia, 2022)
En los últimos años, los festivales se han consolidado como uno de los formatos culturales más populares. Marcas, turismo y experiencias inmersivas componen un cóctel de euforia colectiva al que nos sentimos fuertemente atraídas cada verano. Son lugares de escape, de fiesta y comunidad. pero, cuando se apagan las luces y se desmontan los escenarios, ¿qué queda? ¿Qué cultura estamos celebrando cuando la fiesta deja tras de sí residuos, alquileres disparados y un territorio exprimido como un after sin fin?
De beats y grúas: cuando el ocio redibuja el mapa
Festivales como el Sónar, el FIB o el Arenal Sound no solo mueven multitudes: transforman barrios, disparan alquileres y alteran la vida local. Bajo la promesa de dinamizar la economía, se generan procesos de turistificación, gentrificación y privatización temporal del espacio público. La fiesta impuesta por quienes llegamos de lugares ajenos silencia a quienes habitan esos territorios. Saturación de servicios, contaminación acústica y toneladas de basura dejan una estela de desgaste ambiental y agotamiento vecinal. Incluso con buena gestión —rara en eventos masivos— este modelo es inevitablemente insostenible: efímero y contaminante. Al día siguiente, el recinto se convierte en un paisaje desolado: colchones abandonados, carpas rotas, vasos de plástico….
«Los festivales de música han dejado de ser un fenómeno cultural para convertirse en un fenómeno urbano: transforman barrios, alteran la vida local y reconfiguran el territorio durante unos días» Nando Cruz, Macrofestivales (2023).
Cultura de marca, subvenciones y capitalismo emocional
Según Live DMA, los festivales generan más de 2.300 millones de euros anuales en Europa. En España, en 2023 se celebraron más de 1.000 festivales. Un evento como Primavera Sound puede dejar hasta 40 millones de euros por edición. Pero ¿a dónde va ese dinero? Detrás del cartel de diseño, se esconde un modelo extractivo donde grandes promotoras concentran beneficios y el entorno se precariza. Mientras las cifras baten récords, mucho personal técnico, camareras, montadores o vigilantes trabajan jornadas maratonianas por sueldos mínimos, sin contrato o en condiciones extremadamente inestables.
Los ayuntamientos, ansiosos por figurar en el mapa cultural, invierten millones en festivales de alto impacto, mientras ignoran otros proyectos comunitarios locales. Como señala Nando Cruz, «los promotores necesitan subvenciones públicas, que muchos municipios conceden a cambio de figurar en el cartel». La cultura se convierte en marketing territorial, todas las ciudades quieren su propio macrofestival. El tejido autogestionado, diverso y local se ve desplazado e infrafinanciado.
Además, algunos de estos festivales reciben apoyo económico de empresas o gobiernos que vulneran derechos humanos, en operaciones de lavado de imagen bajo el disfraz de cultura.
«La cultura está profundamente entrelazada con las dinámicas de poder y dominación» Edward Said, Cultura e imperialsmo (1993).
Algunos datos de la resaca post-festival:
En Poblenou, el Sónar contribuyó a un aumento del 30% en los alquileres en cinco años (Observatori Metropolità de l’Habitatge, 2019).
Durante el FIB, Benicàssim multiplica por diez su población y genera un 600% más de residuos (Ayuntamiento de Benicàssim, 2018).
La huella de carbono individual de un asistente puede superar los 100 kg de CO₂ (lo equivalente a 5 horas de vuelo en avión por pasajero) (A Greener Festival, «Festival Sustainability Report», 2022, https://www.agreenerfestival.com/2022/02/2022-festival-sustainability-report/).
Algunos datos de la burbuja festivalera
Una cuarta parte del presupuesto del BBK Live (Bilbao) está financiado por fondos públicos (https://www.elsaltodiario.com/culturas/last-tour-bbk-live-dopaje-ayudas-publicas-elusion-impuestos-precariedad-laboral).
KKR (fondo de inversión estadounidense KKR, considerado proisraelí) adquirió en 2024 la empresa Superstruct Entertainment, que organiza hasta 80 festivales en todo el mundo (https://www.elsaltodiario.com/economia/fondo-proisraeli-kkr-se-hace-grandes-festivales-espanoles-musica).
¿Espacios de resistencia o parques temáticos?
¿Puede un festival ser un espacio de resistencia si depende de intereses que contradicen sus valores? La tan promocionada diversidad de festivales y estilos es, muchas veces, solo una fachada. Los grandes patrocinadores se repiten tanto en eventos «alternativos» como en los comerciales, lo que hace que las diferencias entre unos festivales sean más superficiales y estéticas que reales y estructurales.
A esto se suma la exclusión de artistas mujeres y disidentes, aún minoría en los carteles. Y aunque muchos se definen como «independientes», comparten patrocinadores y artistas con los grandes. Esta tendencia se ha acentuado en los últimos años, ya que los promotores tienden a apostar por artistas «seguros» y rentables, lo que reduce la diversidad musical y la presencia de nuevos talentos.
«Los festivales, en lugar de ser espacios de auténtico intercambio cultural, corren el riesgo de convertirse en mercancías culturales empaquetadas para el consumo rápido y superficial» Lisa Pezzullo, The New Festival Economy (2014).
Sin tiempo para digerir: el bucle del consumo infinito
¿Cuándo hemos normalizado ir a cinco festivales al año con 50 conciertos cada uno? La experiencia se vuelve un interrail cultural acelerado: corres de un escenario a otro, escuchando los conciertos a medias, sin tiempo para sentir ni recordar….
La fiesta que nos proponen nos exige de un alto rendimiento: bailar más, grabar más, conocer más música, saber más y vivirlo todo… Lisa Pezzullo advertía en 2014 que «los festivales pueden ser plataformas de intercambio, pero también convertir la cultura en producto de consumo rápido». Consumimos y nos consumimos en la vorágine del festival-relámpago: llegamos, exprimimos el territorio y la experiencia, y desaparecemos. Además, este ritmo frenético incita al consumo de drogas para no quedarte atrás y poder aguantar. ¿Importa la letra, el mensaje de la música, la calidad del concierto? ¿Importa lo que suponga para nuestros cuerpos este modelo de hiperconsumo musical? ¿O nos basta como propuesta cultural un drop potente y un buen outfit?
¿Estamos celebrando o consumiendo?
Tal vez la próxima vez que bailemos entre luces y beats, valga la pena detenernos un segundo. Respirar. Preguntarnos: ¿qué modelo cultural estamos sosteniendo con nuestro cuerpo, nuestro tiempo y nuestro dinero? Porque, aunque los festivales pueden ser espacios de comunión y descubrimiento, también pueden ser máquinas extractivas que agotan territorio, cultura y energías. En nombre del disfrute colectivo, consolidan formas de consumo disfrazadas de libertad, donde la crítica no cabe y la homogeneidad se maquilla con purpurina. ¿Puede existir una cultura transformadora si se sostiene sobre lógicas extractivas y exclusión? ¿De quién es la ciudad durante esos días de ocupación masiva? ¿Qué queda del espíritu crítico de la música cuando el espacio que lo acoge está lleno de contradicciones? ¿Conoces festivales que sean respetuosos con el territorio que los alberga, que contemplen la cultura local en sus carteles, y que respeten los derechos laborales de quienes trabajan en ellos? ¡lnvestiga!
Algunos datos sobre quienes participan de la fiesta
- En España, los 20 artistas nacionales más contratados aparecieron en promedio en 8 festivales distintos en un mismo año. (Informe anual de Live DMA, https://live-dma.eu/).
- En 2023, solo el 26% de los artistas programados en festivales europeos no eran hombres CIS (Keychange, https://www.keychange.eu/).
- Más del 50% de los asistentes acuden a más de un festival por temporada (https://sympathyforthelawyer.com/blog/entendiendo-publico-conciertos-festivales-intereses-habitos-compra-gasto/).
- El gasto medio por persona en un festival de varios días supera los 300¤ (entrada, alojamiento, transporte y consumo).
- El precio medio de un abono ha pasado de 9 euros en 2010 a más de 200 en 2024.
«La cultura alternativa se convierte en mercancía, y la disidencia se transforma en una estética más que en una práctica real de resistencia. El capitalismo es capaz de absorber y vender cualquier discurso antisistema, siempre que resulte rentable» (Nando Cruz, Macrofestivales, 2023).
«No hay cultura sin territorio. Y no hay territorio que aguante una cultura que lo ignora» (Fran Quiroga).
Para seguir bailando… con conciencia
- Un artículo: Macrofestivales o la romantización del hiperconsumo (El Salto Diario, 2025): https://www.elsaltodiario.com/culturas/macrofestivales-romantizacion-del-hiperconsumo
- Un documental: Fyre: The Greatest Party That Never Happened (Netflix, 2019): https://www.netflix.com/es/title/81035279
- Un libro: Macrofestivales. El agujero negro de la música. (Nando Cruz, 2023, Península, Ediciones): https://www.elargonauta.com/libros/macrofestivales-el-agujero-negro-de-la-musica/978-84-1100-167-0/







