A propósito de la visita a Irak de Francisco – Edgar Apilikueta

Algunas teorías sitúan el jardín de Edén entre los ríos Tigris y Eufrates, en territorios del actual Irak. Imposible de saber. Lo que sí sabemos, es que esta tierra ha sido punto de confluencia de numerosas culturas y cuna de civilizaciones, que de una manera u otra han ido dejando su impronta, haciendo de las llanuras del Nínive un lugar fascinante para cualquier antropólogo o historiador. La mezcla de culturas no siempre es sinónimo de convivencia, pero lo cierto es que esta zona lleva mucho tiempo siendo ejemplo, pues aquí compartían vida chiíes, suníes, católicos caldeos, ortodoxos sirios y griegos, yazidíes…

En junio de 2014, el DAESH (Estado Islámico de Irak y el Lavante), entró en Mosul apropiándose de la ciudad y alrededores, intentando poner punto y final a la convivencia en esta región. Nuevamente en la historia, el ser humano mordió la manzana e hizo apropio del nombre de Dios-Alá-Yahvé para intereses espurios y extender el odio. Las noticias que llegaban sobrecogían el corazón: yazidíes abandonados en el desierto hasta la muerte, cristianos y personas de otras confesiones señaladas en sus puertas y obligadas a huir, homosexuales tirados desde las azoteas, mujeres lapidadas, niños y niñas vendidas como esclavas sexuales, fusilamientos retransmitidos por redes… Todo hacía pensar que la convivencia, la paz, la libertad y la fraternidad habían abandonado para siempre el territorio de Abraham y Sara, ahora condenado a la desesperanza monocolor y gris impuesta por el extremismo religioso.

Un pequeño paréntesis para recordar que la desestabilización de la región viene ya desde el colonialismo, posteriormente la lucha entre USA y URSS durante la guerra fría, y lo último la invasión liderada por EEUU (con el seguidismo de España) de Irak en busca de nosequé, que ha dejado unas heridas aún sangrantes.

Triste también me resulta cómo en nuestros países “desarrollados” se da la espalda a tantas personas que huyen del sinsentido, e incluso algunos partidos y políticos además hacen gala de discursos estigmatizantes, o pretenden acoger solo a “los cristianos perseguidos” utilizando el dolor de estos de las formas más maniqueas y deleznables.

Por eso, nuevamente se me sobrecogía el corazón con el gesto del Papa Francisco, que esta pasada Cuaresma de 2021, casi 7 años después de aquella barbarie, puso pie en estos devastados pueblos. Se convirtió así en el primer Papa en visitar este país, un ademán profético si tenemos en cuenta el contexto actual que mencionaba. Estoy seguro que para los cristianos de Irak, este símbolo fue un impulso para animar la fe de la comunidad, tan sufrida.

Emocionante la misa en la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Qaraqosh, lugar que fue utilizado para vender o esclavizar niñas, donde clamó para que las “mujeres fueran respetadas y defendidas”. Emocionante la oración en la plaza Hosh al Bieaa, con la suelta de la paloma, símbolo de paz que debemos alcanzar. Emocionantes los encuentros con las comunidades cristianas que quedan en la zona así como con personas de diferentes confesiones, lisiadas por la violencia. Y por supuesto, emocionante el encuentro histórico del Papa con el ayatolá Alí al Sistani, líder chiita en Irak, que debe servirnos de ejemplo para trabajar siempre en actitud de diálogo y escucha.

Nuevamente, Francisco nos recuerda cual es el camino para los seguidores de Jesús de Nazareth, que curaba a la hija del legionario, se conmovía y cambiaba de parecer con la mujer cananea o dialogaba con la samaritana mirando al corazón y no a los añadidos culturales.

También nos recuerda que hay que tener siempre presente que el integrismo religioso, pecado donde los haya, nos acecha a los creyentes. Que la idea que tenemos de la religión no esté jamás por encima de la vida de las demás personas.

Y por supuesto, se acerca a estas gentes y estos cristianos a los que tanto les debemos y que tanto nos enseñan.

Gracias Francisco.

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