5º dom cuaresma: muerte y vida – Iñaki Otano

A la muerte de un ser querido, sobre todo cuando se produce en momentos o circunstancias inesperadas, puede invadirnos la sensación de que nuestras aspiraciones, el anhelo por la vida no va con los intereses de Dios. Como si lo que Dios quiere y lo que el hombre anhela fuesen por dos vías paralelas que nunca se encuentran.

Pero Dios ama la vida y llama a la vida. Jesús, ante el amigo muerto, sollozó y estaba muy conmovido. La muerte no le deja indiferente. Sus lágrimas por la muerte de Lázaro y por el sufrimiento de sus hermanas expresan su aflicción por el dolor de cada uno de nosotros y por el vacío que deja en nuestro corazón la muerte de una persona querida. Por eso, una oración en medio del sufrimiento puede ser: “Señor, yo sé que esto te duele como a mí o más que a mí; sé que Tú me acompañas y me apoyas, aunque estoy en la oscuridad y me siento en la desolación”.

Tu hermano resucitará, dice Jesús a Marta, y lo repite prácticamente a María. Realiza el gesto de resucitar a Lázaro, mostrando así que la promesa de la resurrección no es una promesa vana sino una realidad que debe empapar nuestra vida y llenarla de esperanza. Estamos llamados a la vida y, si confiamos, nuestra esperanza no se verá defraudada.

Pero la resurrección de Lázaro es solo un signo, no la realidad definitiva. Tiene un alcance limitado porque Lázaro seguirá teniendo enfermedades, contrariedades, sufrimientos, y terminará muriendo. Las obras “inmortales” – por su valor artístico, cultural, humano – están en constante riesgo de ruina, necesitan continuos cuidados, reparaciones, etc. para no ser destruidas por el tiempo. Los esfuerzos admirables de la humanidad por alargar la vida y por mejorar la calidad de vida no pueden impedir que, tarde o temprano, aparezca la muerte. No hay ninguna persona ni obra humana que dure siempre.

No hay realidad humana, por muy admirable que sea, como la resurrección de un muerto, que pueda expresar lo que es la resurrección definitiva y la superación de todo obstáculo a la felicidad.

Nosotros creemos en lo que dice Jesús cuando se dispone a resucitar visiblemente a su amigo Lázaro, pero como signo de una resurrección más radical y definitiva: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. También a nosotros se dirige la pregunta de Jesús. ¿Crees esto? Nuestra respuesta es clave para comprender la vida y no desesperar ante la muerte.

Mientras tanto, Jesús no tiene una actitud fría ante el dolor y la muerte. Con la resurrección de su amigo, nos está diciendo que quien cree en la vida eterna, en la resurrección definitiva, debe luchar también aquí a favor de la vida de los hombres y mujeres, intentar quitar todas las losas que les tienen sepultados en vida y desatar todas las vendas que les impiden andar dignamente. Quien cree de veras en la vida eterna favorecerá todo signo de vida y de amor,

Resurrección del amigo Lázaro  (Jn 11, 1-45)

En aquel tiempo, un cierto Lázaro de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caío enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: “Señor, tu amigo está enfermo”. Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Solo entonces dice a sus discípulos: “Vamos otra vez a Judea”. Los discípulos le replican: “Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?”.

Jesús contestó: “¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero, si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz”. Dicho esto, añadió: “Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo”.

Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, se salvará”. (Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural). Entonces Jesús les replicó claramente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado aquí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa”. Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: “Vamos también nosotros, y muramos con él”.

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Ella le contestó: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: “El Maestro está ahí, y te llama”. Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aun donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” Jesús, viéndola llorar y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y muy conmovido, preguntó: “¿Dónde lo habéis enterrado?”. Le contestaron: “Señor, ven a verlo”.

Jesús se echó a llorar .Los judíos comentaban: “¡Cómo lo quería!”. Pero algunos dijeron: “Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera este? Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa). Dijo Jesús: “Quitad la losa”. Marta, la hermana del muerto, le dijo: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Jesús le dijo: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”. Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado”. Y dicho esto, gritó con voz potente: “Lázaro, ven afuera”. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desatadlo y dejadlo andar”. Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.