5º DOM. ciclo A: «Que vean, y den Gloria» – Juan Carlos de la Riva

“Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”

Hay en esta frase de Jesús un deseo de vincular las buenas obras a la Gloria de Dios. No lo solemos hacer.

Unas veces porque queda mal hablar de Dios, decir que su Espíritu me inspira y me transforma, y que cuando no le pongo obstáculos puedo/podemos ser sal y luz. Y entonces nos convertimos en una ONG, que hace su labor social, pero no expresa su motivación y motor profundo. Y perdemos una gran oportunidad de hablar de Dios, de hacerlo presente, de encarnarlo en una sociedad que lo margina a la inexistencia por innombrado.

Otras veces porque nos cuesta sentir que lo bueno que hacemos es obra de Dios, de su Espíritu. Preferirnos anotarnos el tanto, ponernos la medalla, agrandar nuestra autoestima y de paso la estima de los demás.

Una vez una mujer de la alegre comunidad que celebraba la Pascua en una sencilla capilla de Venezuela vino a la salida de la vigilia de Resurrección para felicitarme por la homilía, con toda la efusión que acostumbra aquella maravillosa cultura. Le contesté que tendría que tener cuidado, no se me fuera a subir la vanagloria. Ella respondió de inmediato: no es mérito suyo, sino del Espíritu Santo. Y me hizo pensar, claro que sí, que no era yo quien predicaba.

Una tercera posibilidad se da cuando intentamos dar Gloria a Dios con alabanzas y cánticos, sin que se vean las buenas obras por ningún sitio. Entonces estaríamos olvidando la esencia de la alabanza a Dios, que son las obras de amor. Dios no necesita nuestras alabanzas, y “la Gloria de Dios es que el hombre viva” dijo San Irineo: le basta con que repartamos el amor que Él nos da a raudales.

Me gustaría pues, que nunca separemos a Dios de las buenas obras, ni dejemos de nombrar en las buenas obras a Dios. En unos tiempos en los que se subrayan más las malas obras de los creyentes, y se desautoriza así la religión y su propuesta de humanidad nueva como inviable, hagamos nosotros un camino contrario, demostrando los milagros que el Espíritu puede hacer a poco disponibles que nos hagamos a su fuerza transformadora.

Me encanta una frase de la lectura del profeta Isaías: Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia,detrás de ti la gloria del Señor. Creo que la justicia por delante, y detrás la gloria de Dios harían un fenomenal bocadillo de mí mismo cuando me dejo llenar del Espíritu y su fuerza. 

También me gusta cuando el salmo de este domingo dice: Su corazón está firme en el Señor. No sé si la gente que me conoce llega a pensar eso. Si no lo hace, es que quizá mis obras no son tan buenas, ¿no es cierto? También me conformaría con que se preguntasen ¿Dónde afincará este su corazón para hacer esas cosas buenas? A ver si lo intento con más fuerza esta semana, en mis clases, grupos, en mis momentos comunitarios, en familia, con la gente… A ver si me salen esas buenas obras. Y si me preguntan directamente , les pueda contestar que mi corazón está firme en el Señor. 

¡Recen por mí para que esto se de!

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto del monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”. (Mt 5, 13-16)