3º dom cuaresma: Dame de beber – Iñaki Otano

Es Jesús mismo quien siente sed y pide agua a la samaritana. Resulta algo inusitado. Se para a hablar con una mujer, lo que estaba prohibido para los judíos. Es una mujer pecadora, fulminada por la gente, especialmente por la que se consideraba de más clase que la gente vulgar. Para remate, era una samaritana, cuando los judíos y los samaritanos no se podían ni ver.

            Jesús desafía los prejuicios y tabúes de su tiempo, inicia el encuentro y le pide de beber. Ante aquella mujer, tan frágil y por eso mismo tan despreciada, Jesús no se presenta con prepotencia. Al contrario, es un Jesús fatigado, sediento, necesitado. Dios se muestra frágil y sediento en Jesús.

            Jesús se fatigó como nosotros. Aprendo así que el cansancio es humano, que es bueno y necesario sentarse a descansar: que tiene que haber momentos gratificantes a lo largo de la jornada; que hay que agradecer la tertulia y el café, y la buena película y el partido o juego relajante; y las vacaciones en calidad; el sueño, siempre reparador.

            Jesús no se limitó a sentir la fatiga humana, sino que acoge y alivia a los hombres y mujeres fatigados. Por eso invita: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt 11,28). Venid a mí y descargad sobre mis hombros y mis espaldas vuestro peso, vuestro agobio, vuestra debilidad, vuestra preocupación. Descargad sobre mí todo lo que os cansa y os deprime. Yo seré vuestra fuerza y consuelo, vuestra esperanza y alegría.

La sed de Dios se encuentra con la sed de la mujer, con nuestra sed. El que pide de beber está listo para ofrecer un agua nueva y eterna que regenera y transforma la vida.

            La actitud y las palabras de aquel hombre cautivan a la samaritana. Esta mujer lleva en su corazón una historia de relaciones heridas. Jesús se va revelando al ritmo de las inquietudes que descubre en la mujer. El misterioso maestro no la condena, sino que le habla con palabras nuevas que llegan hasta su corazón sediento de relaciones intensas.

            La mujer, tras el encuentro, anuncia a un “Mesías” que conoce sin condenar y que orienta la sed hacia las aguas que saltan hasta la Vida eterna, 

La samaritana será un símbolo del hombre que no consigue apagar su sed. Todo hombre está herido de insatisfacción: Vamos de un pozo a otro, de un bar a otro, de un mercado a otro, buscando nuevos productos para calmar la sed que nos tortura, pero al final seguimos con más sed.

            En la samaritana descubrimos sed de de felicidad, sed de amor – iba ya por el sexto hombre -, sed religiosa, sed del Mesías, sed de Dios.

            Jesús ofrece a la samaritana el agua viva… Se necesita una cosa: ir a Jesús, creer en Él, pedirle de beber. Aceptar que Jesús es el Dios que te salva, que te ama, que está contigo. Aceptar su amor confiado y responder con amor confiado. (Entresacado en gran parte del libro de Cáritas correspondiente a “Cuaresma y Pascua 2005”).

Dame de beber  (Jn 4, 5-42)

 

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva”.

La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”.

Él dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido”.

La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”.

Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”.

La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando él venga nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Soy yo: el que habla contigo”. En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”.

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?”. Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.

Mientras tanto sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le habrá traído alguien de comer?”. Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio ‘Uno siembra y otro siega’. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores”.

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.