LA ULTIMA CARTA DE SAN JOSÉ DE CALASANZ A SUS HIJOS ESCOLAPIOS – Fernando Negro

Fernando Negro

Si hay en el mundo alguien con razones para la autosuficiencia

Y para el orgullo por haber triunfado, ése soy yo.

Nací en una familia con título de nobleza, de ascendencia cristiana

Donde aprendí a rezar, y a practicar el bien

Que mis padres y educadores me enseñaban en Peralta de la Sal

Además fui estudiante inigualable

En  mi educación primaria y secundaria.

En el periodo universitario llevaba fama de inteligente

Entre los profesores y los alumnos

Quienes  me eligieron como su representante

Mis resultados académicos estaban siempre en el cuadro de honor.

Era listo y lo sabía.

Luego decidí ser sacerdote y conseguí mi objetivo.

Podría haberme casado con una hermosa muchacha,

Especialmente cuando estudiaba teología en Valencia.

Pero no lo hice, porque tenía claro lo que quería.

Tras mi ordenación varios obispos me llamaron

Para ser su secretario personal. Puedo enorgullecerme

De haber hecho un buen trabajo con ellos.

En cuanto a mi ministerio sacerdotal, afirmo que lo disfruté

Y mis parroquianos me aceptaban y me querían;

Hice todo lo posible por atraerlos hacia Dios.

Podría incluso enorgullecerme de mi deseo -por amor a la Iglesia-

De que la renovación requerida por el Concilio de Trento se llevara a cabo

Sabía que llegar a ser una persona honorable en la Iglesia

E incluso, quién sabe, llegar a ser Obispo, estaba a mi alcance.

Por eso se me ocurrió que si iba a Roma

Podría obtener un canonicato con la ayuda de algunos cardenales

A los que llevé cartas de recomendación de mis Obispos.

Así lo hice en el año 1592.

Ya era doctor en Teología y derecho Canónico.

Llegado a Roma, disfruté de la vida cortesana, sí señor:

Viví en el palacio del cardenal Colonna,

Saboreando comidas suculentas,

Vestido de seda y con el ego subido cuando me llamaban ‘Doctor Calasanz’.

Pero todo lo que gané,  ahora lo considero una perdida

Comparado con Cristo, que insistentemente llamaba

Una y otra vez a la puerta de mi corazón

Invitándome a la conversión.

Cristo fue quien se me hizo presente

En aquellos chicos abandonados en las calles de Roma,

La Roma del Luminoso Renacimiento

Que había olvidado que el alimento del Evangelio y la cultura

También  era para los pequeños, sobre todo para los pobres.

Y así, conociendo a Cristo cada día más,

Aprendí a amarle intensamente, amando a aquellos muchachos

Por los que sufrí la pérdida paulatina de todo lo que poseía.

Considero ahora que mis ganancias del pasado son ahora basura

Comparadas con el tesoro del amor de Cristo

Que me amó y se entregó por mí.

Se acabó lo de ‘Doctor Calasanz’.

Ahora soy ‘José de la Madre de Dios’.

La pena y la tristeza que sentía ante el espectáculo

De la ambición humana entre los clérigos

Por  conseguir el simple título de ‘canónigo’,

Título que hasta los gusanos devoran,

Me llevó a poner en perspectiva mi vida:

Conocer a Cristo Crucificado

Y el poder de su resurrección,

Compartir sus sufrimientos pareciéndome a Él en su muerte

De modo que pueda experimentar también su resurrección.

Ya soy un anciano; sé que el final de mi vida está cerca,

Y estoy a punto de encontrarme con mi Maestro Jesús.

También sé que no soy perfecto,

Pero me esfuerzo en serlo, creciendo cada día.

Puesto que Cristo me ha hecho suyo

En la llamada a servirle entre los pequeños.

Este es mi autentico tesoro

Que nunca dejé ni dejaré por nada en el mundo.

Así que olvido el pasado,

Perdonando a todos los que me malentendieron

O me persiguieron, dentro y fuera de las Escuelas Pías,

Y me lanzo al futuro que está por delante.

Dios es fiel y sigue repitiéndome:

‘¡Ven a mí, hijo mío, ven a mí!’

Hijos míos, perseverad en la imitación de mi ejemplo,

Tratad de emular a los que siguen el buen camino.

Hay muchos que viven como enemigos de la Cruz de Cristo.

Por el contrario, vosotros mirad a la cruz cada día de vuestras vidas

Y que sea ella la escuela de vuestra santificación.

La cruz es escuela de la auténtica sabiduría de Dios.

Que nadie os desvíe de Cristo.

Recordad que sois ciudadanos del cielo.

Así pues, hermanos a quienes amo y por quienes sufro,

Mi alegría y mi joya, permaneced firmes en el Señor.

¡Él actuará!

José de la Madre  de Dios

(15 Agosto 1648)