PASIÓN POR CRISTO, PASIÓN POR LA HUMANIDAD – Fernando Negro

Fernando Negro

En la Guerra de Corea una persona civil fue arrestada por los comunistas. Éstos ordenaron fusilarla por órdenes de un joven líder. Cuando se enteró de que el condenado a morir era director de un centro que cuidaba de niños abandonados y huérfanos, le perdonó la vida, pero mandó fusilar –en presencia del padre- a su hijo que tenía solamente  19 años de edad.

Acabada la guerra, las fuerzas de las Naciones Unidas capturaron al joven líder comunista, lo juzgaron y lo condenaron a la pena de muerte. Pero antes de que se ejecutara sentencia, el doctor, padre del hijo fusilado, suplicó que lo perdonaran. Su argumento era éste: el líder comunista era demasiado joven cuando ordenó matar a su hijo; por tanto lo hizo por ignorancia.

–  ‘Dádmele a mí – les dijo – y yo lo reeducaré’.

Finalmente las fuerzas de la ONU accedieron. El padre acogió al asesino en su propia casa y cuidó de él. Finalmente el joven comunista se convirtió y llegó a ser pastor de una Iglesia.

La Vida Religiosa no se sostiene por el simple llevar a cabo una acción humanitaria y caritativa. Los religiosos no pertenecemos al voluntariado temporal. Somos por definición seguidores del Resucitado a quien amamos “porque Él nos amó primero” (1Jn 4, 10). Por tanto vivimos en la Vida Religiosa la experiencia de un amor que es respuesta al amor que Jesucristo ha tenido por nosotros. En la encíclica “Deus Caritas est” aparece repetidamente que el amor, porque sabemos que Dios nos amó primero en Jesucristo, no es un mero “mandato” moral, sino respuesta al regalo del amor que Dios nos ha dado; por tanto, si Dios nos pide que amemos es porque Él nos amó primero (1Jn, 14, 17)

El hecho de que en el AT, y sobre todo en el NT,  aparezca el amor de Dios por la humanidad simbolizado en el amor de los amante en las bodas esponsales, nos indica que Él realmente nos ama “apasionadamente”, con un amor que es a la vez ternura, misericordia y perdón.[1]

La revelación última y definitiva de nuestro Dios es Jesucristo, amor encarnado que presenta la actividad amorosa y misericordiosa de Dios de manera apasionada y hasta dramática, lejos de toda abstracción teórica; por ejemplo en parábolas y alegorías como éstas:

El Padre es el Pastor Bueno que busca a la oveja perdida

El Padre se regocija en la perla perdida y hallada

El Padre abraza al hijo que se había marchado gastando malamente la herencia

El Padre que perdona hasta 70 veces siete. ¡Siempre!

Es sobre todo en la cruz donde Dios  se nos revela como amor y perdón infinito: ahí está el Hijo que ha sellado con el testimonio de su muerte el amor incondicional de Dios. Es este Jesús de Nazaret el que nos revela el verdadero rostro de Dios a través de su rostro humano. Lo seguimos apasionadamente como respuesta al amor apasionado que Él tiene por nosotros.

No seguimos al Señor Resucitado como imperativo moral de vida ascética o ética, sino como camino permanente de identificación con su persona y su mensaje. Se trata de nuestra configuración vital con la Muerte y Resurrección del Señor en nuestras vidas. Se trata de ir transparentando en nuestra carne (en nuestra vida) que realmente Dios es ternura y compasión, porque así lo hemos descubierto.

Todo cristiano tiene la misión de transparentar a Cristo, pero nosotros de modo especial, pues queremos vivir la consagración bautismal desde el ángulo de la radicalidad y la libertad. Cuando los Padres del desierto empezaron a vivir su consagración especial lo hacen buscando la conversio morum y hacían el votum monasticum que implicaba una forma nueva de ser: oración, ascesis, ayunos, castidad, silencio… pero nunca quisieron objetivar este votum, por miedo a que lo que eligieron libérrimamente, se convirtiera en una obligación con matices moralistas. San Agustín aclarará que aunque la consagración monástica (religiosa) implica renuncia, no es desprecio del mundo, sino re-conquista del mismo desde la pureza del corazón. Sólo en el siglo XIII, con Inocencio III, la consagración religiosa comenzó a ligarse con los tres votos de pobreza, castidad y obediencia.

Esta mirada retrospectiva nos invita a poner el acento de la Vida Consagrada no en el rigorismo externo, sino en la vivencia, en la experiencia profunda y radical del seguimiento del Resucitado.

Pablo VI recuperó el lenguaje de la Vida Religiosa como Consagración que profundiza la del Bautismo, en su Carta “Magna Gaudio” (23 Mayo 1964); los documentos conciliares están en la misma línea de pensamiento (LG 44, PC 2c, PC 5), así como la “Evangelica Testificatio” (4, 7, 42). Esto implica que la Vida Religiosa es una realidad ontológica, más que un mero servicio funcional,; sin olvidar que la misión es parte intrínseca de su ser. A través de la Consagración Religiosa somos recuerdo vivo, icono viviente de la acción salvadora del Señor Jesús, lo único definitivo, lo único necesario.

Por eso cuando la figura del Maestro desaparece de nuestra vida, se desdibuja el sentido de nuestra consagración, que solamente se sostiene en el amor apasionado que Él nos ha manifestado y al cual respondemos también apasionadamente.

En el fondo los tres votos (en nuestro caso cuatro) son expresión de uno solo, que es la consagración total existencial (no meramente funcional) a Dios. Pablo VI decía a los religiosos: “¿Qué dice sustancialmente el Concilio Ecuménico acerca de vosotros? Dice que la V. R. se define por su exigencia fundamental de plenitud en el amor: a Dios y por tanto a Cristo, a la Iglesia, al prójimo, a cada criatura (como San Francisco); una plenitud sin medida, un amor sin límites: éste es el sentido liberador de los votos religiosos, que intentan remover así todo obstáculo incluso natural y legítimo, al único, al sumo, al pleno amor de Dios.”

La Iglesia está consagrada al Señor mientras Él llega y no puede “casarse” con ídolos que obstaculicen la espera. Igualmente la VR expresa que sólo por amor al Resucitado se justifica la ofrenda de la voluntad (obediencia), encaminando hacia Él nuestra capacidad de amar (castidad) eligiéndole a Él como nuestro tesoro (pobreza), imitándole a Él como Maestro Bueno (educación-enseñanza). Ser testigos de esta realidad ha de ser nuestro ministerio fundamental.

La Iglesia, fiel al Señor que llega, es el espejo limpio donde nos mirarnos para aprender a ser gozosamente fieles, mientras esperamos la venida de Nuestro Señor Jesucristo, compartiendo los gozos, esperanzas, tristezas y angustias de la gente de nuestro tiempo.[2]

No es nuestra ambición la que nos ha traído a la VR, sino la repuesta al regalo del Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor ahí está la libertad (2Co. 3, 17). No renunciamos al amor, tampoco a la libertad ni al mundo, sino que estas dimensiones quedan transfiguradas por Cristo a quien ofrecemos nuestra libertad y nuestra capacidad de amar. De ahí, de ese amor, consecuentemente nace la renuncia. No somos “budas” reconcentrados en nosotros mismo, sino testigos de libertad que saben renunciar porque antes ha sabido optar, con una opción que da sentido a toda una vida.

Ninguna norma moral, ninguna ley externa, nos constriñe a entrar o permanecer en la VR. Lo hacemos libremente porque, como decía Juan Pablo II, ‘el religioso es memoria de la belleza de Dios’. Seguimos al Señor de cerca, a pesar de nuestros fallos y pecados. Y Jesús es la ‘cercanía absoluta de Dios’ al mundo y a la humanidad

El documento “Caminar desde Cristo”[3] lo recuerda bellamente: “Los consagrados deben saber proclamar con la vida y con la palabra la belleza de la pobreza del espíritu y de la castidad del corazón que liberan al servicio hacia los hermanos y de la obediencia que hace duraderos los frutos de la caridad” (45). Y nuestras Constituciones son explícitas: “También nosotros, llamados por el Bautismo a la plenitud de la Caridad, dejamos todo por Cristo y, en el ambiente comunitario de vida consagrada, le seguimos como a lo único necesario. Vivimos fieles en la castidad, alegres en la pobreza y dóciles en la obediencia. Así liberados, nos unimos más estrechamente a Dios y nos entregamos con mayor disponibilidad al servicio a los hermanos.” (16)

La Escuela Pía nació en la frontera –y por ende la familia Calasancia- en Santa Dorotea, Trastevere del Renacimiento. Hoy se nos pide inserción, que es lo que nuestro Fundador hizo cuando dejó el Palacio Colona y comenzó a vestir no de seda sino de la tela recia con que se cubría el lomo de las caballerías.

La Vida Religiosa siempre nació y sigue naciendo en la frontera de algún tipo de deshumanización. Ahí habla el Espíritu como habló a Nuestro Santo Fundador sugiriéndole  hacer algo por la infancia rota y desorientada. Toda Vida Religiosa comienza desde una opción clara y real por los más pobres, como es nuestro caso. En los comienzos Calasanz pedía a los alumnos el certificado de pobreza firmado por los párrocos  para ser admitidos.

Hoy da la sensación de que nos hayamos desinflado, y hayamos perdido el entusiasmo posconciliar que nos hacía soñar en una forma de Vida Religiosa más evangélica; pareciera que hubiéramos tirado la toalla. Sin  embargo hay todavía juglares que cantan y creen en un estilo nuevo que ya está naciendo. Uno de ellos lo dice así:

‘El prototipo de este nuevo modelo de vida ya no será el convento sólido e inmenso, arraigado como una fortaleza fortificada, sino la tienda de campaña, el vaso frágil, la semilla que muere para dar vida. Por supuesto que la misión tiene que ser discernida desde nuestros propios carismas y desde los desafíos de hoy que golpean a la puerta de nuestros institutos… Esto puede suponer abrir obras nuevas, cerrar viejas que ya no dicen nada, reorientar otras, etc. y todo por fidelidad al Espíritu.’[4]

Ese mismo autor sigue dándonos pistas de futuro cuando señala que la V R con la que sueña es:

“mística, apasionada, sellada por el encuentro con Cristo, memoria viva de Jesús, dócil al Espíritu, libre, sorprendente, desconcertante, audaz, en busca de nuevas presencias, presente en la frontera, anunciando la misericordia de Dios y revelando su rostro materno, samaritana y volcad hacia la misión, presente en el mundo, inculturada, enamorado de la gente, sobre todo de los más necesitados, profecía interpelante de comunidad, sembradora de paz, despertadora de esperanza, fermento, sin pena, descalza, minoritaria, alegre en lo sencillo y cotidiano, que entienda la obediencia como búsqueda apasionada, la castidad como corazón abierto y gratuito, encarnado y gozoso, que sea noticia viviente de gratuidad, llena de imaginación, amante y creativa en el seno de la Iglesia, señal, símbolo, parábola, profecía del Reino.”

También dice que para hacer realidad ese sueño debemos trabajar para que nuestras comunidades tengan:

“franqueza y lealtad, diálogo y gratuidad, transparencia y ayuda mutua, comprensión y alegría, calidez y acogida, sabor a hogar y confianza, comunicación y libertad interior, intimidad y gozo, fiesta y reconciliación. Todo ello para hacer morir el mal humor, el afán de protagonismo, la competitividad, las envidias, los egoísmos salvajes…”

¡No tengáis miedo! Es la frase más repetida en la Biblia; aparece 365 veces, tantas como los  días del año. Así pues estemos vigilantes en la noche de nuestra generación postmoderna fragmentada que parece vivir de espaldas a Dios, en palabras de Benedicto XVI, ‘centinelas que anuncian la presencia de Dios’. Éste el servicio fundamental que prestamos a la Iglesia y al mundo.

Vamos ahora  a hacer una breve radiografía interior del amor apasionado que llevó a Calasanz a abrir las primeras escuelas cristianas gratuitas y populares en la historia de la Iglesia de manera que nos animemos a compartir ‘la pasión por Cristo y por los demás’, especialmente los niños y jóvenes:

  • Tocado por la fuerza y la luz del Espíritu del Señor Jesús emprende el viaje interno de su “segunda conversión”, como sucede en la biografía de muchos personajes, sobre todo hacia sus 40 a 50 años de vida. De ser bueno, en el mejor sentido de la palabra “bueno”, a ser SANTO

 

  • Este amor por Cristo en proceso ascendente, va unido al descubrimiento de su rostro en los muchachos abandonados que vagaban por las calles de la Roma Renacentista, cargada de bellezas arquitectónicas, escultóricas y pictóricas. Pero “la música callada” que sintonizaba por aquel entonces el corazón de Calasanz, le hizo pasar de todo aquello para conectarse con la autentica belleza que cambia al mundo, en el servicio a los muchachos abandonados

 

  • Y así inicia las Escuelas para pobres (Escuelas Pías) en la sacristía de Santa Dorotea (regalo de Dios). Y en adelante, estamos en el año 1597, será una evidencia absoluta para Calasanz que defender las escuelas para los pobres es defender la causa de Dios.

 

  • Para Calasanz era evidente que la pasión amorosa por Dios en el rostro de los pobres, no estaba desgajada de su pasión por la Iglesia, a quien permanecerá fiel siempre hasta extremos heroicos. Expresó esta pasión en sus constantes referencias a la Iglesia y sus problemas de desintegración por la expansión del protestantismo, en su obediencia incondicional, y en su fidelidad cuando a punto de morir envió a dos escolapios para que en su nombre hicieran el gesto de completa sumisión a Pedro en el Vaticano.

 

  • Tuvo pasión por la Verdad, que es más que una definición; que es Alguien: el mismo Cristo. Calasanz define al educador como “cooperador de la Verdad” y dice que las escuelas son el remedio eficiente para preservar y curar todo mal y para encaminar e iluminar la bondad que habita en cada muchacho (Memorial a Tonti, 7). Quería que el escolapio fuera esa mediación viva a través de la doble herramienta: de la luz de Dios (Piedad) y la luz humana (Letras).

 

  • Calasanz tuvo la pasión por la Madre de Dios a cuyo amparo se acoge, llevándola en su nombre religioso (José de la Madre de Dios), proponiéndola como título de la Orden de los Pobres de la MADRE DE DIOS de las Escuelas Pías. Su pasión de amor por María hace que vea en ella su consuelo en las dificultades (bajo tu amparo y protección… oración con la que quería que toda oración comunitaria acabara), e icono femenino de lo que significa ser educador, dando luz al hombre nuevo desde el corazón de cada muchacho.

 

Para acabar traemos a colación lo que el documento escolapio, “Desde Cristo”, nos dice:

 

“Si hay cosas que sólo se ven con los ojos del corazón, Calasanz, apasionado por el amor de Dios y entusiasta de la educación, conoció como pocos las insondables riquezas de Cristo, Maestro Bueno. La perspectiva Calasancia ha quedado recogida en las Constituciones, que dibujan el proyecto de vida escolapio. Por eso deben ser objeto de estudio, de referencia permanente, de amor y de integración personal”.

Ver con los ojos del corazón es ver con los mismos ojos de Dios, como rezaba Santa Teresa para ella misma y como nos lo recuerda Juan de la Cruz, “el mirar de Dios es amar”. Ver con los ojos del corazón es escuchar, estar atento, descubrir en las cosas, tal y como son, no solamente una teofanía sino la constante diafanía del Dios que envió a su Hijo que pasó haciendo el bien y transformándolo todo con su presencia y su figura:

“Mil gracias derramando

Pasó por estos sotos con presura

Y yéndolos mirando

Con sola su figura

Vestidos los dejó de hermosura”[5]

[1] Benedicto XVI, “Deus Caritas Est” 9-10

[2] G.S., 1

[3] Se trata del Documento de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, firmado el 19 de mayo de 20012

[4] José María Guerrero SJ, VIDA NUEVA, suplemento No. 2502, enero 206, p. VIII

[5] San Juan de la Cruz, “Cántico Espiritual”, 5