Fernando Negro
Nos introduciremos en la esencia radical de lo que es ser escolapio, en la fuente de donde mana la inspiración (la sabiduría) y la energía (la gracia) que dan sentido a lo que el escolapio es y hace en medio de niños/asu, jóvenes y adultos con la visión de evangelizar educando y educar evangelizando. No trataré de hacer un estudio sobre el carisma, sino que me introduciré en la “experiencia” misma de Dios que básicamente invita al escolapio a hacer de su vida este recorrido:
- Viaje hacia adentro de simplificación: “Yo os digo que si no cambiáis y os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos. Quien se hace pequeño como este niño entrara’ en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 1-4)
- Viaje hacia fuera, al anuncio de lo vivido: “Quien recibe a unos de estos pequeños en mi nombre a mí mismo me recibe” (Mt 18, 5)
El escolapio se adentra en la espesura de la experiencia de Dios con los pies descalzos como Moisés cuando, abierto al misterio, se vio seducido y atraído por aquel arbusto ardiendo sin consumirse que, mientras cuidaba del rebaño, le atrajo de tal manera que, ahí, descubrió su vocación. A esto es a lo que voy a llamar “experiencia mística del escolapio”, a ese dejarse asombrar por Dios a través de lo cotidiano (el arbusto ardiendo), mientras cuida del rebaño, es decir, mientras dedica todas sus energías a la evangelización de niños/as, jóvenes y adultos desde el campo de la educación.
San José de Calasanz, nuestra referencia carismática, dice que el escolapio es “colaborador de la Verdad”. Esta Verdad es Cristo mismo. Él es “el Camino, la Verdad y la Vida”. Por tanto, ser colaborador de esta verdad que es Cristo, es tener una experiencia de amistad íntima y profunda con Él, para luego transmitirla a los demás, especialmente en el contexto de educación infantil y juvenil. Tomas de Aquino dice que “la contemplación consiste en el simple disfrute de la verdad”. Sí, disfrutar o saborear, en definitiva, experimentar la verdad, más allá de lo que puede ser puramente especulativo e intelectual.
Los/las maestros/as espirituales nos lo recuerdan, también Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales: “Porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar las cosas internamente” (segunda anotación) Lo que distingue una persona de otra no es lo que hacen o dejan de hacer, tampoco el carácter o la diversidad de procedencias culturales, religiosas, etc. Lo que realmente marca la diferencia es la “pasión” con que viven cada acontecimiento, por pequeño que éste sea. Esa “pasión” alude a la intensidad de concentración amorosa en la obra hecha. Ortega y Gasset decía que era “inmoral que un ser no se esfuerce en hacer cada instante de su vida lo más intenso posible” (en “Estudios sobre el amor”) El escolapio pues debe sobresalir por ese enamoramiento de la obra bien hecha por Dios expresada en el servicio a los demás.
La experiencia mística de Calasanz en su tiempo y la nuestra en nuestros días, ha de ser la del despertar paulatino a la luz de Dios, dejando que todas las cuerdas de nuestra “arpa interior” (pobres, enseñanza, educación, espiritualidad, etc.) se vayan entonando y lleguen a hacer de nuestra vida una auténtica “sinfonía” de servicio a los más pobres, para la gloria de Dios.
Hay un punto de partida esencial en el proceso de acompañamiento espiritual y humano de las personas, y es que nadie puede entender ni acompañar a otro en un recorrido que él mismo no ha hecho o experimentado de alguna manera. Llevado todo esto al corazón de nuestro ser escolapio, podemos decir que no atraeremos a los/as muchachos/as a Cristo si nosotros mismos, con anterioridad, no nos hemos acercado a Él y lo hemos experimentado debidamente. La experiencia de un Dios cercano a nuestras vidas hará que, por contagio, podamos ayudar a que otros, niños/as y jóvenes especialmente, tengan esa misma experiencia de Él. Para ello tendremos que hacernos contemporáneos con Dios y con la generación de chicos/as que nos toca servir. Contemporáneo con Dios significa ir poco a poco acercándonos a Él para conocerle y amarle; contemporáneos con los niños/as y jóvenes significa entenderlos y amarlos ahí donde están y no donde nosotros querríamos que estuvieran. Calasanz y todos los otros santos y místicos nos lo enseñan, ya que ellos se adentran más allá de todo conocimiento, en la “experiencia” de un Dios del que han hecho su “tesoro”. Nosotros estamos también llamados a hacer nuestra esta experiencia.
Decir “experiencia mística” es lo mismo que decir haber sido “tocados por la gracia”, experimentar que aunque mi vida me pertenece y yo he de ser el agente principal de mi crecimiento, es Dios mi origen, mi camino y mi meta. Edith Stein (judía, filósofa, conversa, carmelita, mártir y co-patrona de Europa) llama a este proceso de crecimiento de la autonomía personal al unísono de la gracia “auto-constitución” de la existencia. Esta auto-constitución se va modelando como una obra de arte, como el artesano en un taller, sólo que en este caso el artesano y la obra de arte coinciden, soy yo mismo en colaboración intrínseca con El Artista Dios, que me ayuda con su Espíritu Santo.
Sin salirnos del pensamiento de Edith Stein, ella que fue también educadora, oigamos de primera mano su intuición:
“Saber qué somos, qué debemos ser y cómo podemos llegar a serlo es la tarea más urgente de todo hombre. Ahora bien, para el educador y el estudioso de la pedagogía encierra una importancia especial. Educar quiere decir llevar a otras personas a que lleguen a ser lo que deben ser. Pero no es posible educar sin saber antes qué es ser hombre y cómo es, hacia dónde se le debe conducir y cuáles son los posibles caminos para ello” (“La estructura de la persona humana”, p. 294. Citado en el libro de Michel Depuis, “Quince días con Edith Stein”, Ciudad Nueva, Madrid, 2003, pp. 54-55)
Saber quiénes somos… éste es el principio de toda vida entendida como proceso. Este es el principio de todo crecimiento tanto humano como espiritual. Y para quien está en Cristo, es decir para la persona que desea crecer en Él y hacia Él, es esencial avanzar hacia lo que, usando la nomenclatura de Edith Stein, “debe ser”. Sin ser dogmáticos, hemos de decir que ese “deber ser” tiene como patrón ideal al Cristo Resucitado mismo, el Ser Humano Nuevo en el que se da “la nueva creación”. Y sólo habiendo tenido el “toque” de su resurrección puede uno salir de sí mismo para ser testigo.
Así lo experimentaron María Magdalena y los primeros discípulos de Jesús. Su salir hacia fuera para anunciarlo no fue un imperativo moral que se podría traducir en un “¡Hemos de anunciar esto para que no muera!”, sino una consecuencia lógica e irremediable a causa del gozo experimentado en el encuentro con Jesús. Los dos discípulos de Emaús lo viven así de claro:
“Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: ‘¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’ Y levantándose al momento se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ‘¡Es verdad, el Señor ha Resucitado y se ha aparecido a Simón!’. Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan” (Lc 24,35)
¡Qué bien encaja todo esto con otro gran místico y maestro espiritual del siglo XX, Thomas Merton! Él nos enseña que “es verdad que para mí la santidad consiste en ser yo mismo, y para ti consiste en ser tú mismo, y que en definitiva, tu santidad nunca será la mía, ni la mía será la tuya, excepto en la comunidad de la caridad y la gracia… ¡Si hemos escogido el camino de la falsedad, no tenemos que sorprendernos de que la verdad se nos escape cuando finalmente lleguemos a necesitarla! Nuestra vocación no consiste solamente en ser, sino en trabajar junto a Dios en la creación de nuestra vida, nuestra identidad, nuestro destino… Podemos eludir esta responsabilidad jugando con máscaras, y esto nos agrada, porque esto parece ser una manera creadora y libre de vivir. Resulta muy fácil, según parece, agradar a todos. Pero a largo plazo, el precio que debemos pagar y el sufrimiento son muy elevados” (“Nuevas semillas de contemplación”, cap. 5)
Es totalmente decisivo en el proceso cristiano de acercamiento a Dios, el Dios cristiano, el haberse encontrado con Cristo, el que Él se haya convertido en pieza fundamental del sentido de la vida. Lo que ocurrió con la Magdalena, los Apóstoles, Pablo, etc. No es pieza de un museo sino “energía” que busca a alguien, tú y yo, para ser nuevamente desarrollada con la misma capacidad de producir conversión como lo hizo con otros “testigos” anteriores en la historia.
Dios es ante todo y sobre todo una experiencia; una experiencia de sentido total de lo que es una persona y de todo cuanto existe. De poco nos serviría decir “Dios existe” si esa confesión no llegara a salir de una cuasi-evidencia que nos da la fe y que se dirige, en la fe, hacia el objeto mismo de la confesión que es Dios. Un auténtico conocimiento de Dios implica siempre experiencia de lo que Él es. De lo contrario caemos en una especie de entelequia acerca de un Dios que para nada se acerca a este lado de la humanidad donde se sufre, se goza, se lucha y se crece.
Para los Padres de la Iglesia no había división entre Mística (experiencia de Dios) y Teología (conocimiento acerca de Dios) Fue desde San Buenaventura cuando se empezó a separar ambas realidades. De tal manera estaban unidas ambas desde el principio, que un monje del siglo V, Nilus de Sinaí decía: “Si eres teólogo, rezarás en verdad; y si rezas en verdad es que eres un teólogo”. Hoy hemos de recobrar este íntimo ensamblaje de lo que es experiencia y conocimiento de Dios, en el estricto sentido oriental de la Biblia para la cual conocer es amar y amar es conocer.
El escolapio de este siglo XXI será un místico o no lo será de ninguna manera. Estamos en un mundo en cambio tan rápido y acelerado que apenas nos da tiempo de digerir lo más nuevo, que ya está a las puertas lo más nuevo de nuevo. La experiencia que nos da auténtica visión profunda y bella de todo es la experiencia de la armonía interna reflejando, como en un espejo, la Belleza Divina. Esto es “mística”. Y para ello hay que descender a lo más hondo de nuestro ser, descubrir cuán buenos somos, cuánta belleza anidamos, cuanta bondad encerramos.
Es la experiencia de dejarnos “visitar” por el Cristo Resucitado que nos tiende una mano y que nos dice: “Talita Kumi”, “Yo te lo digo: ¡Levántate!” Solamente nos levantaremos cuando el Resucitado nos sople al oído del corazón esas palabras a través de las cuales resuenan estas otras: “¿Nadie te ha condenado? Tampoco yo, vete y no peques más”. Lo que pasa es que estamos influenciados por una mentalidad que condena, aplasta, es inmisericorde y se regodea en la acusación. ¡Devolvamos al mundo la misericordia, la libertad, la belleza y el amor!
Cristo Resucitado nos devuelve el verdadero rostro de Dios. Es el Dios del amor que siente y sufre, no el dios de los filósofos iluminados del siglo XVIII, deístas; ese dios que se ha ido de paseo indefinido después de habernos creado y nos ha dejado huérfanos. ¡El Dios en el que creemos es el Dios del Amor!
Digamos con Unamuno: “Y si crees en Dios, Dios cree en ti, y creyendo en ti, te crea de continuo. Porque tú no eres en el fondo sino la idea que de ti tiene Dios; pero una idea viva, como de Dios vivo y consciente de sí.”[1] Nos quedamos con esta afirmación: “Y si crees en Dios, Dios cree en ti y, creyendo en ti, te recrea de continuo”. Aquí la fe se entiende como conciencia de Dios que toca las fibras profundas de nuestro ser. Y de ahí se origina, como en círculos concéntricos, esa “energía divina” que nos diviniza, nos transforma y nos llena de plenitud.
Sólo desde la fe, no desde la razón, podemos intuir y vivir todo esto. El arpa de la que habla Gustavo Adolfo Bécquer, olvidada en un rincón esperando una mano de oro que sepa arrancar las notas que duermen en el olvido de su ser, es un símbolo que nos acerca a esta realidad. Que Dios cree en mí es decir que Dios rasga, como el músico, las energías dormidas de mi vida y, desde mi yo profundo, abandonado en un rincón, hace una bella melodía. Creer en Dios, en definitiva, es caer en la cuenta de que Él cree en mí más de lo que yo creo en mí.
Algunos Padres de la Iglesia resumían el ser cristiano como un “deseo”, un “santo deseo”. Es ese deseo nacido de lo más hondo, regalo de la gracia, que supera lo meramente racional y que nos invita al abandono como expresión de confianza en que ese “deseo”, no nos engaña ni puede engañarse. Éste fue el atisbo de Unamuno al decir que “creer en Dios es anhelar que le haya y es, además, conducirse como si le hubiera; es vivir de ese anhelo y hacer de él nuestro íntimo resorte de acción. De este anhelo o hambre de divinidad surge la esperanza; de ésta la fe; y de la fe y la esperanza, la caridad; de ese anhelo arrancan los sentimientos de belleza, de finalidad, de bondad.”[2]
Sin la “experiencia” del Señor, no existe el “escolapio” como tal; pues, por definición, el “escolapio” es seguidor y testigo del Resucitado. La manera de llevar a cabo ese ser “testigo” cualificado de la Vida es por medio de la educación de niños/as, jóvenes y familias. También las familias; quizás, sobre todo las familias. Y desde ahí, los niños/as y los jóvenes. El ex general de la Orden escolapia, José María Balcells, Sch.P., era un convencido de que es en y con las familias como se educa de verdad.
La centralidad escolapia estriba en que “Nuestra espiritualidad es pedagógica y nuestra pedagogía ha de ser espiritual”, sin divisiones, porque educar es evangelizar y evangelizar es educar. En definitiva, ser testigos de la experiencia del Resucitado en el ámbito de la cultura. O con las palabras selladas por San Juan Pablo II, poner en marcha “La caridad cultural”. Todo lo que sea profundizar en el estudio y en la enseñanza de la cultura y la ciencia está en el centro de la vida y la espiritualidad del escolapio.
Entramos en el terreno de la formación permanente, tan ligada a nuestro crecimiento espiritual, de grandeza de alma que ve siempre y en todo “oportunidades” más que riesgos. Oportunidades para dar lo mejor de uno mismo al servicio de la vida en medio de los niños/as y los jóvenes. Leo en un periódico indio lo que el profesor Hamed Khan dice como científico y creyente a la vez: “There is no disagreement between science and God. Science means reading God’s mind. Actually, you know what? I think God loves scientists. So he is letting us find out, little by little[3]” “No hay contradicción entre la ciencia y Dios. La ciencia es como leer la mente de Dios. Sinceramente yo creo que Dios ama a los científicos. Por eso Él permite que seamos nosotros mismos quienes, poco a poco vayamos buscando”
¡Qué escolapia y Calasancia es esta actitud! San José de Calasanz, desde su experiencia profundamente arraigada en el Señor, estuvo abierto a nuevos descubrimientos y métodos para el bien de sus pequeños. Así de apasionados debería estar la persona que educa al estilo Calasancio en el proceso de crecimiento que abraza lo espiritual junto lo científico y lo cultural para, en definitiva, transportarlo a la vida.
Sin separaciones ni dualismos, aunque atentos a deshacer la ingenuidad simplista según la cual no necesitaríamos la oración pues toda tarea humana sería considerada oración. Dios está en la realidad, sí, pero también el Hijo de Dios necesitó retirarse frecuentemente para encontrase con la fuente esencial que era su Dios. El objeto de todos y cada uno de los ejercicios espirituales (usando el término en el sentido estrictamente ignaciano) son para encontrar a Dios en la vida misma, no para sacarnos de ella, ni para aislarnos como budas que se regodean mirándose el propio ombligo.
El Papa Juan Pablo II, en el discurso a los participantes en el Capitulo General de la Orden Escolapia, Julio de 2003, les dijo:
“Para comprender mejor vuestra vocación en la Iglesia conviene que os paréis reflexionéis como estáis haciendo estos días, sobre algunos aspectos constitutivos de la vida religiosa: la consagración, la comunión y la misión. La consagración remite a una intima experiencia de Dios, de la que brota aquella energía espiritual inagotable de gracia y de amor que es indispensable para vivir el evangelio sin componendas. Vivir en comunión con Dios constituye el secreto también de una convivencia comunitaria fecunda y de una misión que sea al mismo tiempo plena adhesión la llamada divina y respuesta generosa a las expectativas de los hermanos. Esté siempre ante vuestros ojos la imagen de Jesús que bendice a los niños: es el icono de vuestro carisma, preciosa herencia recibida de San José de Calasanz y confirmada por la Iglesia… El Papa se siente cercano a vosotros porque sabe que os dedicáis a la educación de los muchachos, “centinelas del mañana”, colocando semillas de esperanza para el futuro de la humanidad. ¡Cultivadlas con amor!”
La vivencia del sacerdocio
Me adentro en este pequeño apartado con las bellas palabras de la gran escritora, ya fallecida, Carmen Laforet:
“Rvdo. Padre: El discurso del Papa que usted me envía me plantea el problema de un hijo mío sacerdote. Debo decirle que a mí, tener un hijo sacerdote, que aunque no fuese malo, fuese tibio, buscase cargos eclesiásticos, tratase acomodarse confortablemente en la vida… me parecería una terrible desgracia. Un sacerdote, hijo mío, sacerdote intelectual, “lumbrera de la Iglesia”, me daría un miedo horrible, si al mismo tiempo no le viese totalmente santo. Si un hijo mío fuese sacerdote pobre, olvidado en una aldea, en un barrio infame, si desde el momento de entregarse a Cristo considerase que su existencia propia había terminado, si compartiese su pedazo de pan, si pudiese mirar con ojos limpios el espectáculo de la vida y de él surgiese a cada momento la alegría, Si un hijo mío pudiese ser un sacerdote así, yo consideraría que había alcanzado el destino más grande que Dios tiene guardado a una persona, y a mí, como mujer, me parecería que Dios me había dado ese mismo destino, por haberlo criado…” (Carta a don Jorge Sans Vila, profesor de sicología de la Universidad Pontificia de Salamanca)
Este fue el espíritu de lo que San José de Calasanz soñaba para sus religiosos llamados al sacerdocio. Para él el sacerdocio era una plataforma para el servicio, para ser aún más ese “cooperador de la Verdad” que no sólo celebra los sacramentos, enseña en la escuela y predica a los niños y jóvenes especialmente, sino que no desdeña los servicios más bajos, como ir a pedir de casa en casa, ayudar en la cocina pelando patatas, acompañar a los niños más pequeños a sus casas, enseñar los rudimentos esenciales de lectura, escritura o aritmética, etc. Todo ello en la época post-tridentina en la que la imagen del sacerdocio estaba por las nubes, poniendo más el acento en el “privilegio” que en el servicio desinteresado.
Sólo un alma enamorada del Dios pobre que ha venido para servir y no para ser servido puede entenderlo así. Por eso cuanto más entendamos que todo parte de la experiencia vital de encuentro con Dios, mejor entenderemos que nuestro sacerdocio hace maravillas en los demás.
El método preventivo y la compasión
Sin duda alguna este método fue “inventado” por Calasanz, aunque él no lo patentizara como “método”. No olvidemos que San José de Calasanz no fue un teórico de la educación sino persona “vital” que fue dejando retazos de su manera de entender la educación, la experiencia de Dios, y la evangelización en sus múltiples cartas, las constituciones, y otros documentos. Pero sin ninguna sistematización. El método preventivo de Calasanz nace de su experiencia personal de la misericordia que Dios tiene con él. Esta misericordia le hace comprender que las personas somos muy frágiles, especialmente los niños/as y los jóvenes. Por eso hay que tratarlos con sumo respeto, atención y cariño.
En el método preventivo, Calasanz parte de un acto de fe en la persona y en Dios. Acto de fe en la persona ya que se cree en su posibilidad de regeneración, de crecimiento y de libertad para elegir el bien antes que el mal. Acto de fe en Dios ya que se le otorga todo crédito a la gracia que actúa en el muchacho/a, sobre todo a través de los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación.
Después de Calasanz otros santos educadores han seguido las huellas del fundador usando este método y estructurándolo de modo más formal. Quiero transcribir aquí cómo entendió este método el Beato Luis Guanella. Él llama al método preventivo “método de la caridad”:
“Consiste en arropar y envolver a las personas con amor para alejar cualquier peligro de caída o de tropiezo y así conducirlas por el camino del bien. El método preventivo es el de la caridad y el del amor. La disciplina consistirá en prevenir, no en castigar. Todo tiene que hacerse como si fuésemos una inmensa familia, unida por los lazos del cariño y del amor. El arte de educar es sobre todo obra del corazón. Mejor es pecar por exceso de misericordia que por exceso de rigor y justicia. Y además este método preventivo se ha de dar hacia los iguales, hacia los superiores y hacia los inferiores.”
Si Guanella habla así es porque a mediados del siglo XIX (su época) tuvo una experiencia profunda a través de la cual la paternidad de Dios se le hizo patente. Se le presentó como el Dios bueno que ama y quiere salvar a todos de cualquier miseria, tanto moral, como física o material. Él intuyó así que al hombre le está concedido también participar en esta paternidad como transmisión de amor, de vida y de salvación.[4] El escolapio, siguiendo la misma experiencia de paternidad de nuestro fundador y de los santos, estamos llamados a hacer lo mismo.
[1] Miguel de Unamuno, “Del sentimiento trágico de la vida”, ed. Alianza Editorial, Madrid, 2003, p. 193
[2] obra citada, pp. 197-198
[3] Mamed Khan , THE HINDU, (Abril 18 2004, p. 11)
[4] Revista CONFER, “Una luz multicolor”, Madrid, 1987, p. 87







