Fernando Negro
El Doctor Abdul Kalam (1931), ex presidente de la India del 2002 al 2007, científico y educador que a pesar de ser musulmán se precia de haber sido educado por los jesuitas escribió el siguiente juramento sobre la “gran misión de enseñar”:
Prometo amar lo que enseño. La enseñanza será mi alma. Me comprometo con todo mi ser a la noble misión de enseñar
Prometo que solamente me consideraré un buen profesor cuando sea capaz de elevar al estudiante medio a cotas más elevadas.
Prometo organizar y conducir mi vida de manera que mi estilo vital hable por sí solo a mis estudiantes
Prometo motivar a mis estudiantes para que pregunten y desarrollen el espíritu de búsqueda para que un día florezcan y sean ciudadanos iluminados.
Prometo tratar a todos los estudiantes con igualdad y nunca favoreceré las diferencias basadas en religión, procedencia social o lenguaje
Prometo trabajarme para llenar mi mente de pensamientos nobles, expandiendo así la grandeza de mis pensamientos y acciones entre mis estudiantes.
Prometo celebrar el éxito de mis estudiantes y orar para que cada día sean mejores seres humanos. ¡Ayúdame, Señor!
La persona que enseña es como un jardinero que planta semillas en la mente y el corazón de sus alumnos. La sociedad sobrevalora el conocimiento intelectual, pero más importante aún es la sabiduría.
El saber intelectual se centra en contenidos, habilidades y métodos, mientras que la sabiduría se centra en los valores y la búsqueda del sentido final de la vida.
Todos somos, de alguna manera, personas que educan, pues podemos ayudar a hacer la diferencia en los demás. Algunos de nosotros tenemos la educación como llamada o vocación específica.
A través de de nuestra llamada vocacional y con un cierto adiestramiento, somos colaboradores con los padres de los estudiantes, conscientes de que los padres son los primeros educadores de sus hijos/as.
San José de Calasanz define a la persona que educa al como “cooperador con la verdad”; definición bella y amenazadora a la vez. Es bella pues somos como los canales a través se cuela la luz del Reino en la oscuridad y la ignorancia de los alumnos/as. Es a la vez amenazadora pues implica responsabilidad. Si no se hace bien el trabajo, la tierna planta de la vida infantil pudiera quedar quebrada para siempre.
Vamos ahora a repasar el texto de Abdul Kalam, “Juramento Educativo”, conectándolo con la filosofía de San José de Calasanz, maestro y fundador de la primera escuela cristiana y gratuita del mundo.
Educar es una vocación
Prometo que solamente me consideraré un buen profesor cuando sea capaz de elevar al estudiante medio a cotas más elevadas.
Hay una gran diferencia entre un trabajo y una vocación. Mientras hacer algo como trabajo implica hacerlo por una ganancia, quien se aplica al mismo trabajo por vocación, lo hace desde una pasión que nace de dentro. Ése es el significado de la expresión ‘la enseñanza será mi alma’. La palabra ‘alma’ no sólo se refiere al concepto filosófico de ‘espíritu’, sino que se centra en el corazón, en la esencia del ser. Por eso la palabra ‘alma’ puede ser interpretada como ‘persona’, entendida en su integridad.
La persona que educa entiende su vida en términos de ‘misión’; una misión al servicio de los/las otros/as para alimentar su capacidad de saber guiada siempre por la sabiduría y el sentido de la vida.
Educar es acompañar en el camino a la verdad
Prometo que solamente me consideraré un buen profesor cuando sea capaz de elevar al estudiante medio a cotas más elevadas.
Una planta solo crece cuando, una vez plantada, la cuidamos, la alimentamos, dándole la cantidad de agua y de luz que necesita. Así es como una persona que educa recibe y cuida de un/a alumno/a, de un/a discípulo/a, ofreciéndole la motivación, la fuerza y el conocimiento que necesita para crecer.
Solamente crecemos cuando descubrimos que nuestra vida tiene una misión más grande que lo que somos aquí y ahora. Desde aquí descubrimos que hemos de ponernos a trabajar para que el sueño se haga real. Gradualmente caminaremos hacia la excelencia de nuestra vida.
Una persona que educa bien se percibe a sí mismo en permanente proceso e invita a los discípulos/as a hacer lo mismo. La mejor persona que educa es aquel que se llena de gozo al ver que los discípulos le exceden en perfección.
La persona que educa es ante todo un testigo
Prometo organizar y conducir mi vida de manera que mi estilo de vida hable por sí solo a mis estudiantes
Pablo VI decía en la Carta Apostólica ‘Evangelium Nuntiandi’ que “Las generaciones contemporáneas ya no escuchan a los maestros sino a los testigos; y si escuchan a los maestros es porque ellos son a la vez testigos.” Ser testigo no significa ser perfecto e impecable, sino alguien que, a pesar de sus imperfecciones, camina día tras día en un proceso de crecimiento hacia la perfección, invitando a otros a hacer lo mismo. Esa persona va transformándose paulatinamente en alguien que, desde la belleza que destella, atrae a otros hacia lo que cada uno está llamado a ser.
Aprender es saciar el deseo de verdad
Prometo motivar a mis estudiantes para que pregunten y desarrollen el espíritu de búsqueda para que un día florezcan y sean ciudadanos bien enfocados.
La verdad que se descubre en cada aspecto de la vida humana es algo dinámico, atrayente y apasionante. Cada persona posee un campo específico a través del cual se siente más seguro para buscar la verdad. Sin embargo todas las dimensiones (matemáticas, filosofía, teología, etc.) son materia donde descubrir la verdad escondida que reclama ser descubierta, en un proceso siempre inacabado.
La persona que educa bien no es la que transmite conceptos sacados de libros, sino la que inspira y cataliza los sueños que emergen del interior del discípulo/a de manera que se comprometa responsablemente a hacerlos realidad. La persona que educa bien es pues un/a facilitador/a que prepara a sus alumnos/as, uno a uno, para así ayudar a construir una nueva sociedad, un mundo mejor en el que la inteligencia y la sabiduría se pongan mutuamente al servicio del amor.
Enseñar y aprender son artes por los que nos convertimos en seres universales
Prometo tratar a todos los estudiantes con igualdad y nunca favoreceré las diferencias basadas en religión, procedencia social o lenguaje
Ignacio de Loyola dejó escrita una frase llena de sabiduría: “El bien cuanto más universal es más divino.” Nosotros, bajándonos a niveles educativos podríamos decir que cuanto más universal es el bien (la educación, la enseñanza) más humano es. Pues la educación no puede ni debe discriminar a nadie so pretexto de prejuicios infundados que no son más que frenos para que la historia de la humanidad avance hacia el destino final de unidad y progreso, desde el fundamento de la diversidad que nos complementa.
Hoy se discrimina a las personas bajo pretexto de clases, castas, famosismo, poder monetario, religión, raza, cultura, etc. Pero la persona que educa auténticamente tiene muy claro que su misión es universal pese a quien le pese. Y si de opción preferencial se hablase, ésta deberá ser siempre a favor del último, del discriminado, del pobre y marginado. Cuando un maestro/a vive así, su vida misma, aunque no pronuncie palabras, se convierte en profecía de una nueva humanidad y planta a su alrededor la semilla de un mundo reconciliado.
Enseñar, danza jubilosa de la autoestima
Prometo trabajarme para llenar mi mente de pensamientos nobles, expandiendo así la grandeza de mis pensamientos y acciones entre mis estudiantes.
Lo que realmente empuja a la persona a su crecimiento no es la ley, las normas y las regulaciones. Sólo la autoestima es factor motivador de crecimiento. Si la persona que educa hiciera consistir su trabajo en controlar todo con la mera disciplina externa, estaría amaestrando o domando personas, pero sin educarlas.
La domesticación es un concepto sólo válido para los animales. Las personas han de ser guiadas y acompañadas para que lentamente aprendan a sacar de dentro de sí mismas la energía que les lleve a su desarrollo integral según el sentido de su vida, según el plan de Dios para cada una de ellas. La persona que educa ayuda a que el/la alumno/a se conecte con la llama de su ser real para que alumbre a su alrededor.
Para que esta tarea llegue a ser realidad, la persona que educa ha de llenar su propio disco duro (corazón y cabeza) con pensamientos nobles que le llevan a acciones brillantes. El/la mejor candidato/a a buen/a educador/a es quien tiene su autoestima bien alta. La realidad parece contradecir este ideal pues, especialmente en el mundo occidental, el número de personas que educan con tendencias depresivas sigue aumentando de forma alarmante. Parecen no resistir las tremendas presiones que su profesión enfrenta día a día en medio de muchachos y muchachas cada día más disfuncionales.
Enseñar es celebrar la vida
Prometo celebrar el éxito de mis estudiantes y orar para que cada día sean mejores seres humanos. ¡Ayúdame, Señor!
La energía nunca se destruye, sino que se trasforma. Es una ley de la naturaleza. Si aplicamos esta ley a la fuerza de la educación y la enseñanza, concluiremos que toda energía gastada y desgastada en educar a una sola persona queda real y efectivamente latente como inversión de futuro en el proceso formativo del discípulo/a. Ello requerirá siempre un acto de fe en nuestra vocación y en el potencial de nuestros alumnos/as.
La mayor alegría de una persona que educa no consiste en ver cómo sus alumnos/as llegan a ser doctores, ingenieros, abogados, etc., sino en verlos/as crecer como seres humanos que cimientan lo que son y hacen en valores que dan sentido a sus vidas. El mundo ha necesitado y seguirá necesitando de personas que tengan corazón, capaces de honestidad, dedicación y amor.
Enseñar es una misión divina
Así, pues, Señor, ayúdame
Dios ha creado este maravilloso mundo con los seres humanos en él para que cada día llegue a ser más y más hermoso, más divino. Cada uno de nosotros/as somos no solamente hechura suya, sino imagen de su ser que habita dentro. Así pues la misión de la persona que educada es ayudar a descubrir esta hermosa realidad.
La verdadera persona que educa ayuda a que el discípulo/a limpie el ojo interno para que aprenda a relacionarse con Dios como verdadero hijo o hija. Por eso llamamos divina a la misión de educar. Sólo una persona que educa profundamente que es creyente puede actuar desde estas premisas, pues entiende que su misión es una extensión del trabajo creador de Dios en las personas. Y solamente con la ayuda de Dios esta tarea llegará a feliz puerto. Por eso, Señor, ¡Ayúdame!







