Fernando Negro
San Pablo y San José de Calasanz sacan a relucir constantemente el tema de la muerte no tanto como posibilidad sino como algo evidente, real y deseado. Este pensamiento no los apartó de la realidad que combina el dolor cotidiano con las alegrías y gozos: “Pues estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ningún poder, nada de arriba ni de abajo, ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús Señor Nuestro” (Rm 8, 38-39).
No sabemos con certeza ni el modo ni la fecha en que Pablo sufrió el martirio. Visité hace unos años la prisión donde él y Pedro fueron encarcelados, en Roma, la Prisión Mamertina. Ahí tienes la profunda sensación de estar ante el misterio y al amor de Cristo… Todo es oscuridad…Quizás la mejor disposición externa de entrenarse para el encuentro definitivo con la luz sin ocaso… “Porque si vivimos, vivimos para el Señor; así que ya vivamos o muramos somos del Señor” (Rm 14, 8)
Los místicos han hecho la experiencia del encuentro místico con el Amado y han aprendido, muchas veces a base de sufrimientos, a poner todo en perspectiva al servicio de la decisión absoluta de poseer la perla preciosa que es Jesús y su amor. A los 80 años, Calasanz escribía, “Yo, pobre y ya avanzado en edad, no tengo ambiciones ni poseo nada superfluo, y deseo morir pobre de toda cosa terrena”
La tradición nos cuenta que Pablo fue decapitado, siendo así testigo de Jesús, desde Jerusalén hasta los confines del mundo. Por eso la Iglesia lo proclama Apóstol de los gentiles; salió de los límites estrechos de un judaísmo basado en normas y regulaciones, para compartir su convicción íntima de que Cristo salva. Gracias a la acción del Espíritu del Resucitado, como aparece en el libro de los Hechos, la Iglesia a llegado a ser auténticamente “católica”, “universal”.
Calasanz moría el 25 de agosto de 1648 con 91 años de edad. Su secretario, P. Berro, dejó un relato conmovedor de su muerte que trascribo debajo, a punto ya de acabar esta reflexión: “Eran aproximadamente las doce de la noche. Los dos padres que lo cuidaban pensaban que ya estaba agonizando. Tocaron la campana de la comunidad y todos, padres y hermanos, bajaron. De rodillas, el P. Castilla entonó la recomendación del alma. Nuestro Padre, ya agonizante, rezaba con los ojos levantados. Se asemejaba a una persona saludable que recitaba sus oraciones. Permaneció en esa posición hasta que oímos el sonido del reloj en la madrugada. Inmediatamente, levantando sus manos como si quisiera bendecirnos, entró en la agonía real. Los padres continuaban recitando la letanía de los santos. Y finalmente expiró su último aliento mientras pronunciaba claramente los nombres benditos de Jesús y de María, y así entregó su alma al Creador. Era la 1:30 am de agosto, festividad de San Bartolomé Apóstol. Mientras el padre agonizaba, todos los padres y hermanos lloraban tiernamente por su amado progenitor. Pero tras expirar todos se llenaron de una alegría tan grande que comenzaron a abrazarse unos a otros. La alegría era tan profunda por dentro y por fuera, que parecía que no había muerto sino que había resucitado. La conmoción de todos era tan grande que todos parecían borrachos del amor divino”.
Y así acaba la historia de estos dos grandes santos que, en diferentes circunstancias y en momentos históricos diversos, se abrieron a la acción del Espíritu de Jesús. Por su causa lo dejaron todo, incluso sus vidas, de maneras diferentes. Sin duda ninguna Calasanz se inspiró grandemente en el “corazón universal” del Apóstol de los gentiles. Y así aprendió a ser universal él mismo. El año 1948, el Papa Pío XII proclamó a Calasanz “Patrono Universal de todas la Escuelas Cristianas.”
La liturgia de cada 25 de agosto, fiesta de San José de Calasanz, propone el texto de Corintios 13, “El cántico de la caridad”. Es éste el más apropiado para ambos, Pablo y Calasanz, pues descubrieron el centro y el valor supremo de lo que significa ser humano y santo a la vez: amar y ser amado como Dios mismo nos ama.
Tras el encuentro con Cristo ambos dejaron sus nobles pero no del todo purificadas ambiciones y progresivamente adquirieron la mente y el corazón de un Dios que es puro amor; como dice un padre del desierto, Isaac de Nínive (s. VII), “Dios sólo puede amar”. Juan de la Cruz, que también encontró el tesoro”, ya cercana la hora de su muerte, acuñó esta frase: “al final de tu vida te examinarán en el amor”. Un poco después de su llegada a Roma, Calasanz envió un hermoso presente a Peralta: era un cáliz de oro con la siguiente impresión: “pro ferro, aurum et argentum”. Muy probablemente se inspiró en el texto de Isaías: “En lugar de bronce enviaré oro, en lugar de hierro, plata”[1]. De alguna manera este regalo era el símbolo de su ambición y orgullo que por aquel entonces le impedía ver las cosas desde la perspectiva de Dios. Fue necesario su viaje a Roma para comenzar allí su “segundo viaje interior”, de la misma manera que fue necesario que Pablo viajara de Jerusalén a Damasco para encontrarse con el Resucitado y así emprender el viaje como misionero universal.
[1] Is 60, 17







