31 DE DICIEMBRE, TIEMPO DE AGRADECER Y TIEMPO DE DESEAR – Juan Carlos de la Riva

31 de diciembre.

Llega fin de año y en nuestros corazones brota un cierto deseo de hacer balance de lo vivido y también de soñar con lo nuevo, de mirar atrás con la memoria, y adelante con el deseo.

La tierra termina una vuelta más alrededor del sol. Y lo hace como lo viene haciendo desde hace… ¿cuántos años? una cifra inabarcable por nuestra mente. Y lo seguirá haciendo, arrastrando por el espacio a nuestras diminutas existencias, una nada en mitad del universo. Un milisegundo en el tiempo de las galaxias y cúmulos de galaxias.

Y sin embargo, aquí estamos, queriendo hacer de nuestro breve tiempo (más breve cuanto más mayor se hace uno) un tiempo pleno, feliz, exitoso.

No, los cristianos no somos supersticiosos. No haremos ningún extraño ritual ni conjuro para ahuyentar los malos espíritus ni atraer a la diosa fortuna. No queremos delegar en la fuerza del destino nuestra gran responsabilidad sobre nuestras vidas. Se nos ha regalado un tiempo. Ni siquiera sabemos cuánto. Cuando contestamos a la pregunta de cuántos años tenemos, sólo podemos indicar la cifra de los años que ya no tenemos, que pasaron, que se desgastaron en esperas y decisiones, aciertos y fallos, encuentros y desencuentros. Los años que aún tenemos por vivir se nos aparecen con la incertidumbre de quien camina entre la niebla, fiándose de los pocos rastros que se pueden percibir adelante, en el camino.

Un año se va y otro viene. Arrancamos la hoja del calendario, la última. Algunos lo harán con rabia, maldiciendo tanta calamidad sufrida en este annus horribilus. Otros en cambio, harán una mirada agradecida, buscando en lo acontecido el paso de Dios por nuestras vidas. Porque sí, también el 2020 ha sido un año acompañado por Dios.

Hoy Francisco nos decía que hay dos tipos de personas, los que maldicen por todo, y se quejan y su vida es un lamento continuo porque siempre piensan que se les debe más de lo que perciben, y por otro los que agradecen todo porque todo lo han sabido recibir como regalo.

Una mujer musulmana me decía que aquí en Europa la gente sufre mucho, porque cuando llueve, se quejan de que llueva, y cuando sale el sol, se quejan también de su calor molesto. No saben vivir, me decía.

Hoy la fecha del calendario nos invita a hacer memoria agradecida de lo aprendido en confinamiento, de lo sentido ante las cifras, de lo asombrado ante el esfuerzo de tantos por ayudar y luchar. Agradecida por la vida, por la comida, por la compañía. Agradecida porque también ha sido un tiempo de Dios, que en Belén decidió acompañarnos en las duras y en las maduras. La fe cristiana tiene un bello nombre para mencionar al tiempo cuando se entiende como historia de salvación: Kairós. Y Dios ha decidido regalarnos tiempo de salvación.

La lectura de hoy nos lleva al pesebre que nos muestra esa discreta y silenciosa presencia de Dios, frágil y balbuciente, pero inquebrantable, dispuesta a no abandonar a su pueblo: Se nos dice su nombre: se llama Jesús, Dios salva. Entremos en ese establo, olamos sus olores, escuchemos las conversaciones animadas de los pastores, y el silencio de María.  Pongámonos a servir, no desentonemos del ambiente de cordialidad que está surgiendo entre la gente sencilla. Sepamos vivir ese tiempo de la presencia discreta de Dios. El 2020 ha sido un tiempo de Dios, discreto pero presente, sufriente con quien ha sufrido, y compañero de quien ha llorado.

Pero también la fecha del calendario nos invita a mirar al futuro desde nuestro deseo más profundo. Cuando pidamos algo para este nuevo año, no lo hagamos desde el apetito del pasarlo bien yo, ni desde la queja de quien está cansado de la lucha. Pidamos algo en nombre de todos y todas, pensemos en una humanidad hermanada, hagamos presente los sueños de aquél galileo que descubría tesoros escondidos en las almas más oscuras, y compartía panes y peces como si cualquiera fuera de nuestra familia. Que nadie nos quite el deseo, que no nos apaguen el fuego que Dios puso en nuestros corazones de una vida nueva en una humanidad reconciliada. Avivemos esta noche nuestra capacidad de soñar, de imaginar como hacía John Lennon, all the people living in peace. En el portal de Belén se sueña. María sueña con su hijo, cómo será, cómo le irá, se cumplirá lo que dijo el ángel? ¿cómo será que se convierta en rey de todos? ¿Será bandera discutida y signo de contradicción y a mi me atravesará una espada?

María sueña sin optimismo: no eran tiempos de optimismo el huir escapando de la muerte, escuchar los gritos de los inocentes… María no es optimista. Tiene esperanza. Confía en que Dios cumple su promesa, acompaña, salva.

El 2021 será también un tiempo de Dios, un tiempo no para el optimismo, sino para la esperanza. Y la esperanza no es creer ingenuamente que todo va a salir bien, sino pensar que salgan como salgan las cosas, merece la pena seguir luchando. Que nadie nos robe la capacidad de soñar.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,16-21):

EN aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Solo sé cómo se llama

Que si nació hoy, que si nació ayer, que si nació aquí, que si nació allá.

Que si murió a los 33, que si murió a los 36, que cuántos clavos, que cuántos panes y pescados.

Que si eran reyes, que si eran magos.

Que si tenía hermanos, que si no tenía.

Que dónde está, que cuándo vuelve.

Yo lo único que sé es que….

A mí me tomó de la mano cuando más lo necesitaba.

Me enseñó a sonreír y agradecer por las pequeñas cosas.

Me enseñó a llorar con fuerzas y dejar ir.

Me enseñó a despertarme saludando al sol y a acostarme con la cabeza tranquila. A caminar muy lento y muy descalza.

Me enseñó a abrazar a todos y a abrazarme a mí. Me enseñó mucho, me enseñó todo.

Me enseñó a quererme con ganas. A querer a quien tengo al lado y a darle la mano.

Me enseñó que siempre me está hablando en lo cotidiano, en lo sencillo, a manera de mensajes y que para escucharlo, tengo que tener abierto el corazón.

Me enseñó que un gracias o un perdón lo pueden cambiar todo.

Me enseñó que la fuerza más grande es el amor y que lo contrario al amor es el miedo.

Me enseñó cuánto me ama a través de 1.000 detalles.

Me enseñó que los milagros sí existen.

Me enseñó que si yo no perdono, soy yo quien se queda prisionera; y que para perdonar, primero tengo que perdonarme.

Me enseñó que no siempre se recibe bien por bien pero que actúe bien a pesar de todo. Me enseñó a confiar en mí y a levantar la voz frente a la injusticia.

Me enseñó a buscarlo dentro y no afuera.

Me deja que me aleje, sin enojarse. Que salga a conocer la vida. A equivocarme y aprender. Y me sigue cuidando y esperando.

Hasta me dejó aprender de otros maestros sin ponerse celoso; porque es de necios no escuchar a todo el que habla de amor.

Me enseñó que solo estoy aquí por un tiempo, y solo ocupo un lugar pequeño. Y me pidió que sea feliz y viva en paz, que me esfuerce cada día en ser mejor y en compartir su luz conociendo mi sombra.

Que disfrute, que ría, que valore, y que Él siempre va a estar en mí…

Que aunque dude y tenga miedo, confíe, ya que esa es la fe, confiar en Él a pesar de mí…

Se llama Jesús…”

Gabriela Mistral

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