Fernando Negro
Dime la imagen que tienes de Dios y te diré la imagen que tienes acerca de ti mismo. Además te diré la forma que tienes de relacionarte con Dios.
En mi adolescencia, debido a razones sobre todo de una educación moralmente estricta, caí en la enfermedad de los escrúpulos. Me sentía constantemente acusado y culpable, especialmente por todo lo que tuviera que ver con la sexualidad. Había días que iba a confesarme hasta dos o tres veces. Fue un periodo muy doloroso en el crecimiento de mi personalidad. Hasta que poco a poco se fue asentando en mi corazón la imagen del Dios Bueno, Misericordioso y Compasivo.
De aquella experiencia de Dios, basada en una imagen errónea y equivocada, aprendí que sólo el amor nos libera. Así mismo aprendí que sólo cuando nos sentimos amados sin condiciones, muchas veces a pesar de nosotros mismos, crecemos y maduramos sin dejar lugar a muchas inconsistencias. Estas inconsistencias, si no las trabajamos a tiempo, se manifestarán tarde o temprano en formas disfuncionales de comportamiento.
La relación que hemos tenido con nuestros padres, especialmente con la figura paterna, afecta de manera fundamental la forma de relacionarnos con Dios. La lógica de esta conclusión reside en el hecho de que cuando éramos niños, la forma de seleccionar la percepción de la realidad, especialmente la espiritual, pasaba por el cedazo de los padres. Se cumple así aquello de que “de tal palo, tal astilla”.
Hemos heredado conceptos distorsionados de “dioses” que nada tienen que ver con el Dios de verdad, el Dios del Amor que viene a nosotros misericordiosamente, amablemente,creativamente, jugetonamente, como un amigo que desea entablar una relación profunda con su mejor amigo. Y ese amigo soy yo precisamente.
Si a eso añadimos los filtros de la escuela, de maestros que creían que la letra con la sangre entra, de una sociedad donde el que domina es el rey, de una cultura del usar y tirar, del reciclaje, tenemos el producto de “dioses” que son más “ídolos” que otra cosa. Los ídolos son atajos ilusorios que nos apartan de Dios. Son espejismos temporales que deslumbran y alimentan nuestra mentalidad infantil de quererlo todo instantáneamente.
A propósito de ídolos, está surgiendo, ya ha surgido, una religión de adoración de la propia imagen. Hablamos de la religión narcisista donde el “yo-mí-me-conmigo” se combinan a la maravilla con el deslumbramiento de la imagen: “debo negar mi mortalidad, he de ocultar mi vulnerabilidad, he de rechazar que pude haberme equivocado…” Quien alimenta esta clase de narcisismo, en el fondo huye de sí mismo y, tarde o temprano, el resultado será la soledad.
Si vamos al mundo de los fundamentalismos, ahí sí que estamos perdidos: matar en nombre de Dios, rechazar al otro para salvaguardar la pureza de mi raza o de mi pensamiento… Eso ya es demasiado. Un “dios-ídolo” que me invita al odio no es el Dios vivo de Jesucristo. Él nunca incitó a la violencia. Por el contrario se inmoló a sí mismo por amor a mí.
He aquí algunas imágenes distorsionadas de Dios que hemos heredado y nos han influido negativamente a lo largo de la vida:
- El dios perfeccionista: implacable con aquellos que no alcanzan la perfección.
- El dios sádico: cuya presencia nos aplasta, exigente hasta la sangre.
- El dios negociante: exige obras, y guardar la Es mercantilista: te doy para que me des.
- El dios intimista: hecho a mi pobre medida, de mi propiedad, a mi semejanza.
- El dios manipulable: con ciertos ritos, oraciones o conocimientos esotéricos.
- El dios juez implacable: listo para juzgarnos y
- El dios todopoderoso: lo hacemos responsable de todas las potencias del mal y de los desastres que ocurren.
- El dios de la falsa paz: aunque sea sin No exige radicalidad.
- El dios del estado del “bienestar”.
Me vendieron la moto de un “dios” que no tiene nada que ver con Dios. El Dios en el que creo es el Dios de Jesús de Nazaret. Cuento con Dios porque Dios cuenta conmigo, a pesar de mí mismo. Incluso algunos quisieron venderme la moto de que Dios no existía, que había creado todo este mundo y luego se marchó de viaje para nunca más regresar.
¡Pero gracias a Dios, Dios existe y me he encontrado con Él!
Es verdad que el “dios” falso, terrible, matón, condenatorio, frustrante y enemigo de la felicidad debe ser aniquilado, para abrirle las puertas del corazón al Dios auténtico, al que Jesús de Nazaret nos muestra como Padre Bueno, lleno de misericordia y compasión, que me busca y me encuentra, a quien busco y a quien encuentro por doquier.







