1º dom Adviento, Ya y todavía no – Iñaki Otano

Una insistencia en este texto evangélico del primer domingo de Adviento: Velad, estad atentos porque no sabemos cuándo vendrá el dueño de la casa. Y, sin embargo, al principio de su predicación, el mismo Jesús nos recuerda que “el Reino de Dios está entre nosotros”. Entonces nuestra condición es, al mismo tiempo, Ya  y todavía no.

            Efectivamente, el Señor está ya con nosotros. Se ve en tantos rasgos de amor y de bondad, en tantas realizaciones humanas positivas, que son huellas de la presencia del Señor en medio de nosotros. También hay motivos de dar gracias a Dios por todo lo que Él ha hecho y sigue haciendo en nosotros.

            El peligro es que, cuando hemos conseguido algunos logros, pensemos que ya hemos llegado a la meta, que no necesitamos ya luchar por un bien más grande y duradero y renunciemos a toda meta que no sea el propio interés. Ya no se espera más, se mata la esperanza.

            Pero a quien tiene todo menos la esperanza le falta lo principal. Es el drama de gente que ha tenido cuanto ha querido en su infancia, que ha visto cumplidos todos sus caprichos, y se encuentra con el vacío y la falta de sentido de la propia existencia. Hay jóvenes y adultos que parece que tienen todo, y ya no saben qué hacer con su vida.

            Se ha dicho que “la vida de cada hombre – si quiere ser humana en sentido pleno – es una espera. El presente no le basta a nadie. En un primer momento parece que nos falta algo. Después nos damos cuenta de que nos falta alguien. Y lo esperamos”.

            La psicóloga Elisabeth Lukas hace notar cómo llegan a su consulta personas “que no aciertan a afrontar la vida, no saben qué hacer, todo les parece banal, vacío, están hastiados del bienestar y no tienen ganas de seguir viviendo. No existe un objetivo por el que puedan comprometerse, porque no hay unos valores por los que puedan vivir e incluso sacrificarse, porque  su existencia transcurre sin contenido y no pueden sentir sino aburrimiento”. Se olvida en las teorías psicológicas vigentes que la persona es un ser espiritual.

            Velar significará no dejar que el conformismo me adormezca, esperar activamente siempre a alguien que está ya con nosotros pero que está también delante de nosotros. Es decir, no quedarnos parados como si ya hubiésemos llegado sino caminar para encontrarlo.

            Todos tenemos necesidad de cultivar la espera para no caer en el desaliento y la tristeza. Pero tenemos necesidad de una espera menos vaporosa que el bienestar material. Necesitamos de Alguien que, más allá de las desilusiones, dé consistencia a nuestra lucha cotidiana para responder a la vida con fidelidad.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, si a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!”.  Mc 13, 33-37)

 

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