1º de adviento, Habrá Navidad, claro que sí – Juan Carlos de la Riva

¿QUÉ NO HABRÁ NAVIDAD?

¡Claro que sí!

Más silenciosa y con más profundidad

Más parecida a la primera en la que Jesús nació en soledad.

Sin muchas luces en la tierra

pero con la de la estrella de Belén

destellando rutas de vida en su inmensidad

Sin cortejos reales colosales

pero con la humildad de sentirnos

pastores y zagales buscando la Verdad.

Sin grandes mesas y con amargas ausencias

pero con la presencia de un Dios que todo lo llenará

¿QUÉ NO HABRÁ NAVIDAD?

¡Claro que sí!

Sin las calles a rebosar

pero con el corazón enardecido

por el que está por llegar

Sin ruidos ni verbenas,

reclamos ni estampidas…

pero viviendo el Misterio sin miedo

al «covid-herodes» que pretende

quitarnos hasta el sueño de esperar.

Habrá Navidad porque DIOS está de nuestro lado

y comparte, como Cristo lo hizo en un pesebre,

nuestra pobreza, prueba, llanto, angustia y orfandad.

Habrá Navidad porque necesitamos

una luz divina en medio de tanta oscuridad.

Covid19 nunca podrá llegar al corazón ni al alma

de los que en el cielo ponen su esperanza y su alto ideal

!HABRÁ NAVIDAD!

¡CANTAREMOS VILLANCICOS!

¡DIOS NACERÁ Y NOS TRAERÁ LIBERTAD!

Este poema ha recorrido las redes sociales estos días por la anécdota que le supuso a su autor, Javier Leoz, párroco de San Lorenzo, en Pamplona-Iruña. Recibió ni más ni menos que la llamada telefónica de Francisco, el papa, para agradecerle la inspiración y la acertada premonición sobre la navidad de este año, más purificada, más de verdad.

Y es que en la primera navidad hubo bastante de lo que ahora se vive: hubo fragilidad, hubo vulnerabilidad, hubo incertidumbres… Entramos en el Adviento, la época de la esperanza en medio de las dudas, la época del caminar con la sola luz de la confianza. Estas navidades las tenemos que preparar más desde dentro. En plena segunda ola de pandemia, con menos optimismo que en la primera, invadidos por el ¡cuánto durará esto!, y con la mirada puesta en la vacuna, no terminamos de creernos que el mundo ya estaba enfermo de antes, y que ya Dios envió su vacuna cuando se puso a caminar entre nosotros y señalaba el amor fraterno como la única salvación.

El primer domingo es llamada a estar atentos, vigilantes, a ser centinelas del Reino que ya está aunque le falte.

Podríamos preguntarnos a qué he estado atento en este tiempo de pandemia. Quizá he atendido mejor a la familia, quizá he puesto mi corazón más cerca de los que lloraban por sus duelos o sus pérdidas económicas, o he sentido emoción y orgullo por los que se jugaban el tipo. Sí, quizá he aprendido a estar más atento, a que mi mirada se fije en nuevos brotes. Quizá ahora sepa más que los virus no entienden de fronteras, y por eso nuestra solidaridad tampoco debería de tenerlas (lo digo para cuando llegue la vacuna y sólo pensemos en si mi país o mi gremio la tendrá. Quizá ahora esté más vigilante para valorar la vida, los paseos, lo que no se compra con dinero… quizá he desarrollado una atención a mi interior, y me he hecho más pobre, más frágil, más necesitado, más consciente de mis límites, de los de la humanidad… Quizá ahora mis ojos se van acostumbrando a ver en la oscuridad. Quizá mi vida se hace más parecida a la de tantos, pues para tantísimas personas siempre el mañana ha sido incierto, y sólo los ricos nos acostábamos tranquilos sabiéndonos seguros en nuestra opulencia. Quizá me broten más preguntas, queriendo encontrar vacunas no sólo para el cuerpo.

Francisco nos ha regalado una encíclica que habla de la vacuna verdadera, la fraternidad. Esa es la que hará que el Covid que descubrió nuestra miseria, retroceda ante la fuerza de una humanidad hermanada. Podremos estar también atentos a las oportunidades que la crisis nos está trayendo: para unirnos, para socorrernos, para no endiosarnos, para dialogar, para pacificar, para buscar juntos lo esencial. Hoy que las tinieblas son más espesas, nuestra luz encendida de centinela será alivio para caminantes.

 

 

 

 

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