Fernando Negro
Agradecer, sí, agradecer y del agrado de todos… bueno, de casi todos, pues siempre hay un desagradecido. Agradecer en grado superlativo y, si es posible, agradecer en grado absoluto. Todo es gracia, y agradecer es estar conectados con la gracia, y hacerse su intermediario incondicional. Agradecer es saberse amado, aunque a veces no lo sintamos. Ya lo dice el refrán: ‘es de bien nacidos el ser agradecidos’. Agradecer especialmente cuando te desagradan, te desgracian o te rechazan. Es entonces cuando más necesita el mundo de bien nacidos que agradecen; para contrarrestar. Al fin y a la postre, un día será absolutamente evidente que ‘todo es gracia’.
El mejor entrenamiento para ser felices es el ejercicio de dar gracias siempre y por todo. Hay personas que están tan encorvadas sobre sí mismas, que se ponen al servicio de sus eternas frustraciones y desdichas, o al de sus megalomanías narcisistas.
La oración sin protocolos desborda en acción de gracias, incluso cuando nos envuelve el manto espeso de la noche, pues en esa oración aprendemos a confiar en que todo está bien y todo irá bien.
Dar gracias es darse cuenta de que todo lo que tengo y recibo es gratuito, no me llega porque lo merezca, sino simplemente porque soy yo mismo/a con una dignidad que me hace merecedor/a de todo lo que roza mi vida.
Hay momentos y circunstancias de alegría y gozo, hay momentos de soledad y depresión, los hay de angustia y ansiedad, así como de sorpresa y entusiasmo. Siempre y en todo lugar deberíamos acostumbrarnos a decir gracias.
Siempre y en todo lugar, deberíamos repetir, como una jaculatoria o como un mantra: “¡qué bello es vivir!”, “¡gracias a la vida!”, “¡qué suerte haber nacido!”. Especialmente tendríamos que esforzarnos por repetir estas frases cuando en nuestro interior falta la luz y la claridad. Invocando la claridad de lo Alto, nos visitará la Luz.
Una manera de prepararnos a vivir en acción de gracias es recitar esta oración:
Señor, te agradezco por este nuevo día. Quita de mi interior todo rencor,
Todo pensamiento malo. Ábreme a la confianza infinita Y no permitas que mi pasado Domine el HOY que me regalas.
Quiero ser simple como un niño, Espontáneo y libre.
Ayúdame a liberar de mi interior Lo mejor de mí mismo
Para ponerlo al servicio de los demás. Amén.
Quien sabe dar gracias se sitúa en la antesala de lo eterno, hace del tiempo limitado una ocasión hacia el infinito. Hay un libro de las Escrituras que presenta el tiempo como alternancia de una danza cósmica donde estamos llamados a movernos de acuerdo a una música marcada por las circunstancias, sin cambiar la esencia de nuestro ser, caracterizado por la acción de gracias.
Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol:
un tiempo para nacer y un tiempo para morir,
un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado;
un tiempo para matar y un tiempo para curar,
un tiempo para demoler y un tiempo para edificar; un tiempo para llorar y un tiempo para reír,
un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar; un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas,
un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse;
un tiempo para buscar y un tiempo para perder, un tiempo para guardar y un tiempo para tirar; un tiempo para rasgar y un tiempo para coser, un tiempo para callar y un tiempo para hablar; un tiempo para amar y un tiempo para odiar, un tiempo de guerra y un tiempo de paz.
Yo comprendí que lo único bueno para el hombre es alegrarse y buscar el bienestar en la vida.
Después de todo, que un hombre coma y beba
y goce del bienestar con su esfuerzo, eso es un don de Dios.
Yo reconocí que todo lo que hace Dios dura para siempre:
no hay que añadirle ni quitarle nada,
y Dios obra así para que se tenga temor40 en su presencia. 41
Todo, absolutamente todo, es pura gracia. Por eso hemos de aprender a vivir con un sentido oracional sin protocolos. La acción de gracias siempre y en toda circunstancia nos libera del “tener que ser perfectos” (perfeccionismo), pues somos amados incondicionalmente siempre, muchas veces a pesar de nosotros mismos. Cuando descubrimos esta gran verdad, aprendemos a vivir de tal manera que los mayores infiernos los convertimos en antesalas del cielo.
Por mi carácter, tiendo a ser una persona risueña, alegre, extrovertida y llena de vitalidad. Pero cuando me siento inseguro y la vida me da reveses, quisiera agarrarme a la ilusión de que el mundo debería ser perfecto. Ésa es la trampa en la que caigo a menudo. En esos momentos me cuesta verme rodeado de sufrimientos que me impiden la felicidad soñada. La oración me ayuda a abrazar el dolor y la cotidianidad para, desde ahí, ser feliz aún en medio de las penas.
Quienes saben dar gracias desatan dentro de sí mismos energías nuevas que les hacen mirar hacia adelante. Dar gracias por todo y por siempre enseña a crecer en la humildad gozosa que indica, por contraste, lo grande que somos. Quienes agradecen de corazón, se liberan de los celos, de las envidias y de la necesidad de probar por medio de apariencias lo que de verdad no son.
Quien agradece vive atento y despierto. Está atento a la vida, pero sobre todo a las personas, al necesitado. Los que agradecen se despiertan del letargo producido por la mediocridad. El agradecido está atento a los pequeños detalles que hacen la vida más agradable. Son como vigías de la noche que anuncian, sin protocolos, que hay un futuro de esperanza y que hay “Buena Noticia” detrás de las palabras negativas de los diarios.







