¡Dios no ha muerto! ¡Lo sé por experiencia! – Fernando Negro

Fernando Negro

“Dios ha muerto”, decía el filósofo Friedrich Nietzsche (1844-1900). Desde entonces se sigue repitiendo la frase en ámbitos diferentes, o al menos se intenta vivir de acuerdo a esa filosofía que implica la claudicación de valores absolutos que rijan las acciones

morales del hombre, cayendo en un vacío de autoridad moral tal, que nos lleva irremediablemente al nihilismo y al vacío existencial.

“Un hombre, frenético o loco, cierta mañana se deja conducir al mercado. Provisto con una linterna en sus manos no dejaba de gritar: ‘¡Busco a Dios!’ Allí había muchos ateos y no dejaron de reírse. Los descreídos, mirándose con sorna entre sí, se decían: ‘¿Se ha perdido?

¿Se ha extraviado?’. Y agregaban: ‘Se habrá ocultado. O tendrá miedo. Acaso se habrá embarcado o emigrado’. Y las carcajadas seguían. El loco no gustó de esas burlas y, precipitándose entre ellos, les espetó: ‘¿Qué ha sido de Dios?’. Fulminándolos con la mirada agregó: ‘Os lo voy a decir. Lo hemos matado. Vosotros y yo lo hemos matado. Hemos dejado esta tierra sin su sol, sin su orden, sin quién pueda conducirla… ¿Hemos vaciado el mar? Vagamos como a través de una nada infinita’.36

Por más que nos empeñemos en racionalizar la existencia de Dios y tratar de demostrar al mundo que sigue vivo, quienes realmente testimonian que vive son los testigos, no los maestros. Y los testigos más cualificados de esa existencia son personas a

  • Nietzsche, La gaya ciencia, sección 125

amamos “los santos”. A este propósito es bueno recordar las palabras de Pablo VI37 en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi38, «el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros o si escucha a los maestros es porque son testigos.»39

Los santos no vienen llovidos del cielo. Están en medio de nosotros y reflejan centelladas de la presencia divina por dondequiera que pasan. Se les reconoce en su capacidad de tolerancia y de paciencia. Se les nota porque a su paso uno siente deseos de ser mejor, de imitarlos. Los santos y santas no se victimizan, aunque pasen por auténticos calvarios internos o externos. Ellos no saben que son santos, simplemente lo son.

La experiencia de Dios potencia la humanidad, hasta transformarla y hacerla capaz de recibir su amor y de darlo incondicionalmente. A quienes han tenido esta experiencia y se han abierto a ella en medio de muchas pruebas y dificultades, los llamamos “santos. Si quisiéramos hacer la “radiografía espiritual” de una persona así, podríamos apreciar en ella las siguientes condiciones:

Los santos son personas normales, nacidos de familias normales, con problemas normales y con las mismas debilidades con las que cada ser humano nace y crece.

  • Pablo VI (1897-1978) fue el Papa que concluyó el Concilio Vaticano II (1961-1965), que traería el gran cambio en la Iglesia del siglo XX, con repercusiones todavía insospechadas para el actual siglo XXI.
  • Firmada por Pablo VI el 8 de diciembre de 1975
  • N. 41

Un santo se distingue de quien no lo es en que, sabiéndose pecador, se abandona al amor incondicional de un Dios que siempre perdona y sana las heridas de su historia.

El santo es aquel que ha caído mil veces y mil veces se ha levantado, confiado en la misericordia. Sabe que las caídas y los pecados son posibilidades para aprender a vivir mejor. La diferencia entre el santo y el que no lo es estriba en que el primero nunca se desespera, pues se sabe inmensamente amado, a pesar de sí mismo.

El santo mira al pasado para sanarlo y así experimenta el milagro liberador del Espíritu. El que no es santo desespera constantemente y se angustia por no ser perfecto. Quien no es santo cree que serlo, es ser perfecto; la realidad es muy diferente: ser santo es, sobre todo, amar. Si Dios es “el Santo” y Dios es sólo amor, cuando amamos concretamente y salimos de nuestro egoísmo, entonces caminamos hacia la santidad. Poco a poco nos vamos “divinizando”.

Hay santos que viven a nuestro lado constantemente. Se les reconoce por su manera de enfocar los problemas y de dar solución a los mismos. Son gente creativa, no pierden el tiempo en criticar a los demás, pues saben muy bien que ellos mismos tienen mucho que mejorar.

Los santos son siempre parte de la solución y no del problema. Ello no quiere decir que tienen que confrontarse con la mentira. Por eso a veces sufren en medio de conflictos humanos causados por el desamor, la persecución, las habladurías y las críticas incluso de gente cercana y querida.

En medio de todo ello nunca pierden el sentido de su dignidad pues se saben cimentados en la roca que es Cristo. Pase lo que pase, siempre se saben victoriosos pues en todo momento

comparten el misterio de la Pascua, que les saca de la oscuridad y los lleva a la luz de la gracia.

Esta experiencia es tan fuerte que sienten la alegría del que nunca está solo, aunque todos le abandonen. Teresa de Jesús tenía toda la razón cuando decía que “Un santo triste es un triste santo”.

Los santos no son perfectos, todos lo sabemos; pero aún en sus imperfecciones, atisban que el Espíritu trabaja gradualmente en ellos, puliendo la piedra tosca de su ser, convirtiéndola en diamante precioso.

El santo es santo, pero no lo sabe. Solamente lo saben quienes están a su lado, pues se les llena el corazón de alegría estando con él o ella, pues transmite una presencia misteriosa y real de la divinidad. Es bueno que el santo no sepa que lo es, para que así no se engría ni se encumbre.

La experiencia me dice que en momentos en los que no he tenido ninguna razón para la esperanza, para perdonar, para seguir adelante, al abandonarme en las manos de Dios, he encontrado la energía y la creatividad para avanzar, para confiar, para perseverar, para perdonar y pedir perdón. Es verdad, la oración nos lanza a una nueva dimensión en la que lo ordinario se convierte en extraordinario por medio del amor. Sólo quienes se atreven a hacer esta experiencia pueden testificar, sin engaño, que es verdadera.