HACIA LA FE, POR LA LEPRA, Domingo 28 C – Juan Carlos de la Riva

Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:
«Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
Al verlos, les dijo:
«Id a presentaros a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias.
Este era un samaritano.
Jesús, tomó la palabra y dijo:
«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?».
Y le dijo:
«Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Lc 17, 11-19

En este contexto con tan poca fe, necesitamos accesos viables hacia un redescubrir el valor de la fe para la vida plena. Llevamos unos días hablando de esto.

Hace tres domingos, se nos habló de tener cuidado no tener más fe en el dinero que en Dios, y ya entonces se nos decía que fe no era algo intelectual en lo que creemos, sino algo que tiene más que ver con nuestros apegos, incluidos los inconscientes. Con la parábola de Epulón nos dijo además que esto ya nos lo han contado muchas veces, y no hemos hecho caso.

Con otra parábola, la del administrador astuto, nos dijo que esto de la fe era la opción más inteligente, como sería lo más inteligente utilizar el dinero en hacer amigos, y no en vivir opíparamente, pero aislados.

El último domingo nos habló Jesús de que no hacía falta aumentar la fe, sino que bastaba con poner a trabajar esa poquita fe que tengamos, pues hará milagros si somos capaces de soñar con eso.

Hoy se nos presenta otra vía de acceso a la fe, que sin embargo muchas personas de nuestra sociedad no consiguen disfrutar: la alegría que me da el saber que Dios me cura la lepra.

Digo que es una vía que la gente no suele aprovechar, porque llevamos muy pero que muy mal esto de hacernos autocrítica y sentirnos de vez en cuando algo leprosillos. Pero sí, tenemos lepras.

Qué pocos políticos reconocen y dicen “me equivoqué”: más bien se dedican a adornar sus famosos relatos para salir siempre victoriosos y quedar de cine. La astucia consiste en trabar bien ese relato, y aparentar una pureza de la que se carece.

No, no está de moda reconocerse pecador. El sacramento aquél de la reconciliación, no se usa mucho. Yo lo noto con los chavales y también con los adultos. No sabemos muy bien qué hacer cuando alguien nos dice que hemos hecho algo mal. Empezamos a sentir el gusanillo de la culpa, que no es una sensación muy placentera, y como lo que siempre buscamos es el placer, pues evitamos seguir hurgando en la herida, seguir descubriendo que no somos Madre Teresa de Calcuta sino más bien todo lo contrario. No, no sabemos qué hacer con la culpa. La tapamos, la maquillamos, nos distraemos con otras cosas para no pensar mucho en eso, o buscamos cómplices que nos den la razón, o nos digan al menos “total, todos somos así, o esos otros son mucho peores que tú”… y así vamos tapando y tapando esa culpa fea, que hoy estoy comparando con esa “lepra”. O sea, que bien poca gente va hoy a donde ninguna otra persona a decir “ten compasión de mi”, como hicieron estos leprosos.

El caso es que vivimos en un sistema económico implacable que utiliza la evaluación constantemente: sistemas de calidad, indicadores, productividad, alcance… y que es inmisericorde con quien no arroja resultados positivos. No me extraña que nos de miedo, en los temas de la vida y el amor, no tener un rendimiento excelente… Es como si pensásemos ¿y si no doy la talla, y si me echan de esto del vivir?

La respuesta de Jesús es provocadora: id y presentaros a los sacerdotes. ¿Por qué dijo esto? Pues porque eran los sacerdotes los que habían levantado el prejuicio contra aquellas personas considerándolas impuras, indignas de entrar en el templo, malditas a los ojos de Dios. Pareciera que Jesús la quiere liar, quiere que los propios enfermos se abran camino hacia el favor de Dios que los sacerdotes les niegan.

Yo creo que, en esto de no aceptar nuestras culpas, nosotros somos nuestros propios sacerdotes. Nosotros mismos, ante una culpa que nos parecería imperdonable, preferimos ocultarla y taparla antes que confesarla con humildad. No sabemos perdonarnos a nosotros mismos.

Pero este hombre, Jesús, hace posible el cambio, y para cuando llegan a los sacerdotes, ya se han curado. Jesús los ha dignificado. Les ha permitido entrar en el templo y darle en los morros a los sacerdotes, siendo él antes que aquellos el sacerdote que ya los aceptó.

¿Qué pasó después? Pues que nueve no supieron agradecer aquél gesto de Jesús. Sólo a uno de ellos se le abrieron los ojos de la fe para darse cuenta de que aquella dignificación no podía venir más que de ese hombre que tanto les hablaba de otro Dios, el de la misericordia y el amor incondicional. Ese que perdona lo imperdonable que yo no me perdono. ¿Cómo no estar agradecido?

Esta semana tengo dos oportunidades de comprobar que este acceso a la fe desde la propia fragilidad funciona.

Por un lado, estoy confesando a unos chavalillos antes de su primera comunión. Ante la pregunta de en qué se parecen a Jesús, y en qué todavía no, no tienen miedo de decir sus faltas, sintiendo en mi presencia y en la de sus padres un apoyo incondicional para seguir siempre de bien en mejor.

También esta semana me voy de convivencias con algunos chavales. Quiero que caminen por este acceso a la fe. Quiero que se den cuenta de sus lepras, y quiero que se sepan perdonar a sí mismos, se perdonen entre ellos, y reconozcan incluso que merece la pena creer en un Dios que me perdona, me limpia, me dignifica. Y no sólo creer y disfrutar de ese milagro, sino agradecérselo y vivir agradecido siempre, es decir, con fe, en la forma de la confianza de no perder nunca el favor de Dios. Lo llevo haciendo muchos años, y funciona. Quien se encuentra con su fragilidad, y siente que Jesús le perdona, vive una experiencia que lo acerca mucho a una fe duradera.

En este tema de la culpa me gusta comparar al Pedro que negó a Jesús y rompió a llorar sabiéndose culpable perdonado, cuando se cruzó con la mirada sin reproche de Jesús, con Judas, que, atormentado por su culpa, no se atrevió a mirar más a Jesús por miedo a que le condenase como él ya lo estaba haciendo, en un proceso doloroso que iba a terminar en el suicidio.

Ciertamente se dan muchos suicidios simbólicos hoy día. Se suicida el que no piensa, no revisa, no hace cada día ese pequeño examen de qué hice bien y qué mal, para, agradecido por sentir a Dios curando la herida de la culpa y dando nuevas oportunidades, retomar la vida en un eterno nuevo día siguiente cargado de oportunidades.