Fernando Negro
El amanecer cósmico cotidiano es una hermosa parábola del amanecer del yo real en el que el Sol de lo Alto va progresivamente invadiendo las zonas oscuras de nuestra personalidad. Ese Sol de lo Alto es Cristo Resucitado, cuyo Espíritu habita dentro de nosotros desde el momento en que recibimos el bautismo.
Para que haya un amanecer, primero debe existir la noche oscura en la que las estrellas y la luna son anuncio y prefiguración de la mañana sin ocaso. ¡Cuántas veces nos sentimos aturdidos, desorientados, amenazados, asaltados por dudas y preguntas de las que no tenemos respuesta!
Cuando oramos sin protocolos, podemos decir que nuestra oración es una oración existencial, en la que, con simplicidad absoluta, mostramos a Dios quiénes somos y cómo somos, mientras que Él se nos revela como es:
AMOR y COMPASIÓN.
Desde esa experiencia,
permitimos que sus rayos misericordiosos bañen todas las áreas del ser, hasta que poco a poco limpiamos el cristal interior y aprendemos a ver las cosas y las situaciones con sus propios ojos. San Agustín decía que “la única misión en la vida es devolver la salud al ojo del corazón para que nos permita ver a Dios.” Y cuando lo vemos, es decir, se nos hacen patentes sus huellas, aprendemos a ser como Él es y a amar como Él ama al mundo.
El amanecer de Dios en nuestro interior no es un cuento piadoso para acallar nuestra sed de infinito. Tampoco es una forma infantil de dar respuesta a nuestros interrogantes. Dios va amaneciendo progresivamente dentro de nosotros de muchas maneras. Sabemos que su luz es parte de nuestra esencia porque crea en nosotros una experiencia una plenitud tal, que ilumina no sólo que somos, sino lo que podemos ser.
Muchas religiones no cristianas hablan del satori o iluminación interior, esa chispa de luz que a veces en décimas de segundo nos lleva a entender lo que antes nos resultaba imposible de comprender. Lo primero que se revela en el satori es nuestra propia identidad, nuestra esencia, para ir trabajándola permanentemente a través de nuevas iluminaciones en el proceso vital.
Para ti y para mí hay un “Sol que nace de lo Alto” que se llama JESÚS de Nazaret. La promesa de que un día amanecería sobre la humanidad entera aparece en este hermoso texto del evangelio de Lucas:
“Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”34.
Cristo Resucitó en la mañana, como el Sol que nace de lo Alto y nos invita a una vida nueva en cada esquina de nuestra vida. No es que resucitó y ya está, sino que nos visita, nos ilumina y nos anima a llevar una vida nueva aquí y ahora. San Pablo lo explica muy
- Lucas 1, 78-79
bien, refiriéndose al Espíritu de Cristo Resucitado que vive dentro de nosotros:
“Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”35
La oración sin protocolos, esa oración existencial que consiste en decirle en todo momento a Dios: “!Querido Dios, soy yo!”, nos conecta con los rayos luminosos e iluminadores del Espíritu que es como el aire, siempre presente, dentro y fuera de nosotros mismos, sin el que no podemos vivir. La siguiente oración que puede servirnos a elaborar sobre el tema:
En ti, Señor, no hay oscuridad. Tú eres Luz sin ocaso
Y en tu presencia amanece nuestro corazón A la alegría de sabernos amados,
De tu paz habitados,
Como si fuéramos ya para siempre Habitantes de tu corazón.
¡Que brille tu luz en la noche
Y que se instaure por dentro la fiesta eterna de la luz!







