Creo en un Dios que vive dentro de mí – Fernando Negro

Fernando Negro

Orar sin protocolos es ser consciente de una presencia que nos hace experimentar que a pesar de nuestras oscuridades habita un rayo permanente de luz. Así lo expresaba Roger Schütz (1915- 2005), fundador de la comunidad ecuménica de Taizé, Francia:

“Dios de misericordia,

Tú iluminas nuestras almas con una luz inesperada.

Entonces descubrimos que, aunque pueda permanecer en nosotros

una parte de oscuridad,

en cada uno habita sobre todo, el misterio de tu presencia”.

Con un Dios que es amor y que no puede ser  más  que  amor,

¡qué reconfortante resultan las palabras de Miguel de Unamuno (1864-1936) grabadas en la lápida de  su  tumba!  :

“Méteme,  Padre Eterno, en tu pecho,

misterioso hogar, allí dormiré, pues vengo deshecho, del mucho bregar”.

Perdemos el tiempo buscándolo en las afueras, cuando resulta que está adentro. Un padre de la Iglesia llamado Gregorio de Nisa lo expresa muy gráficamente:

“Si os esmeráis con una actividad diligente en limpiar vuestro corazón de la suciedad con que lo habéis embadurnado y ensombrecido, volverá a resplandecer en vosotros la hermosura divina. Cuando un hierro está ennegrecido, si con un pedernal se le quita la herrumbre, enseguida vuelve a reflejar los resplandores del sol; de manera semejante, la parte interior del hombre, lo que el Señor llama el corazón, cuando ha sido limpiado de las manchas de herrumbre contraídas por su reprobable abandono, recupera la semejanza con su forma original y primitiva y así, por esta semejanza con la bondad divina, se hace él mismo enteramente bueno. Por tanto el que se ve a sí mismo, ve en sí mismo aquello que desea, y de este modo es dichoso el limpio de corazón… Si retornáis a la dignidad y belleza de la imagen que fue creada en vosotros desde el principio, hallaréis aquello que buscáis dentro de vosotros mismos” 27.

Descubrir esta presencia misteriosa y real a la vez, nos llena de una alegría indescriptible, a la vez que nos invita a la responsabilidad de vivir de acuerdo a las notas distintivas de la divinidad que son la Belleza, la Verdad y la Bondad.

Es un proceso lento, a veces penoso, pero vale la pena morir en el intento si hiciera falta. Alguien ha escrito: “El conocimiento de uno mismo es doloroso porque descubre implacablemente lo que en nuestro interior hay escondido de oscuridad, cobardía e inseguridad. Los santos se han atrevido a descender a los infiernos personales y han penetrado en el desierto de su interior”28.

  • Gregorio de Nisa, Homilía 6, sobre las Bienaventuranzas
  • Victor Dallo, Jamás hablar de memoria sobre Dios (Sobre la experiencia de San Juan de la Cruz), Dallo, Zaragoza, 2003 p. 1979

No hay nada en el mundo tan especial como estar junto a una persona reconciliada consigo misma, con su historia, con sus triunfos y sus fracasos, una persona sanada o en proceso permanente de sanación y liberación desde dentro.

Jesús invitaba a la simplicidad y sencillez para dirigimos al Padre, evitando la verborrea y las formas externas suntuosas. El lugar que Él empleaba para orar no era precisamente el Templo, sino el monte, el desierto, el descampado, el huerto. Así nos enseña que toda tierra es santa cuando quien la habita está lleno de la presencia de Dios. Ante todo, el lugar por excelencia del encuentro con Él es nuestro yo profundo, nuestro ser real, el recinto que llamamos “corazón”. “Ni en este monte ni en el Templo… sino que los verdaderos adoradores de Dios lo hacen en espíritu y en verdad29.

Hablar de espiritualidad es hablar de algo simple y llano, de una relación con un Dios que no está lejos, sino al alcance absolutamente de todos. Esta experiencia se nutre de la consciencia de nosotros mismos que nos abre a la consciencia de Dios dentro de nosotros y alrededor nuestro pues, como dice San Pablo, “En Él vivimos, nos movemos y existimos30.

Uno de los factores que alejan a mucha gente sencilla de la senda hacia el jardín de la oración, es que imaginan que para iniciar y continuar esa senda tienen que ser intachables, totalmente convertidos y perfectos. Recientemente una muchacha vino a verme. El obstáculo mayor de su crecimiento es ella misma: se percibe inadecuada, pecadora e indigna.

  • Jn 5, 40, 23-24
  • Hechos 17, 28

 

No hay contradicción entre lo que sentimos y lo que realmente somos delante de Él: Dios no nos ama porque seamos los mejores, sino simplemente porque nos ama, porque quiere amarnos, porque no puede hacer otra cosa más que amar. Nos ama ahí donde estamos, en cada momento de nuestra historia personal, así como somos.

La imagen “santurrona” que hemos presentado acerca de ser “bueno” y “santo”, ha llevado a despreciar el valor de la santidad, que no es sino la forma más acabada de ser “humano”. Toda experiencia espiritual auténtica, debe penetrar   y   traspasar   la

humanidad, aún estando rota y deteriorada, para llevarla a la plenitud, a la claridad que transparenta la alegría y la bondad de un Dios Bueno. Dios pasa dejando el aroma de su presencia en todo lo que toca:

Mil gracias derramando,

pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando,

con sola su figura,

vestidos los dejó de su hermosura31.

  • Juan de la Cruz, ‘Cántico Espiritual’, Estrofa 5